Endotelismo cosmogónico

CREACIONISMO y diseño inteligente no son la misma cosa aunque en lo fundamental partan de premisas que así puedan parecernos. La diferencia radica, para Willian A. Dembski, “en que el creacionismo científico tiene compromisos religiosos previos mientras que el diseño inteligente no tiene ninguno”.

Al cristianismo, en general, esta idea de un diseño inteligente también le viene como anillo al dedo. Por ello el autor del ensayo bajo subtítulo de Respuestas a las más graves objeciones al diseño inteligente, observa: “Con seguridad, este diseñador es compatible con el Dios-creador de las grandes religiones monoteístas del mundo, tales como el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Pero ese diseñador es también compatible con el Dios-relojero de los deítas, el Demiurgo del Timeo de Platón y la razón divina (o sea, el logos spermatikos) de los antiguos estoicos. Es posible incluso mantener una postura agnóstica respecto del diseñador, y contemplar la complejidad especificada como un hecho bruto internamente inexplicable en términos de azar y necesidad”. Y buena muestra de ello son las ideas defendidas en los trabajos deudores de las conciliadoras ideas entre ciencia y religión practicadas, entre otros, por Teilhard de Chardin sobre el precedente del pensamiento de William Paley (Ayala, 2007). Un debate inmerso en la dualidad cartesiana en todo ser humano de la posesión de cuerpo y espíritu dentro del empirismo materialista y de su pragmatismo que todo parece invadir.

Si el peso del alma se mide en un suspiro con la muerte, el endotelismo cosmogónico se podría definir como lo inasequible del cosmos que da un cierto sentido a todo aquello cuya realización requiere de la intervención humana. (Sirva, no obstante, como aclaración el que no sean míos ni el título ni la idea, expuestas por Jean-Marie Schaeffer en su ensayo El fin de la excepción humana, y cuya finalidad trata de cuestionar la Tesis según la cual, en base a nuestra propia identidad, se construye un mundo de relaciones enfrentadas en la mayor parte de ocasiones al resto de manifestaciones originadas por similar procedimiento en el medio natural).

Esta cuestionada segunda naturaleza no orgánica, al menos desde el cartesianismo, constituye una imprescindible presencia en apariencia ausente siempre necesaria del conocimiento que en ocasiones consigue escapar al raciocinio de lo científicamente conocido. Viene siendo aquello que justifica mundos de creencias tan dispares, desde la ideología hasta la religión, dándole al hombre una plusvalía de identidad asociada a su natural condición animal. Por cierto, que este primer y último estado, frente al reduccionismo igualador imperante en el mundo de las ciencias, es determinado además de por su condición orgánica, por una cierta autonomía en el desplazamiento, así como de un cierto grado en el sentir. Un ser (auto) portante, diríase hecho de una pieza.

Animales y hombres, ambos tienen al soplo y al hálito como su primera y última experiencia del ser orgánico existente en ineluctable compromiso con el entorno que le ha facilitado la propia vida. Ni Copenhague ni ninguna otra borrascosa cumbre va a cambiar esta relación que in extremis nuestra especie ya se cree capaz de dar forma produciéndola de manera artificial. El debate sobre el ser del ser y el ser del hombre, desafecto del medio filosófico, no puede ser desde este punto de vista sino identitario, puesto que ningún otro ser vivo conocido se ha manifestado con semejante atrevimiento. Cuestión que hace reflexionar al mencionado autor sobre el precedente de masivas extinciones fruto, según se cree, de la variación climática, bajo el prisma actual de una conversión de la ecosfera en antroposfera: “es decir, por la acción de la especie invasora que somos nosotros mismos”. Para ello nos hemos dotado de racionalidad. Y decir esto no significa otra cosa que la argüida inferencia defendida por Robert Brandom al afirmar que a diferencia de los animales de campo, “ser racional significa estar sometido y obligado a normas y sujeto a la autoridad de razones”. Lo que en justicia y para el tema que nos trae no parece añadir mucho, puesto que el hecho de contar con ellas no implica necesariamente acertar ni en el diagnóstico ni en la predicción, aun estando amparadas por muy bienintencionadas muestras en la actuación de quienes más responsabilidad tiene en la gestión de los más bien mundanos asuntos que entretiene a la clase política global.

Ha sido característica común del órgano endotélico, íntimamente relacionado con el devenir de nuestro palpitante muscular sentir, aquella de constituir una presencia invisible que hasta hace muy poco no se supo medir ni cuantificar. La función endotélica varía, no obstante, si su objetivo está relacionado con la visión del mundo que el humano pueda tener, y tal como es afirmado por Schaeffer lo primordial de su objeto consiste en dar estabilización a nuestro estado mental, por lo que “no tiene demasiado sentido querer medir su aceptabilidad en términos de exactitud o falsedad”. Si, como un cierto creacionismo afirma, Dios creó el mundo, el hombre, para su equilibrio interno, hizo lo mismo con el canon del cual viene a derivarse, en última instancia, la institución académica. Éste viene a ser una cierta seriada pauta de creación funcionando a modo de transmisión cultural. Y en plena revisión de aquél la fórmula del naturalismo biológico defendida por Schaeffer puede ser tomada como un paso intermedio entre dogmatismos de distintos polos, del darwinismo y del creacionismo, pero de igual o parecido objetivo resultado final.

Notas:

Fuente: http://www.noticiasdenavarra.com/2010/09/07/opinion/tribuna-abierta/endotelismo-cosmogonico

SPAIN.  7 de septiembre de 2010

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