El peligroso recurso divino

LOS ROMANOS concibieron a Jano como un dios bifronte: una de sus caras miraba hacia el pasado y la otra hacia el futuro. En el origen mítico del dios se halla la razón de semejante bicefalia. Jano habría sido un rey bondadoso que rigió Roma en tiempos inmemoriales y que entre otros logros, inventó la moneda y acogió en su palacio del Janículo al dios Cronos, desterrado del panteón griego. Luego de su muerte el ex rey Jano fue divinizado.

Según otra leyenda, Jano ya era todo un dios cuando Rómulo -el fundador de Roma- raptó a las mujeres sabinas con intenciones reproductivas. Cuando los esposos y los hermanos de las raptadas atacaron Roma para rescatarlas, Jano en persona hizo brotar un manantial de agua hirviente que los expulsó de la ciudad. A partir de ese prodigio el templo de Jano permanecía abierto durante las campañas militares llevadas a cabo por los romanos, por si el dios necesitaba intervenir de apuro. Dos rostros que saben lo que ocurrió y predicen lo que ocurrirá hacen del presente una excusa, una coartada. Este mito es el que el profesor de la universidad de Bolonia, Carlo Galli (1950), utiliza como analogía para comentar la obra de Carl Schmitt (Plettenburg, Prusia 1888- ibídem 1985), el jurista y pensador nazi, admirado y odiado, inteligente y brutal, dios Jano terrible.

Trayectoria. Carl Schmitt ya tenía una obra consolidada y una trayectoria intelectual reconocida cuando adhirió al nacionalsocialismo en 1933, año del ascenso de Hitler a la cancillería alemana. No era un incauto o un arribista. Había trabajado con fruición socavando la débil institucionalidad de la República de Weimar desde su cátedra en la Escuela Superior de Comercio de Berlín, entre 1928 y 1933. No obstante y de manera paradójica, la SS terminó acusándolo de ser un advenedizo demasiado preocupado por la situación política interna del Reich milenario.

Schmitt supo sobrellevar con extraña beatitud, un eclecticismo ideológico llamativo -entre sus influencias más poderosas figuran Marx, Bakunin y Lenin pero también San Pablo, Hegel, Nietzsche y Maquiavelo- unido a un entorno de amistades francamente cuestionables para la pureza racial nazi. Resulta emblemática su relación con el intelectual judío Leo Strauss teniendo en cuenta la deriva ideológica que implica. Strauss fue el ideólogo central del neo conservadurismo que fructificó en la administración de George W. Bush vía Donald Rumsfeld y Dick Cheney. Una transitividad ideológica natural, porque los cantores suelen buscarse por la tonada.

Con estos antecedentes de hierro, el ensayo de Galli presenta una doble faz: por un lado, elogia en Schmitt una teoría del estado “original” que desdeña toda tradición liberal y, por el otro, deja reducido a su mínima expresión el talante reaccionario del autor, que asoma como un intelectual recién salido de algún baño purificador inexplicable.

Tarea de limpieza. El ensayo de Galli posee cinco sectores que abarcan los puntos centrales de la teoría política de Schmitt: una teoría del Estado -siempre escrito con mayúscula-; una revisión de sus teorías políticas más generales -antiliberalismo cerril, negación del iluminismo y del progreso-; un sugestivo sector dedicado a la relación entre las posturas de Schmitt y las de Maquiavelo (al que califica de “demasiado humano”); un análisis de las lecturas de su amigo Leo Strauss sobre Spinoza (aunque Spinoza no sea una preocupación esencial en Schmitt) y una especie de literatura de anticipación que relaciona a Schmitt con la globalización actual.

Como se ve, hay de todo y pese a que se intenta adecentar la casa, la suciedad conocida se empeña en reaparecer. Galli enseña que para Schmitt el Estado carece de una objetividad real y que sólo es un cúmulo de subjetividades que se sienten protegidas por su presencia inmanente. Incluso da un paso más y augura su disfuncionalidad histórica “por el triunfo de la técnica que es la verdadera clave y el verdadero horizonte de la modernidad y del Estado”. El diagnóstico puede ser interesante para cualquier ciudadano que se exaspere pagando impuestos a una burocracia autojustificada. El problema con el diagnóstico de Schmitt radica en la profilaxis aconsejada: “La Iglesia católica, por lo tanto, es el guardián de la política, de la forma unitaria concreta, de la publicidad, de la representación; el Estado moderno en su variante liberal, en cambio, es inestable, nihilista, incapaz de una unidad que no sea abstracta y de una publicidad que no sea individualista.” Schmitt muestra la hilacha transformando una crítica al Estado omnipotente en un atajo teocrático.

El lector no logra entender el mérito de una afirmación como la realizada por Galli en la página 57 bajo el taxativo título “Conclusiones”: “Por último, debe destacarse que la grandeza de Schmitt consiste en haber sido el deconstructor del sistema jurídico y político del Estado, de haber visto detrás del ordenamiento jurídico el conflicto; detrás de la unidad, la escisión, detrás de la neutralización la decisión; detrás de la forma, la energía.” Y no logra entenderlo porque semejante elucubración cargada de citas doctas, de referencias ilustrísimas, de bibliografía vasta, termina en el estercolero ideológico que el propio Galli vaticina 18 páginas antes: “la fuerza del pensamiento schmittiano no reside en volver a proponer, contra la mediación estatal una democracia directa, de una total inmanencia, sino en pensar la necesidad de la forma (en las instituciones jurídicas) junto con el poder de la presencia, es decir, la tensión entre forma e inmediatez; ello significa pensar las instituciones del Estado recorridas de una manera permanente e inquietante por el poder constituyente, por la presencia originaria del pueblo, o (según las circunstancias) pensar al pueblo al que se le ha dado una forma, llevado a la unidad no por el voto del Parlamento, sino por la aclamación plebiscitaria invocada por algún líder cesarista que resume y expresa el poder del pueblo (y la correspondiente persecución de los disidentes).” Detrás de la farragosa redacción, de las aclaraciones entre paréntesis y de la supuesta pureza de una teoría racional y alternativa sobre el Estado, vistos desde otro ángulo, se esconde la voluntad del líder, del guía, del führer.

Galli se propone develar la cohesión interna de la obra de Carl Schmitt como quien observa un mecanismo perfecto, fuera del tiempo y de las circunstancias de su producción. Schmitt habla desde y con el pasado -Santo Tomás, Hegel- pero su objetivo es su presente histórico. La exclusión de casi toda referencia a la biografía de Schmitt obtura la relación entre lo que pensó y lo que apoyó en su actuación pública. La omisión es curiosa porque Schmitt demolió la democracia alemana de entreguerras con un fin específico: demostrar que su teoría anclaba nada más y nada menos que en Dios, volviéndola inaccesible, inatacable, pura. Cuando Galli plantea: “La tesis de Schmitt (también él enemigo de la separación liberal y moderna entre religión y política) es que lo Moderno es la secularización de la tradición teológica cristiana”, toda esa maquinaria de pureza del pensador desvinculado del acontecer histórico, chirría. Y chirría porque lo que Galli llama “debilidad contingente” del liberalismo no es otra cosa que humanitarismo y desarrollo científico en una sociedad laica y democrática.

LA MIRADA DE JANO.
Ensayo sobre Carl Schmitt,
de Carlo Galli.
Fondo de Cultura Económica,
2011.
Buenos Aires,
206 págs. Distribuye Gussi.

Notas:

Fuente: http://www.elpais.com.uy/suplemento/cultural/el-peligroso-recurso-divino/cultural_616225_120106.html

7 de enero de 2012

Hay 1 comentarios

January 07, 2012 - 1:58 PM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

Que Schmitt colaboró con el Nazismo entre 1933 y 1936 es un hecho. Lo que está muy lejos de ser un hecho es que (a) por lo tanto todo su pensamiento (i.e. lo que escribió antes y después de su colaboración nazi, y no sólo sus escritos del período nazi) es nazi y que (b) el uso posterior (v.g. el del neoconservadurismo estadounidense) de una teoría política comprueba el significado de una teoría (si así fuera, la lectura de izquierda haría que Schmitt es de izquierda). Galli con razón distingue el hecho de las otras dos cuestiones, el autor de la reseña no (http://www.filosofia.mx/index.php?/perse/archivos/el_peligroso_recurso_divino). Con respecto a las omisiones del libro de ensayos de Galli sobre Schmitt, quizás se deban a que Galli tiene un famoso tratado sobre Schmitt de 935 pp.: Genealogia della politica, reimpresa hace poco. Finalmente, la afiliación de Schmitt al nazismo se pudo haber debido al convencimiento o al oportunismo (como sospechaban los nazis mismos), y no sé qué es peor. Pero es un hecho que antes del 33 Schmitt se opuso a que se le permitiera a partidos anticonstitucionales como el comunismo y el nazismo presentarse a elecciones por la obvia razón de que destruirían el sistema político-legal una vez llegados al poder. Me parece que todos los liberales debemos tomarnos mucho más en serio las críticas de Schmitt al liberalismo y no ignorarlo como si fuera sólo un nazi con desvaríos teológicos.

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