El político

Desde Platón a Ortega, durante más de 2.400 años de tradición filosófica occidental, los pensadores de filosofía política se han preguntado cuál debe ser el perfil del buen político, del buen gobernante, teniendo la esperanza de que una determinada educación podía modelar el carácter del futuro político, hasta tal punto de conseguir el dechado perfecto del buen político. Desgraciadamente, como se sabe por la amarga experiencia de la Historia, no se ha encontrado la clave, la pócima de Fierabrás, o el conjuro mágico que convierta a las personas que desean participar activamente en la política en buenos políticos. No han servido de nada los cientos de magníficos manuales que a lo largo de la Historia se han escrito sobre la educación de los príncipes – alguno muy bueno, como las Empresas Políticas, del murciano Diego de Saavedra Fajardo, profundamente estudiado por el inolvidable Manuel Fraga Iribarne -. Efectivamente no hemos hallado aún la receta para conseguir la forja inerrante del buen político. Eso es evidente, porque nuestros problemas continúan.

Nuestro gran pensador Ortega y Gasset se acercó al asunto en su pequeño y pavorosamente lúcido ensayo Mirabeau o el Político. Y en éste nos advierte que si se quieren grandes hombres políticos, no se les puede pedir virtudes cotidianas. Se dirá que política es tacto y astucia para conseguir de otros hombres lo que deseamos, y no se puede negar que, en efecto, sin eso no hay política. Pero, evidentemente, hace falta más. Hay quien hiperestésico para los defectos de la justicia social, llamará política a un credo de reforma pública que proporcione mayor equidad a la convivencia humana. Y no hay duda de que sin cierto sentido, y como afición nativa a la justicia, no puede nadie ser un gran político. Pero esto es más bien la porción de idealidad moral que el hombre político lleva a su actuación pública. El político de raza, y más si es liberal, entraña más cosas. Es político aquel que tiene una idea clara de lo que se debe hacer desde el Estado ( o desde el Ayuntamiento ) en una nación ( o en una ciudad ). Para ello el político se hace médium de la voluntad ultrapersonal soterrada de su comunidad, de suerte que en el gran político vemos y oímos aquellas aspiraciones que ya latían en nuestro interior y nuestros deseos en él se reconocen. Da voz y cuerpo a los deseos aún no expresados del pueblo, pero ya largamente presentidos por el pueblo. Es, ante todo, un intérprete titánico del pueblo, y en ese sentido, el gran político tiene antes la “auctoritas” que la “potestas”, porque antes de tener el poder trabaja por realizar la voluntad misma del pueblo como supremo deber cívico. Y ése tipo de político cuando alcanza el poder no sólo obrará legalmente, conforme a las facultades que le otorga la ley, sino que obrará, no sólo con sujeción estricta al precepto legal, sino a la plenitud de su deber cívico, que exige de él servir al interés colectivo con el alma entera, con toda emoción de solidaridad, sacrificando todo lo puramente personal, individual, en el altar del Interés Público. Entonces ese político traspasa los límites de la legalidad y llega a la legitimidad.

Creo sinceramente que a pesar de toda la corrupción egresada de este “Estado de Partidos” ( ojo a esta acuñación terminológica fascista, de claro valor peyorativo ), la mayor parte de los políticos españoles obedecen a este perfil de buen político, y hasta diría – aunque pese a algunos – que nuestra sociedad civil no es mejor que el conjunto de nuestros políticos ( Botín no fue mejor que Suárez, ni Alfredo Sanz mejor que Aznar). Lo que pasa es que en nuestra política hacen mucho ruido los arribistas, los indocumentados, los ambiciosos que a fuerza de audacia desaprensiva se colocan en las primeras filas de los partidos, los sabihondos de tertulias influyentes, los sabelotodo de periódico y mesa de café, los ladrones, los prevaricadores, los enfermos de pasiones nefandas. Pero no son más que una ínfima minoría que leyes nuevas deben extirpar.

El gran enemigo de la Política ha sido siempre la masa rebañiega que se constituye en plataforma de quienes padecen ansia de dominación, egolatría irreductible, resistencia a toda solidaridad fecunda y morbo por el interés propio. Contra esto está el liberalismo “sensu lato”, que no se constituye en doctrina de ningún partido, pero que debería recorrer con su aire fresco a todos los partidos. Una sociedad de individuos ilustrados, de ciudadanos que leen literatura clásica (¡qué cosas pido en este pozo ciego de ignorantes que es hoy España!) hace difícil la existencia de políticos borregos, que desean una servidumbre de ganado lanar a la que prostituir por un carguito o incluso una promesa.

En definitiva, no existe la máquina ni la pócima ni el sistema educativo para crear buenos políticos. La clave está en la suerte de encontrar hombres dignos y honrados, con algunas lecturas de provecho. Y en esto una buena parte de países ha tenido mejor suerte que España desde hace al menos dos siglos. El modelo está en De Gaulle, no en el Mirabeau orteguiano.

Martín-Miguel Rubio Esteban


Es Doctor en Filología Clásica.

Notas:

Todos los artículos de Martín-Miguel Rubio Esteban:
http://www.elimparcial.es/Martin-Miguel-Rubio-Esteban/autor/47/

Fuente:  http://www.elimparcial.es/noticia.asp?ref=142600

27 de septiembre de 2014. ESPAÑA

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