El profeta de la mala nueva

A partir de 1870, poco antes de la guerra francoprusiana, en paralelo a su obra publicada en vida y hasta 1889, el año de su hundimiento en la locura, Nietzsche fue elaborando notas, fragmentos, anotaciones sueltas. La edición castellana de Fragmentos políticos permite abordar el cruce entre una estética de la existencia y una biopolítica abocada a cuidar la simiente de los elegidos.

“Una lectura política de Nietzsche requiere no ser tan ingenuo para tomarle al pie de la letra”, apunta Julián Sauquillo –siguiendo a Thomas Mann–, en el prólogo a esta edición que reúne extractos y notas póstumas sobre política seleccionadas y traducidas por la profesora Felisa Santos sobre todas aquellas anotaciones, apuntes y esbozos en los cuáles el filósofo alemán venía trabajando mientras publicaba su obra en vida. Los fragmentos comienzan en la primavera de 1870, un año antes de la guerra francoprusiana, donde Nietzsche participó como camillero, y terminan en 1889, meses antes de su hundimiento en la locura, diez años antes de su muerte. Una parte de lo aquí reunido debía formar parte de una obra mayor, La voluntad de poder, libro que no fue publicado en vida. Fue su hermana filonazi, Elizabeth, quien lo hizo de manera póstuma y habilitó su uso como sostén filosófico del nazismo. Así, Nietzsche, que hasta ese entonces era leído por anarquistas y socialistas, pasaba de filas, muy a pesar de sus advertencias y abierto desprecio frente al racismo y antisemitismo. En 1887, acusaba: “Máxima: evitar a cualquier hombre que participe en el falaz engaño de la raza”, “No hay ninguna banda más desvergonzada y estúpida en Alemania que estos antisemitas. ¡Esta gentuza se atreve a poner en su boca el nombre de Zaratustra! ¡Asco! ¡Asco! ¡Asco!”.

Para Nietzsche la Civilización es la era de la doma del animal-hombre, “la época de la domesticación querida y forzada del hombre”. Existió una etapa dorada, en Grecia, durante la Antigüedad Clásica, “el único pueblo genial de la historia del mundo”; en esa etapa dorada se aceptaba que las expresiones más elevadas del espíritu conllevaran un fundamento horroroso: la esclavitud. El filósofo observa que, por su parte, el hombre moderno “está eternamente insatisfecho porque nunca se atreve a confiarse por completo al terrible torrente de hielo de la existencia”, que “rehúye a todas las consecuencias: no quiere tener nada por entero, que abarque también toda la crueldad natural de las cosas”. La crítica expresa su nostalgia por la Grecia Antigua: una sociedad de castas en donde el trabajo era rechazado por los ciudadanos, que lo consideraban un oprobio y se recreaban en las artes mientras la mayor parte de la población, esclavizada, trabajaba. En este ideal, la naturaleza alcanza su meta en el genio; mientras que la sociedad, con su alboroto de guerras y facciones, no puede ser nunca un fin en sí misma. El filósofo recurre a la metáfora de una planta que no florece para referirse a este aplanamiento de las individualidades bajo el cristianismo y la modernidad: “Como hay Estados que no llegan al arte, de la misma manera hay plantas sin flores”. Así, una minoría debe apartarse de la lucha por la supervivencia y emplear sus energías en la creación de obras de arte para la eternidad. La verdadera meta del Estado es propiciar la aparición del genio, de Richard Wagner, que “es grande para que todos nosotros seamos grandes”.

El proyecto político de Nietzsche es, entonces, una problemática justificación estética de la existencia y una biopolítica que planea la creación de “un invernadero para plantas singulares y elegidas”. El filósofo describe la Alemania de su época como una “Grecia que va a hacia atrás” y sus reflexiones políticas se ensombrecen en los mismos lugares donde sus contemporáneos ven con optimismo el despliegue del humanismo, el comercio y la democracia. La moral cristiana, los valores burgueses, el desenfreno industrialista, la racionalidad imperante y la ansiosa necesidad de enriquecerse son para Nietzsche señas y nuevas deidades de un tiempo que conduce al nihilismo. En 1888, anota: “La voluntad de nada se ha enseñoreado de la voluntad de vivir”. Antes, en la primavera de 1880: “Cuanto más aumenta el sentimiento de unidad con el prójimo, tanto más uniformes se vuelven los hombres, tanto más rigurosamente se experimenta toda diferencia como inmoral. Así surge necesariamente la arena de la Humanidad: todos muy iguales, muy pequeños, muy redondos, muy convenientes, muy aburridos”.

El diagnóstico de Nietzsche sobre el devenir humano bajo los efectos de este largo proceso de doma deriva en una espinosa proposición sobre la dirección que debía asumir esa crianza que, bajo el Estado, “el más frío de todos los monstruos fríos”, conducía a un inexorable empequeñecimiento de los hombres, cuyo mundo sin Dioses se había vuelto a su medida: minúsculo. Biopolítica de corte aristocrático, eugenesia cruel que propone la crianza de un hombre nuevo y mejorado. Su autor, “el desvalido maestro del peligroso pensamiento de la crianza humana superior”, como lo llamó Peter Sloterdijk, adivinó las partes en donde la nueva era se agrietaba y colocó allí su señuelo. Como terapeuta de la edad moderna, recetó una estrategia universal de superación del ser humano: exaltar al individuo y convertirlo en el templo de un autoaprendizaje constante. La construcción del Yo como obra plástica a través de “pequeñas dosis” en un devenir infinito liberado de todas las culpas instruidas por el cristianismo y las demandas de uniformidad de la nueva sociedad de masas. En 1888, escribe: “¿No sería tiempo, cuando más se desarrolla ahora en Europa el tipo ‘animal de rebaño’, de hacer el intento con una cría fundamentalmente artificial y consciente del tipo opuesto y sus virtudes?”.
Fragmentos sobre política. Friedrich Nietzsche Miluno 446 páginas

Profeta de las malas nuevas, sin reino ni rebaño, Nietzsche y sus máximas aristocráticas, incómodas, inadmisibles, cobran interés para comprender el devenir humano enraizado en la técnica y el creciente involucramiento biotecnológico en la selección de nuevos nacimientos y su posterior domesticación. El pavor contemporáneo frente a la crianza nietzscheana de hombres superiores esconde, en su reverso, ciertas dosis de hipocresía si se tiene en cuenta la insidiosa y aún no del todo discutida intromisión de la genética en el despliegue histórico de la especie. En ese sentido, muchas de las sentencias enarboladas por el filósofo alemán deberán ser leídas, primero, no literalmente, y, segundo, con un gran signo de pregunta alrededor.

Notas:

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-5951-2016-10-16.html

17 de octubre de 2016.  ARGENTINA

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