El tiempo y la racionalidad

En un artículo publicado en 2003 en el diario El País, Carlos Fuentes comentaba: ‘‘México ha estado afanoso por conquistar la racionalidad europea, y hay toda una cultura en busca de esa racionalidad.

Por eso fuimos primero seguidores de la Ilustración francesa, luego positivistas y después seguidores de las filosofías pragmáticas estadunidenses. Siempre hemos buscado una filosofía que apoye el afán de racionalidad de un país que sabe que tiene un trasfondo mítico, irracional, mágico, inexplicable, lo que es, por una parte, un gran atractivo, aunque para muchos mexicanos sea un gran lastre. No podemos ser un país moderno porque venimos arrastrando una carga mitológica desde el origen de los siglos. México tiene una cultura con 3 mil años de existencia, y esa cultura no nació del racionalismo, no nació de un tiempo lineal, como le gustaría a los racionalistas mexicanos, nació de un tiempo circular que se muerde la cola como la serpiente emplumada, de un tiempo que asciende en espirales’‘.

Su alusión al tiempo no lineal me remite a Freud y a los postulados de la filosofía de la deconstrucción de Jacques Derrida, así como a la filosofía de Heidegger y de Nietzsche.

El tiempo en su posible articulación con el espacio y el ser ha motivado profundas disertaciones en diferentes ámbitos de las ciencias y las humanidades. Quizá debiéramos interrogarnos acerca de la forma en que fechamos el origen de nuestra historia. ¿Por qué privilegiamos un acto acaecido hace 2 mil años para cifrar el devenir de nuestra historia? ¿Por qué soslayamos lo ocurrido previamente si contamos con datos científicos que comprueban la existencia del hombre sobre la Tierra cientos de años atrás? ¿Qué pasa con ese fragmento de historia perdido?

El tiempo fluye sin meta y sin sentido si no tiene algo que le brinde referencia y que le otorgue orden, finalidad y credibilidad. El tiempo sin el ser es insensato, salta de sus goznes.

La idea de temporalidad lineal representada por la secuencia presente, pasado, futuro es una tentación que siempre nos acecha, pues brinda fundamento a todas las aparentes certezas del pensamiento que no sabe más que de certezas que le brinda el pensamiento consciente. El asunto se torna aquí casi una aporía.

El sicoanálisis freudiano coloca el dedo en la llaga con su descubrimiento del inconsciente, ya que a partir de ello, espacio y tiempo, sujeto y objeto, ya no pueden ser pensados de la misma forma.

El concepto de nachtraglichkeit (a posterioridad) rompe con la ilusión de la temporalidad lineal. Los sueños demuestran la existencia de un ‘‘tiempo fragmentado’‘, es decir, de un tiempo que no tiene que ver con la idea de una sucesión tripartita ordenada en presente, pasado y futuro. En el sueño todo es presente puro.

Si el contenido de los sueños puede estar influenciado por el soñante, el trabajo del sueño escapa a toda intención. Esta fragmentación del tiempo es el resultado de un trabajo inconsciente.

Robert Musil manifiesta que no hay verdad sino verdades. Parafraseándolo, podría decirse que no hay tiempo sino tiempos.

Notas:

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2007/02/02/index.php?section=opinion&article=a06a1cul

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