In memoriam: Bolívar Echeverría (1941-2010), un marxista crítico

“El hombre moderno está desgarrado, obedece a dos lógicas
totalmente contrapuestas, una más poderosa que la otra:
la lógica cualitativa del mundo de la vida
y la lógica abstracta y cuantitativa del valor.”
(Bolívar Echeverría, 2007)

Bolívar Vinicio Echeverría Andrade era antes que nada un humanista, un
marxista atípico, un fino traductor y en último lugar un filósofo
profesional. En plena barbarie posmoderna, tratando de no desarbolar los
valores universales de la Modernidad, siguió pensando críticamente las
vasta cuestiones del hombre, más allá de las modas académicas. Aunque
ecuatoriano de nacimiento, su aporte, junto a otros inmigrantes ilustres en
la solidaria tierra mexicana, como Wenceslao Roces o Adolfo Sánchez
Vázquez, han hecho posible la lenta maduración un pensamiento crítico
latinoamericano.

Creo que su obra más madura y compleja, aunque no coincida con lo
cronológico, es sin lugar a dudas su libro El discurso crítico de Marx, de
1986. Un libro raro, subestimado, silenciado por los círculos académicos,
que reunía una colección de ensayos que abarcaba la reflexión de
Echeverría entre los años 1974 y 1980. Allí se posicionaba con firmeza,
en pleno inicio de la borrachera ideológica de la globalización y el fin
de la historia, afirmando que el siglo XX no era otra cosa que mera barbarie
de egoísmo y explotación, “un cuento incoherente y violento”. No se
quedaba en lo testimonial, en su mismo prólogo defendía al pensamiento de
Marx como una “presencia real de un proyecto de sentido o, mejor, de
contra-sentido para la Historia contemporánea: El Comunismo; a la
materialización de éste en una entidad sociopolítica peculiar: la
Izquierda; a su manifestación en conceptos mediante un discurso propio: el
Marxismo.” Echeverría, tan atento a la escritura y los signos del
lenguaje (muchos de sus ensayos hay que cribarlos de la excesiva carga
semiológica muy de moda a fines del siglo XX), le colocaba
estratégicamente las mayúsculas a la vapuleada tríada, “fuente del
discurso de la rebeldía”. No tenía ninguna hipoteca institucional o
ideológica en defender a Marx de los ataques superficiales, construidos a
bases de malas lecturas y distorsiones ideológicas, de Nietzsche, Heidegger
o Foucault. Tampoco dudaba a la hora de remarcar la patética tosquedad del
mal llamado “Materialismo Dialéctico”, una ciencia de la legitimación
del estado stalinista. Siempre defendió un marxismo abierto, una teoría
que debe respetar una “búsqueda inacabada de unificación que conecta
entre sí a los distintos esbozos espontáneos de identidad que hay en el
propio Marx”. Recuperaba para el pensamiento crítico los marxismos
olvidados, perdedores, marginales, (y Echeverría traía a primer plano a
Luxemburgo, consejistas como Hermann Goerter, Korsch, Lukács, filósofos
alejados del DiaMat stalinista, como Karel Kosik o líderes de la nueva
izquierda europea como Rudi Dutschke) que superaban al “marxismo demasiado
realista”. Si el marxismo tiene una “encomienda” en la Historia,
señalaba en su “Presentación”, debe romper los límites de la versión
falseada y predominante, debe quebrar el corset sociologista, estatalista y
progresista. Tan atípico que para él era central para renovar el filo
crítico de la vulgata marxista, recuperar “el teorema crítico central de
El Capital”, se trata de recuperar la idea de que “todos los conflictos
de la sociedad contemporánea giran… en torno a una fundamental
contradicción entre Valor de Uso y Valor de Cambio, entre dos ‘Formas de
Existencia’ del proceso de reproducción social: una,
‘social-natural’, trans-histórica, que es determinante, y otra
históricamente superpuesta a la primera, parasitaria pero dominante, que es
la forma de “Valor que se Valoriza”, de acumulación del capital.” El
libro era curioso porque cruzaba los sacrosantos campos profesionales: era a
la vez, un libro de crítica de la economía política y de
contra-filosofía. Se hablaba de filosofía en un grado de abstracción
altísimo desde el corazón mismo de la producción de plusvalor. Se
profundizaba sobre el Materialismo de Marx y sobre su carácter científico,
que implicaba para Echeverría “la des-construcción crítica del discurso
científico espontáneo, al desquiciamiento sistemático de su horizonte de
inteligibilidad, como la estrategia epistemológica adecuada para un
discurso cuya producción de conocimiento debe cumplirse cuando la Historia
que ha culminado en el capitalismo transita hacia una nueva historia.”
Pero lo más atrayente y novedoso en lo teórico seguía siendo su
recuperación en valencia crítico-política de Das Kapital, y en particular
su puesta en primer plano del “Valor de Uso”, devolviendo al centro de
gravedad de la lectura de Marx la Ley del Valor y con ella de la crisis como
cortocircuito permanente del modo de producción de mercancías. Era obvío
que para Echeverría existía una necesidad para la Teoría de “volverse
Teoría de la Revolución, y la necesidad, para la Revolución, de ampliarse
como Revolución en la Teoría.”

Su integral humanismo seguramente se retroalimentó de su trabajo como
sensible traductor, de Sartre a Habermas, pasando por el propio Karl Marx y
sus Manuscritos de París de 1844, Horkheimer, Musil, Brecht y Benjamin. Su
talento era reconocido además internacionalmente, había sido elegido
miembro del Comité Científico junto a grandes intelectuales para asesorar
los contenidos de una de las obras enciclopedias multinacionales más
ambiciosas sobre Marx, el Historisch-kritisches Wörterbuch des Marxismus,
un Diccionario total histórico-crítico sobre el Marxismo. El epígrafe de
su obra, todavía por difundirse, todavía por conocerse, seguirá siendo el
planteamiento del dilema mortal que acecha al pensamiento de Marx: “el
discurso del Comunismo sólo puede ser tal, si es estructuralmente crítico,
es decir: si vive de la muerte del discurso del Poder: de minarlo
sistemáticamente…”

Notas:

Fuente: Nicolás González Varela

15 de junio de 2010

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