El sindrome del filosofo rey

Popper ha señalado el peligro de los gobernantes “iluminados” que ha propuesto Platón y en su lugar sugiere trabajar en marcos institucionales para que los gobernantes “hagan el menor daño posible”...

Los discursos de megalómanos que pretenden saberlo y controlarlo todo demuestran su ignorancia colosal ya que la cooperación social surge precisamente en un contexto en el que puertas y ventanas se abren de par en par para permitir el oxígeno vital de la libertad que da lugar a la coordinación de conocimiento por su naturaleza disperso y fraccionado, lo cual, a su turno, hace posible el bienestar y da rienda suelta a la energía creativa en la que se sustenta el progreso.

Hasta el modo en que hablan y los gestos que hacen los gobernantes revelan una embarazosa, arrogante y, por cierto, nada socrática presunción del conocimiento que naturalmente los conduce a reiterados y sonoros fracasos. Esta es otra razón adicional para adoptar la importantísima sugerencia de Montesquieu en cuanto a la elección de gobernantes por sorteo al efecto de subrayar la insignificancia de quien gobierna y resaltar el rol de las instituciones. Antes he destacado, por ejemplo, el modo de caminar de G. W. Bush como un vaquero pendenciero, el modo que tiene Obama de subir y bajar escaleras como haciendo jogging y, salvando las distancias, los gestos grandilocuentes y ridículos del bufón del Orinoco —conocido como Chávez— los ademanes con ribetes grandiosos y tragicómicos del tristemente célebre Khaddafy, la seriedad crepuscular del matón de Corea del Norte y su adiposo hijo, los desplantes de Putin y el besamanos de ayhatollas en Irán, solo para citar a los más coloridos del plantel.

Diría que todos los gobernantes son presa de lo que Leonard Read bautizó como el “síndrome del filósofo rey”. Se la creen, la alfombra colorada los marea y el poder los empequeñece mentalmente (además tienden a considerarse indispensables e irremplazables). Por esto es tan necesario continuar y profundizar el debate sobre lo que técnicamente se denominan bienes públicos y colaterales, tan bien expuestos por destacados autores contemporáneos. Pero mientras tanto, los esfuerzos hacen bien en dirigirse a fortalecer marcos institucionales que pongan estrictos límites que enangosten la capacidad de maniobra del Leviatán.

Es que los que se instalan en la poltrona de mando se encandilan y pierden contacto con la realidad: no se percatan que si los delicados mecanismos subyacentes en la sociedad abierta son interferidos se desmorona el complejo y sensible tejido de interrelaciones sociales.

Las planificaciones estatales inexorablemente perturban las señales de mercado, esto es, los precios, con lo que las estructuras valorativas de la gente quedan distorsionadas, debido a lo cual los operadores económicos, al proceder en base a indicadores falseados, asignan erradamente los siempre escasos factores de producción con el consiguiente grave perjuicio para la gente. Además, como si esto fuera poco, al intervenir en los precios a raíz de los comandos gubernamentales, se opaca la evaluación de proyectos, la contabilidad y el cálculo económico en general con lo que no es posible saber en que grado se consume capital.

La impronta planificadora y el ímpetu estatista no son para nada inocuos, los daños de los discursos y fanfarroneadas de los capitostes estatales producen consecuencias devastadoras aunque cuenten con hordas (pagas y voluntarias) que los aplaudan a rabiar en medio de la teatralización armada por caudillos que vociferan sandeces de diverso tenor. El asunto se origina en los que aceptan la peregrina idea de que “hay que sentarse (siempre esa es la postura que sería la adecuada) a planificar el país que queremos”, luego, cuando el mandón de turno decide el camino de todos, sigue el coro de esperpentos serviles con marcada inclinación de autómatas que siempre agregan al espectáculo cánticos cuya precaria letra y pretensión musical son un bochorno superlativo para cualquier mente bien calibrada.

Henry Fielding (quien, como hemos recordado en otra oportunidad, John Dos Passos señala como el iniciador del individualismo en la novela anglosajona de 1749) ha escrito que “Los hombres están extrañamente inclinados a aplaudir aquello que no entienden”. Según C. S. Lewis, la tradición del filósofo rey está integrada “si se quiere, por hombres que han renunciado a la humanidad para dedicarse a la tarea de decidir que es la humanidad”.

Esta cuestión del “síndrome del filósofo rey” está íntimamente ligada a la noción del “líder” que debemos considerar cuidadosamente. De entrada confieso que esta palabreja me produce rechazo. Su significado específico según la Real Academia es “jefe de un partido político” (además comparte la raíz con “lidear”, es decir, pelear lo cual no es nada tranquilizador por cierto). Por extensión se usa la expresión como alguien que lidera en distintos campos lo cual tiene la connotación de quien arrastra, quien cuenta con adeptos y seguidores, quien conduce. Hay quienes la usan inocentemente lo cual no cambia el significado del vocablo (que de un modo u otro subliminalmente sigue arrastrando la truculenta imagen del Führer o el Duce).

En verdad en una sociedad de hombres libres cada uno debe ser líder de si mismo. Completamente distinta es la excelencia que provoca sana emulación: es la luz que brilla y, por ende, atrae otras miradas, no para ser arrastrados por un conductor sino al efecto de incorporar luz en la propia alma. Es la persona admirable. Pero el problema comenzó con Platón quien, además de ser pionero en la expresión “filósofo rey” que aconseja vivamente para el gobierno, escribió en Las leyes que “El gran principio de todo estriba en que nadie, se trate de hombre o mujer, debe estar sin un líder. Ninguna mente debe habituarse a hacer algo por su propia iniciativa”.

Frente a cada dificultad se proclama con arrebatos doctorales que se necesita un líder, esto es, se debe abdicar de la propia iniciativa en la figura del hombre “fuerte y sabio” que es en realidad débil e ignorante, lo primero porque como explica Erich Fromm no se autoabastecen “necesitan dominar a otros para completar su endeble personalidad”, y lo segundo ya lo hemos comentado más arriba en cuanto a la demostración de palmaria ignorancia (y su exasperante falta de biblioteca…la lectura de buenas obras, “ese milagro fecundo de una conversación en el seno de la soledad” de que nos habla Proust). En última instancia, la riqueza es interior; alguien dijo refiriéndose a un potentado que “es tan pobre que solo tiene dinero” y recordemos que Sor Juana Inés de la Cruz, en medio de infamias inquisitoriales de su propio confesor, consignó que prefería “poner riquezas en mi pensamiento, que no mi pensamiento en las riquezas”.

La síndrome del filósofo rey en última instancia se traduce en la manía de la guillotina horizontal, es decir, del igualitarismo, lo cual me recuerda unos versos de autor anónimo pero muy ilustrativos en la materia:

¡Igualdad!, oigo gritar

al jorobado Torroba

¿Quiere verse sin joroba

o nos quiere jorobar?

En no pocas ocasiones, “el filósofo rey” termina como la trilogía representada por Roa Bastos en Yo, el Supremo (José Gaspar Rodríguez de Francia que tiranizó Paraguay 24 años), por Asturias en Señor Presidente (Manuel Estrada Cabrera que tiranizó Guatemala 22 años) y por Vargas Llosa en La fiesta del chivo (Rafael Leónidas Trujillo que tiranizó Santo Domingo 31 años). En la primera de las obras mencionadas se consigna lo que declaró el dictador Francia que resume muy bien la fobia de los déspotas y su panoplia contra la prensa libre: “Debiera haber leyes en todos los países que se consideraran civilizados, como las que he establecido en el Paraguay, contra los plumíferos de toda laya. […] No hay mercadería más nefasta que los libros. No hay peste peor que los escribones. Remendones de embustes, de falsedades. Alquilones de sus plumas de pavos irreales”.

Por su parte, dado que el socialismo marxista propone la abolición del dinero debido a que todo se conseguirá sin cargo, Lenin —un buen exponente de la esquizofrenia característica del filósofo rey— escribió en Pravda que “Cuando seamos victoriosos a escala mundial, sostengo que usaremos el oro para construir baños públicos” (artículo titulado “La importancia del oro después de la completa victoria del socialismo”, noviembre 6 de 1921).

Aunque en un plano distinto, desafortunadamente en aquello de los liderazgos los hay quienes con la mejor de las intenciones aluden a su hijo en el colegio como que “se avizora como un líder” lo cual me produce urticaria por los motivos antes apuntados. Y los cursos respectivos que se dictan para empresarios ávidos de sobresalir deberían sustituirse por cursos del buen administrar que es más modesto y más ajustado a lo que se necesita en esas arenas que el insistir en pastosos “liderazgos”.

Es momento para que cada uno nos miremos por dentro que es donde radica la solución y no esperemos que nos resuelvan los problemas desde afuera en busca de una amarra exterior…y menos que menos a cargo de “un líder” o de un energúmeno que la juega de “filósofo rey”.

Alberto Benegas Lynch

Es académico asociado del Cato Institute y Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Argentina.

Notas:

Fuente: http://www.elojodigital.com/contenido/10283-el-sindrome-del-filosofo-rey

Por Alberto Benegas Lynch (h) - Publicado en web The Cato Institute

25 de nov. de 11

Hay 1 comentarios

December 23, 2011 - 8:38 AM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

Las tendencias megalómanas y narcisistas del filósofo-rey no son posesión y sustancia única de los “líderes” políticos, creo que dentro de los departamentos de filosofía, entre otros, hay profesores que creen tener la verdad y hay estudiantes que son fieles seguidores de estos oráculos de la verdad.

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