Humanismo cívico: ética y democracia

Husserl en su última obra, La crisis de las ciencias europeas, establece una certera conexión entre la crisis de la cultura occidental y la crisis de la humanidad europea. Escribe que proviene de un modo de pensar que renuncia al conocimiento de la verdad en toda su envergadura y se vuelve incapaz de hacerse cargo de las cuestiones decisivas de la existencia. Es un objetivismo limitado y excluyente que lleva tanto al cientifismo como al irracionalismo.

Convive el pragmatismo con el relativismo. La Ilustración reúne la racionalidad de Kant con el mecanicismo de Newton y el individualismo de Rousseau. Los dos últimos no son difíciles de conciliar. El pragmatismo mecanicista impera en la política, y en la cultura impera la arbitrariedad individualista con rechazo de todo lo racional y normativo. Esta división lleva a la frustración y el desencanto.

En las organizaciones supranacionales ocurre igual con proyectos que tienen muy poco en cuenta que el hambre crece a lo largo y a lo ancho del mundo; por ejemplo, porque esa democracia tiene una debilidad moral dramática. La gran tarea de la Europa democrática podría ser la defensa y la promoción de los derechos humanos, pero al carecer de una adecuada filosofía política este empeño queda en verbalismo retórico e ineficaz, falto de nervio.

Es necesario recuperar la noción de virtud como hace MacIntyre para mostrar la superioridad de la ética de las virtudes sobre la ética de las normas. La contraposición de virtudes públicas (que evitan la corrupción) con las virtudes privadas desdibuja la virtud de disposición estable que incrementa la libertad. Parece que algunos piensen la democracia como un régimen en el que los hombres han decidido vivir sin valores, y eso se paga. Algunas utopías no son más que versiones secularizadas de las herejías religiosas, pero también es utópico intentar lograr la solidaridad ciudadana y la participación social sin apelar a las virtudes personales que constituyen el único resorte real para llevar a la práctica un programa político que crea en la excelencia.

El Estado no tiene el monopolio de la benevolencia, su misión es subsidiaria. La Administración pública debe ayudar a las iniciativas ciudadanas, en lugar de interferir o entrar en competencia desleal. Ha triunfado el movimiento neoliberal (atemperado por la crisis) en lo económico, pero no es igual en lo social donde el individuo es un receptor pasivo de ayudas. El individuo, ante todo, debe ser el iniciador, más que el inmóvil convidado de piedra sin riesgos, sin responsabilidades y sin aventuras. Así la libertad se ahoga. El colectivismo permisivo conduce a una deshumanización de la sociedad y a una profunda insatisfacción, incapaz de recuperar el terreno perdido. Neoliberal en economía y relativista en cultura, este el “pensamiento único” como un tinglado de la nueva farsa.

Es necesario el retorno a la persona esencial con el despliegue de su libertad para superar la multitud individualista y solitaria, fértil terreno para el totalitarismo, dice Hanna Arendt. Es preciso encontrar un nuevo sentido para la ciudadanía, para que pueda participar en el bien común más que en el individualista interés general. La creciente complejidad de la sociedad actual requiere este potenciar la responsabilidad de los que ven los problemas con inmediatez, más que la lenta máquina burocrática. Así se alcanza una libertad concertada que busca el bien común colaborando con el poder político. La libertad va siempre de abajo a arriba, nunca al revés. Esa libertad vital que conforma una sociedad civil viva y creativa.

El ideal de la democracia no es la democracia misma, sino la libertad social. La libertad concertada constituye y legitima la autoridad pública y no a la inversa, que es una tergiversación de la democracia. El humanismo cívico pone en juego la libertad y su capacidad creadora con el gusto maduro y reflexivo por la libertad de la que hablaba Tocqueville. Así, más que un consenso fáctico de cortas miras se busca un consenso racional más dirigido a la vida buena. Ciertamente, es más difícil y exigente. El pesimismo social sin aliento moral, que lleva al agotamiento y la apatía, les puede parecer una meta demasiado alta, pero existen caminos para actualizarla progresivamente. Más allá del empecinamiento partidista se debe alcanzar una promoción de las Humanidades, rehabilitando la razón pública como gran empeño de la democracia.

Notas:

Fuente: http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=18638&id_seccion=33

3 de diciembre de 2010

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