Filosofía de la rentrée

Todas las casas tienen, al volver de vacaciones, un olor propio y peculiar que en las últimas noches de verano, con las ventanas recién abiertas y, tal vez, una cena improvisada, nos proporciona una de las experiencias más curiosas en el ciclo anual de nuestras vidas. Es el olor a filosofía.

La filosofía tiene, por supuesto, varios olores y es una lástima que Nietzsche, que presumía de filosofar con la nariz, no desarrollara más en serio este motivo. Pero Nietzsche no tenía hogar al que volver y anduvo -prácticamente- de pensión en pensión hasta el olvido final de sí mismo, de manera que no nos hubiera servido aquí. Nietzsche representa la subespecie del filósofo errabundo. Para este grupo minoritario de pensantes profesionales, la filosofía huele a otra cosa. Tal vez a maleta nunca del todo deshecha.

También están, en el polo opuesto, los filósofos “seta” -como Kant- que no viajan ni a tiros o consideran el viaje como una perversión filosófica. Séneca, por ejemplo, veía en la fruición de viajar el vano intento de escapar de nuestra propia biografía y, por tanto, un ejercicio de frivolidad para espíritus apocados. Heidegger, por su parte, practicó toda su vida un “paletismo” lúcido, vindicado y genial que podemos leer -y entender- en algunos escritos suyos como Por qué permanecemos en la provincia, de 1934. Los olores del terruño y la rutina cotidiana serían los más profundos de la filosofía para estos pensadores que recelan de la noción misma de vacación. Estos autores también forman un grupo minoritario dentro de la filosofía y podemos suponer con fundamento que a ninguno de ellos les gusta conducir.

El reencuentro con lo que hemos elegido ser

A quien sí le gustaba conducir es a José Ortega y Gasset. Ortega veía en la velocidad una hermosa conquista del espíritu sobre dos cosas tan tontas como son el espacio y el tiempo. Ni qué decir tiene que a Ortega le parecen muy bien las vacaciones. De hecho su noción de inteligencia humana se basa justamente en la idea de vacación. Para Ortega el afán primordial por vacar de nosotros mismos y de nuestro mundo, por mirar nuestra vida desde otro lugar, es lo que abre la mente al juego de comparar aquello que podría ser y aquello que es. Así que se puede decir que somos una especie inteligente -más o menos- porque, tan pronto como el trajín de nuestra vida nos da un respiro, nos vamos física o mentalmente de vacaciones, aunque sea a los cerros de Úbeda.

Señalaba ya hace un siglo Bernard Shaw que el automóvil, más que un medio de transporte, es un electrodoméstico imprescindible que atiende la necesidad primordial del hogar moderno: la de abandonarlo transitoriamente de vez en cuando. Este abandono, por supuesto, tiene como meta final el regresar. Tras unos días en la ciudad de moda o en el pueblo, en la costa o en la montaña, en los que se separa momentáneamente el “Ortega” y el “Gasset” de cada cual, recuperamos esa “vida de siempre” de la que nos fuimos con la intención de volver -por eso son vacaciones y no otra cosa. Pocos autores habrán explorado de manera tan fina y extensa los entresijos de todo este proceso como Thomas Mann en La montaña mágica.

Por supuesto, nunca se regresa exactamente a la misma vida que se dejó porque se vuelve más viejo y porque las próximas vacaciones se suelen perder en la lontananza de un futuro incierto. Como, además, madrugar no le gusta a casi nadie, poner fin a las vacaciones suele tener -salvo para las madres de familia en general y algún que otro niño que se aburre mucho en casa- una vertiente de castigo bíblico que es inútil ocultar. Pero junto a esta vertiente penal de casuística infinita está también, y sobre todo, el reencuentro con lo que hemos elegido ser.

Pues bien, en la ilusión o en la melancolía, en el estrés o en la serenidad del reencuentro con este “pie forzado” de nuestras biografías -que es la rentrée-,  afrontamos todos nosotros un momento de especial significado filosófico y vital, como saben muy bien todos los servicios médicos del mundo. La filosofía ha descuidado mucho esta pequeña -o gran- aventura doméstica del humano contemporáneo que vuelve a su casa, y va siendo hora de hacerlo notar.

Historia de una ida y una vuelta

El caso es que Ortega representa aquí al grupo más numeroso y significativo de pensadores de nuestra tradición. Este tercer grupo lo forman aquellos autores para quienes la filosofía, de una u otra manera, ha sido siempre un viaje de ida y vuelta. La filosofía como retorno -además de un motivo típico del pensamiento hegeliano-  es la gran hoja de ruta, oculta o declarada, de la mayoría de nuestros grandes sistemas de comprensión de la realidad. Y así nos encontramos con que las tramas argumentales de Platón o de Hegel, de Agustín de Hipona o de Marx, de Husserl o de Descartes -y eso que Descartes también fue un pensador que hacía de cada viaje una mudanza- podrían subtitularse como subtitula El hobbit Bilbo Bolsón: historia de una ida y una vuelta.

Posiblemente sea George Berkeley, filósofo irlandés que a principios del XVIII pasó unos tres años de vacaciones forzosas en Rhode Island tras un frustrado viaje de trabajo a las Bahamas -iba allí a fundar una universidad pero le fallaron los fondos asignados y tuvo que conformarse con ser uno de los promotores de la universidad de Yale-, el primer autor moderno que desarrolla algo esta temática tan amplia. Amplia porque, a decir verdad, no sólo en filosofía, sino también en cosmología o en literatura los ciclos de alejamiento y regreso al origen parecen satisfacer enormemente nuestra inteligencia.

En definitiva, y como se ve, el tema de la rentrée tiene mucha más consistencia intelectual de lo que parece. Aunque lo importante en estas fechas de comienzo de curso no es su enjundia sino sus posibilidades. A lo largo de nuestras vidas todos hemos ido acumulando algunos tópicos y frases hechas que remiten directamente a nuestra tradición filosófica. Son frases como esa de el silencio eterno de esos espacios infinitos me aterra, de Pascal -donde lo más aterrador, por cierto, es el plural aplicado una espacialidad infinita-; o el épico yo sé quién soy, de Unamuno comentando a Cervantes; o el atrévete a pensar, de Kant, que es como un pescozón cariñoso de la Ilustración en nuestra cabeza de postmodernos internautas; o el tú mismo, Menón, por los dioses, qué afirmas tú que es la virtud con que Platón nos agarra de la solapa por la calle cuando simplemente íbamos a tomar una caña.

Cualquiera de esas frases y otras tantas semejantes, formuladas en la noche perpleja e insomne de nuestra rentrée y bajo los efectos de ese aroma tan extraño en nuestra propia casa, cobran verdadera y auténtica vida -la nuestra- y nos invitan a filosofar con algo más que con gaseosa.

Aprovechen la ocasión. Con un poco de suerte, además, los niños estarán empezando el cole.

Ignacio Quintanilla Navarro


Es profesor invitado de la Escuela de Filosofía.  Es doctor en filosofía y psicólogo industrial. Ha impartido docencia en varias universidades españolas.

Actualmente es director del IES Infanta Elena de Galapagar (Madrid).  Su trabajo de investigador se centra en las áreas de teoría del conocimiento, filosofía moderna y filosofía técnica y su libro más reciente es: Techné:  La filosofía y el sentido de la técnica. Madrid 2012

Notas:

Fuente:  http://blogs.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/escuela-de-filosofia/2014-09-14/filosofia-de-la-rentree_191871/

14 de septiembre de 2014.  ESPAÑA

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