“Extremadura es el último reducto ecológico y antropológico de Europa”

Martin Heidegger era reacio a viajar a Grecia porque temía que le defraudara un país del que tanto sabía. Un día de 1962 se aventuró y, tal como esperaba, no encontró la esencia y la pureza de aquel país. Se pasaba los días encerrado en el barco en el que viajaba recitando los versos de Píndaro hasta que llegó a Delos, una isla desolada donde halló el alma que buscaba. Algo parecido le ocurrió a otro filósofo relevante alemán, Peter Sloterdijk, catedrático y rector de la Escuela de Arte y Diseño de Karlsruhe, durante su visita por Extremadura, en el 2008, cuenta Isidoro Reguera, leonés, catedrático de Filosofía la Uex y su guía algunos días.

Estudioso de las conquistas, Sloterdijk visitó una semana de noviembre la región invitado por la Fundación Ortega Muñoz, dirigida por Antonio Franco, director además del MEIAC, dentro de una ronda de visitas de intelectuales para poner en valor la región. Espantado por el turismo que merodea por los alrededores del teatro romano de Mérida o por una exposición sobre la Semana Santa con la que se topó en Plasencia, Sloterdijk halló su Delos en plena sierra de los Lagares, en la finca La Florentina.

Las vivencias y reflexiones del filósofo alemán en la región han sido recogidas por Reguera en ‘El Reino de la Fortuna’, publicado por la propia fundación. El libro consta de una primera parte una original interpretación del Decamerón de Boccaccio realizada por Sloterdijk y en una segunda el ensayo del catedrático de la Uex, ‘Extremadura, Renacimiento, Fortuna’, en el que Reguera expone el intercambio de ideas sobre la región entre ambos. Para el catedrático, su colega alemán es “uno de los monstruos intelectuales de este mundo, lo sabe todo”.

—Traduce a Sloterdejik, pero también ha hecho lo propio con Wittgenstein, Niestzche, Heidegger, Rosenzweig,... ¿cómo inicia su vinculación con estos filósofos alemanes?

—Realmente mi labor como traductor es apenas el 10% de mi currículo. La traducción y la crítica de libros—labor que realiza desde hace muchos años, primero en Diario 16, luego en ABC y actualmente en El País—son mi gran hobbie intelectual, pero es verdad que ya he traducido 21 o 22 libros del alemán aparte de algún artículo. Estoy muy orgulloso de ser pionero en la introducción y traducción de Wittgenstein en España, el más grande de todos. Además de otros, tengo el gran placer de haber introducido en el país a un triada de filósofos que hoy día es la más relevante en Europa y parte del mundo: Peter Sloterdijk al que presenté por primera vez en Madrid con ocasión del primer tomo de Esfera del que traduje 3.000 páginas; Richard David Precht, el filósofo que más vende, con ocasión de la publicación de ‘Amor, un sentimiento desordenado’ que también traduje. Por último, tengo la suerte de haber presentado por escrito al que hoy está aún más de moda: el coreano Byung-Chul Han, del que escribí un artículo en Babelia. Es la mejor cultura, por lo menos de mi mundo, que es el alemán.

—¿Por qué Alemania es la cuna de grandes filósofos?

—No merece mucho la pena la filosofía que hacen los españoles desde la ‘semihorterada’ aquella de Ortega y Gasset, ‘Yo soy yo y mis circunstancias’, que es una obviedad. Sin embargo, no ha habido ninguna fórmula que haya creado la filosofía española que sea un tópico que se discuta en la filosofía internacional, como por la sociedad de la transparencia, del cansancio, del aburrimiento… No sé qué pasa en España. La Generación del 98 escribió bien pero no dijo nada, al contrario, mientras en Europa estaban cambiando el mundo con una crisis tremenda que se desembocó en 1914, aquí lloraban la España del Quijote. De esa época maravillosa de un mundo nuevo que se creó en Europa ni nos enteramos.

Además, aquí la filosofía está muy desprestigiada, mientras en Alemania no se estudia en Bachillerato y, sin embargo, las facultades están llenas. Todo novelista, periodista o quien se dedique al espíritu sabe que tiene que estudiar filosofía. No hace falta defenderla, pero hay una anécdota que habla por sí sola: Cuando Sloterdijk se marchó de Extremadura se fue a Abu Dabi invitado por el emir para hablar de su concepto de isla absoluta, con atmósfera propia, y ayudar a impulsar el emirato. Es el emir más rico del mundo y no perdería su tiempo con un filósofo si sus reflexiones no fueran importantes.

—Hablando de Sloterdijk, ¿cómo fue el viaje por Extremadura?

—Vino con su mujer y su hija, y visitamos los principales lugares de la región. Yo me uní al viaje los últimos días. Recuerdo una esquina de Arroyo de la Luz al atardecer, allí vimos a unos viejos sentados en un poyo de los que dijo ‘gentes olvidadas por la revolución universal’, con un gran cariño. Fue un momento emotivo. El escribió mucho sobre la conquistas, más casi sobre portugueses porque fueron los grandes cartógrafos, pero también de españoles y extremeños. Vino a la región con un imaginario portentoso, conoce la historia de la gran Extremadura, pero el turisteo de Mérida le defraudó tanto que dejó de tomar notas.

—¿No se lo esperaba?

—No, porque una de las cosas que debe hacer Extremadura es pensar en que hay más turistas que los del autobús y se necesita un turismo de calidad. Tenemos que darnos cuenta que hay gente que sabe más que nosotros sobre la Extremadura misma y quieren ver y analizar su alma.

—¿Qué otras cosas destacó del viaje?

—Sobre todo el jugo de trascendencia inmanente, esa trascendencia de antes de la gran Extremadura, aquella trascendencia de la espada y la cruz que tuvo en aquel momento con el descubrimiento de la conquista del mundo y el origen de la historia, de la globalización de hoy. Eso es un punto de honor inolvidable para los extremeños. Pero hoy día esa trascendencia es negra, ni la espada ni la cruz significan nada, más bien las barbaridades que se hicieron después. Los restos de esa trascendencia es lo que descubre Sloterdijk en Plasencia en una exposición de pasos de Semana Santa, que califica de afición a los cadáveres y gusto por la tortura. Habla entonces del dolorismo español, del pesimismo metafísico o masoquismo en el que se ha quedado Extremadura. Ese pesimismo de los españoles, es la secuela de la frustración de unos conquistadores venidos a menos. Estamos 20 años atrasados con respecto a Europa.

—¿Con qué se queda de este viaje?

—Fue una experiencia maravillosa, discutimos mucho y estoy de acuerdo con él y con muchos extranjeros afincados aquí, sobre todo en la zona de Trujillo, Madroñera, el Pago de San Clemente y Herguijuela. Entre los últimos municipios está la sierra de Los Lagares donde viven extranjeros enamorados de Extremadura. Todos, incluido Sloterdijk, coinciden en que esta región es el último reducto ecológico de Europa e incluso antropológico. Extremadura tiene una atmósfera que un alemán no puede soñar y debe vender una marca de absoluta distinción porque puede hacerlo. Yo participé una vez en un comité para poner en marcha, pero fue un fracaso.

—Curiosamente el viaje de Sloterdijk lo repitió un siglo antes Miguel de Unamuno. ¿Qué tienen en común ambas experiencias?

—Nada, Unamuno era un pobre hombre que escribía bien pero nunca dijo nada. Pertenece a la generación desgraciada del 98, que podía haber hecho una España en la cual no estuviéramos en la situación actual. Ambos viajes no tienen nada que ver. Unamuno vino aquí con la intrahistoria, su viaje fue más bien para insultar a los extremeños cuando habla de la modorra y jugadores, de la siesta secular o del paludismo espiritual de Extremadura. Lo más bonito que dice de ella es que es ‘tan espléndidamente dotada por dios de cielo y de suelo y tan abandonada por los hombres’. No tiene nada que ver con Sloterdijk, que vino a ver Extremadura a confrontarla con su imaginaria y no quiso escribir sobre ella, no se considera el salvador de esta región, como Unamuno, quien esperaba que se civilizara. Habla de que tendría que llegar a Extremadura esa verdadera civilización que avanzaba en España, mientras se produjo el descalabro de la semana trágica de Barcelona. No se puede tratar así a Extremadura.

—¿El futuro que imaginó Unamuno es el presente que halló Sloterdijk?

—No, ese futuro de Unamino es sentimental. El futuro que se encontró Sloterdeijk fue ese contraste entre inmanencia y trascendencia, entre ese desarraigo del suelo y por otra parte el arraigo para la inmanencia del extremeño a su terruño. Si ecología se definiera como buena administración de la casa, los extremeños sois los mejores administradores.

—¿Y sigue siendo así?

—Todavía sí aunque hay proyectos absurdos. Eso de ‘oil and computer’ es una de las cosas más ridículas de estos políticos. El ‘computer’ está ya pasado de moda, el Linex ya no significa nada y lo ‘oil’ es absurdo porque dentro de poco no habrá petróleo que refinar. No tiene sentido, como poner barcos en Monfragüe, es horrible hacer eso en un parque nacional.

—¿Cuál es el papel de la filosofía en la sociedad actual?

—La filosofía siempre ha sido la vanguardia de cualquier movimiento emancipatorio, una parte de la filosofía es pensar la actualidad y contextualizarla. Enseña a pensar.

—¿La crisis económica alimenta la reflexión crítica?

—Es una de las cosas que hablamos con Sloterdijk en Madroñera. Era noviembre del 2008 y él ya adivinada la crisis, estaba escribiendo el libro ‘Haz de cambiar de vida’ (Pretextos). En momentos de crisis desde luego se agudiza pensar en el sentido y entonces se ven las diferencias que hay entre ilusión y realidad, aunque sean sangrantes muchas veces, lo que son esas ilusiones metafísicas. Por otra parte, las conclusiones que saca de su interpretación de Boccaccio es que en un momento de crisis hay que renovar las posibilidades, de inventar nuevas posibilidades cuando no tienes ninguna salida. A pesar de todo la vida es bella y hay que plantear un futuro.

—¿Es posible en la sociedad actual un político-filósofo?

—Era una cosa de los griegos que el más sabio intelectualmente era el mejor éticamente. Eso es una utopía del gobernante perfecto, desde luego es imposible hoy entre los políticos que tenemos, entre los cuales esto más bien parece un auténtico sarcasmo. Los políticos deberían ser por lo menos un poco más aficionados a la sabiduría, que es lo que significa filosofía y deberían cumplir eso que decía el discípulo de Platón que el político lo que debe buscar es el bien común y la felicidad de los ciudadanos, que parece otro sarcasmo.

—¿Cree que es conveniente enseñar filosofía en los colegios?

—Sí es muy conveniente. Hay muchos libros de filosofía para niños y hay un ejemplo extraordinario, es ‘Por qué hay todo y no más bien nada’, de Precht. Son conversaciones del autor con su hijo Oscar de 6 años. En una de sus diálogos el niño le dice que la vida no tiene sentido y el padre responde que parece que sí, que no tiene sentido. Imagínate que se educara a un niño en ese proceso, que se quitaran no ilusiones sino tantas telarañas y supersticiones que tenemos en la cabeza y a esa corta edad asumiera que la vida no tiene sentido y que el único sentido de la vida es lo que él pueda hacer con ella, sería maravilloso.

G. Moral

Es catedrático de filosofía de la UEX

Notas:

Fuente: http://www.elperiodicoextremadura.com/noticias/extremadura/isidoro-reguera-extremadura-es-ultimo-reducto-ecologico-antropologico-europa_813324.html

6 de julio de 2014.  ESPAÑA

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