El ser y el todo (Ante una nueva biografía sobre Unamuno)

El literato que cultivó todos los géneros. El intelectual indómito e independiente que no se alejó en momento alguno de la vida pública de su país. Agitador de espíritus y de la vida universitaria. Energúmeno, según Ortega. Vasco y español, creyó en el iberismo, conoció a fondo la literatura hispanoamericana. Fue de los primeros en clamar por la europeización de España, y, en un alarde de provocación, apostaría en su momento por africanizarnos, ello, a pesar de que fue de los primeros en conocer y hacer suyas las obras de Ibsen y Kierkegaard, tan al norte de Europa. Se adelantó en no pequeña parte a los afanes del siglo en el que sólo vivió 36 años, y, al mismo tiempo, expresó sus imprecaciones contra la máquina de vapor y el progreso científico. Miguel de Unamuno y Jugo que se declaró “especie única”. Hablando estamos no sólo del gigante de la generación del 98, sino también de la personalidad más arrolladora de la vida pública española en nuestra historia contemporánea.

La buena noticia es que está a punto de llegar a las librerías una nueva biografía sobre Unamuno escrita conjuntamente por el hispanista francés Jean-Claude Rabaté y por la profesora de lengua, literatura y civilización española en la Universidad François Rabelais de Tours, Colette Rabaté. ¡45 años hemos tenido que esperar desde la última biografía con ambición totalizadora que se escribió sobre Unamuno!

Bien se entiende la enorme dificultad que supone acometer un estudio que aspire a dar una visión, si no amplia, sí al menos completa del autor de La Agonía del Cristianismo. No sólo es ingente el número de obras que publicó; a ello, hay que añadir sus artículos de prensa y su epistolario, que no son, en conjunto, de menor interés que el resto de su obra.

Firmaba manifiestos, acompañaba a líderes sindicales en manifestaciones, pronunciaba conferencias, arremetía contra esto y aquello, contra éstos y aquéllos.

Vasco y español, que noveló la guerra carlista en Bilbao, que ridiculizó el ideario de Arana, que amó tanto a su tierra vasca como al resto de España. Incómodo para los nacionalistas de ayer y de hoy. Desconcertante para los políticos españoles no sólo de su tiempo. La España del nacionalcatolicismo no le perdonó jamás su heterodoxia, sus angustias y dudas, demostrando, así, una manifiesta incapacidad para caer en la cuenta de la infinita carga de espiritualidad de Unamuno que le llevaba a un cristianismo tan profundo del que salió un poemario de la envergadura de El Cristo de Velázquez, del que salió una interpretación del Quijote con una carga de profundidad que lleva camino de no ser superada jamás.

Existencialista que se adelantó a los grandes pensadores que surgieron tras la 2ª Guerra Mundial, reconocido, entre otros, por Gabriel Marcel. Novelista genuino que no tuvo seguidores en su manera de acometer el género sin paisajes, sin apenas elementos externos. Poeta, gran poeta, sobre todo poeta, al decir de voces tan autorizadas como la de Luis Cernuda; poeta que no buscaba ritmos ni cadencias, sino estremecimientos; muchos de sus versos parecen leños cortados al estilo de la prosa de Tolstoi sin concesiones a la afectación. Autor teatral muy poco representado, que prescinde de lo ornamental. Ensayista prolífico que siempre tuvo presente a don Quijote, así como la omnipresencia de la angustia existencial que lo acompañó de principio a fin. Autor de referencia en la literatura de viajes que con tanto acierto y genialidad cultivó.

Marcado por periodos de 36 años, los que vivió en el siglo XIX, los que vivió también en el XX, y, tenía que ser así, murió en 1936.

Unamuno, del que Ortega escribió la mejor y más certera necrológica, no sólo por aquel atisbo genial definiendo la muerte como el paso que se da más allá de cualquier horizonte conocido, sino también por vaticinar que, tras su desaparición, a España le esperaba una era de atroz silencio. Cuando fue sancionado durante la monarquía alfonsina por el ministro Bergamín, Ortega salió en su defensa. Y, en los últimos años de vida del filósofo, cuando Marías le pidió a su maestro que leyese y valorase su libro sobre Unamuno, Ortega se negó a ello argumentando que don Miguel había sido una parte muy importante de su vida hasta el extremo de que no se veía capaz de leer algo sobre él sin una sacudida que le removiese un tremendo dolor.

Unamuno, crítico siempre con la España de su tiempo. Enemigo declarado del dictador Primo de Rivera. De hecho, el intelectual español que con mayor valentía se opuso a aquel militar tan nefasto como pintoresco, lo que llevó el destierro. Saludó la proclamación de la República, pero no tardó en mostrarse crítico en el nuevo Estado. Y, en la España en guerra, sufrió la destitución de los unos y los otros.

Unamuno, un gigante sin discípulos, la individualidad más extrema y conmovedora. Cuenta Luciano G. Egido, en su libro Agonizar en Salamanca, que don Miguel se murió hablando de España, del futuro de su España, al tiempo que expiraba el año 36 en aquella Salamanca suya en la que pasó sus últimos días tras el incidente con Millán Astray sin actos de vida pública.

Aquel Unamuno que, según cuenta Marichal en su biografía, estando desterrado en París, clamó en la torre Eiffel “¡Gredos, Gredos, Gredos!”.

Uno no puede evitar preguntarse ante esta nueva biografía sobre Unamuno que saldrá a la calle en los próximos días, qué acogida tendrá, no ya el libro en sí mismo, sino el que se hable más de su vida y obra a resultas de los dictados de la actualidad cultural. Porque, más allá del desconocimiento generalizado que es inmenso, están también otros factores no menos perniciosos. Por ejemplo, aquellos que, creyendo que en este presente que vivimos alcanzada está la verdad más absoluta, dirán que, ante todo, su obra está superada. Por ejemplo, aquellos otros que se quedarán tan frescos arguyendo que Unamuno no era sistemático, lo cual es cierto, aunque habría que plantearse si, dada su genialidad, necesitaba serlo.

Unamuno, gigante literario sin discípulos, como ya hemos dicho, en la novela, también, aunque en menor medida, en el teatro y en la poesía. Buero Vallejo se manifestó al respecto. Blas de Otero, renegando de don Miguel, diciendo que tenía “ideas de lechuzo”, no dejaba de hacerle hueco en algunos de sus poemas más desgarrados.

Rector en Salamanca, fuera del bullicio de Madrid. Ateneísta en su momento activo, reinventor del Quijote; poeta, que, como bien intuyó María Zambrano, hizo de la religión poesía; seguidor de Amiel, en tanto autor de diarios en los que se plasmaban todas sus angustias; contumaz cultivador del género epistolar.

Escrito dejó que, a través de sus obras, retumbaría, vivo, en las manos del lector del futuro. Mi deseo, ferviente, es que esta biografía de inminente aparición, más allá de sí misma, incite a la lectura de la obra de Unamuno, gigantesca en cantidad y en calidad, imprescindible para sentir lo que fue aquella España suya y de todos.

El ser y el todo, generoso con los escritores de su tiempo, también con los de segunda fila, bien se merece estar presente en el ánimo de este momento histórico tan poco halagüeño que es, con todo, su futuro.

Imperfecto.

Notas:

Fuente: http://www.laopinioncoruna.es/opinion/2009/10/22/nueva-biografia-unamuno/328652.html

SPAIN. 22 de octubre de 2009

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