Javier Goma: La democracia no es una franquicia, es un destino

En su libro «Ingenuidad aprendida», el pensador propone como método filosófico la ingenuidad y reclama la ejemplaridad para reformar la vida privada

IGNACIO GIL. Javier Gomá, durante la entrevista con ABC

Vayamos de lo real a lo abstracto y comencemos por la actualidad. El mundo árabe se ha lanzado a la calle exigiendo una democratización de sus países. Occidente se pregunta, atónito: ¿es posible la democracia en Oriente Medio? “Si en alguno de los salones del siglo XVIII, donde se fraguaron las ideas enciclopedistas, alguien se hubiera atrevido a decir que el voto de un obrero, un campesino o una mujer valía lo mismo que el de un burgués o un aristócrata, le habrían respondido que no –responde Javier Gomá a ABC-. Sin embargo, hoy eso es una realidad histórica en nuestros países, una realidad que se fue imponiendo poco a poco, en el transcurso de un largo ciclo histórico. Creo que los países musulmanes la harán suya, de igual manera que Japón se democratizó después de la II Guerra Mundial, aunque quizá no mañana mismo, cuando cesen las revueltas. Creo que la globalización, o más bien dicho: la mundialización, es un proceso de occidentalización del mundo, y ese proceso se sustenta en los principios igualitarios que se gestaron en Occidente y que ahora se siguen expandiendo. Aunque la democracia no es una franquicia como Zara. Es un destino.

-Tendemos a pensar que todas las democracias occidentales son iguales. Pero existen diferencias entre ellas, lo mismo en su origen que en su práctica. Tampoco las revoluciones fueron iguales. Así, uno de los pilares de la Revolución Americana fue la defensa de las creencias religiosas minoritarias frente a la iglesia hegemónica, mientras que la Revolución Francesa quiso erradicar al catolicismo y llegó a crear una liturgia con ceremonias civiles equivalentes a las cristianas, pero laicas. ¿Será posible que el mundo musulmán adopte la democracia? ¿Será esa democracia compatible y homologable con el modelo occidental o será distinta?

-No sólo las democracias son distintas unas de otras en algunos aspectos, sino que en el mundo contemporáneo se dan momentos de desarrollo político y social muy diferentes. En el Amazonas sobreviven pueblos indígenas que están en la prehistoria. Los hay que se encuentran en estadios premodernos, como buena parte del mundo árabe que se sustenta en la ontoteología religiosa y en las aristocracias religiosas y políticas, o en modelos mixtos donde aparecen elementos más democráticos e igualitarios. Hay quienes están entrando en la modernidad y quienes, como nosotros, están saliendo o ya han salido de ella. Hace nada, en 1989, cayó el Muro de Berlín, y se vino abajo el mundo comunista, una de las grandes creaciones de la “filosofía de la sospecha”. Es verdad que se basaba en la finitud y en el igualitarismo, pero la doctrina comunista funcionaba efectivamente como una ontoteología y los países de su órbita estaban sometidos y gobernados por élites militares y políticas. La gran paradoja fue que la revolución comunista no se produjo en los países más avanzados del mundo: Alemania o Estados Unidos, como Marx sostenía, sino que primero lo hizo en Rusia y luego en China, dos naciones muy atrasadas. Así que Lenin cambió el “materialismo histórico” y dijo que ésta se producía en “el eslabón más débil de la cadena”. Durante el siglo XX Rusia ha pasado del feudalismo a la posmodernidad sin haber superado la modernidad, porque su proyecto fracasó. En cuanto al mundo musulmán, el problema es decidir si, como algunos piensan, sus pueblos son incompatibles con la democracia, o si cada cultura accede a ella por vía particular. En fin, en cualquier caso yo creo que sí es posible, aunque el proceso será largo. Ahora miramos lo que ocurre y nos sentimos turbados por nuestra responsabilidad… Sin embargo, hay que recordar el entusiasmo de los intelectuales europeos cuando estalló la revolución islamista en Irán. Ocurre que la “filosofía de la sospecha” nos ha acostumbrado a una crítica radical al eurocentrismo. Algo en lo que hemos caído todos. En 2009, cuando fui a dar unas conferencias a Estados Unidos, recuerdo que en Harvard habían cambiado un curso dedicado al Quijote por otro sobre Mafalda…

-¿A qué llama “filosofía de la sospecha?

-A lo largo de los últimos dos siglos, el hombre tuvo la misión histórica de liberarse de las opresiones tradicionales. Ya durante el siglo XIX y luego durante la mayor parte del XX, como consecuencia del romanticismo y su exaltación del yo y la subjetividad, pensadores como Schopenhauer, Nietzsche, Marx o Freud, la filosofía y las ciencias sociales han tratado de desmontar las pretensiones de validez de los discursos tradicionales, y a eso es a lo que llamo “filosofía de la sospecha”, que viene del nihilismo, pasa por el marxismo, el psicoanálisis, etc., y llega hasta ayer mismo con la “deconstrucción”. El siglo XX pasa por la destrucción de las ontologías, la crítica de las ideologías y las genealogías, la transmutación de los valores tradicionales, la muerte de Dios y la del hombre, el fin de la historia, doctrinas a las que yo agrupo como “filosofías de la lucidez”, y que terminan por fraguar una cultura postmoderna, postindustrial, posthistórica, postcolonial, que es la que hoy habitamos. El pensamiento se ha vuelto historia del pensamiento. Es algo que ha tenido un reflejo muy claro en todos los ámbitos, como en el arte, con las vanguardias, o en la moral, con la trasgresión, y que ha colaborado en este largo proceso de liberación, pues nos enseñó que determinados discursos externos eran históricos y que además escondían intereses perversos. Pero a esa filosofía hoy le ocurre de igual manera que a la trasgresión moral y a aquellos experimentos artísticos: ha dejado de tener sentido y se encuentra en un punto de no retorno. Ahora esa forma de pensamiento es un “epígono” de la lucidez que ya no da luz sino que congela y petrifica. El asunto es que asistimos a un cambio de época que requiere de nuevas ideas y emociones, y el paradigma de la liberación ya no nos sirve. A esa emoción es a lo que yo llamo “ingenuidad”, y es una aproximación al mundo que trata de responder a los problemas actuales.

-Hablar de “ingenuidad” es casi un pecado para los filósofos contemporáneos, quienes generalmente siguen persiguiendo la lucidez…

-De hecho, lo hice así para defenderme. En 2009 varias universidades norteamericanas me invitaron para dictar varias conferencias y explicar las formulaciones que había hecho en mis dos primeros libros: “Imitación y experiencia” y “Aquiles en el gineceo”. Como sabía que iban a reprocharme “ingenuidad” por reivindicar la “ejemplaridad”, la adopté como método… Schiller decía que la “poesía ingenua es hija de la vida y a la vida vuelve a conducirnos”. La ingenuidad es osada, y se atreve a atravesar un poco ciegamente la nube luminosa del escepticismo, el relativismo, el particularismo y el pluralismo que nos rodea, y a alargar su mano confiadamente hacia la objetividad de las cosas mismas. Se trata de crear un origen, no de volver a él, de pensar por nosotros mismos lo que tenemos delante. Pero no como si fuéramos el primer hombre o como si aspiráramos al “grado cero” de la filosofía, sino con lo aprendido; es decir: tomando como punto de partida la subjetividad moderna y su mundo, porque todo lo que pueda haber universal y objetivo está en el yo. Por eso este libro se llama “Ingenuidad aprendida” y es una “ingenuidad” para recuperar la “seriedad” perdida. Pero eso será resultado de la elección que uno hace después de haber estudiado mucho y haber corrido muchas aventuras: volver de la buhardilla al salón. Y ante todo ha de ser una filosofía mundana.

-Ese es otro adjetivo que no va a ser del gusto de los filósofos…

-Toda la cultura fue mundana hasta el siglo XVIII. Lo eran Sócrates, la Academia de Platón, Aristóteles y su escuela “peripatética” (de paseantes)… Lo eran los pensadores y artistas renacentistas en casa de los grandes señores, como los Medici… Y también lo eran los pensadores franceses del siglo XVIII que generaban su pensamiento en los salones… Sin embargo, el desarrollo de la subjetividad con el romanticismo y sus filosofías del yo, que ponderaban el genio o la rareza individual, y que fue muy importante para liberarnos de las opresiones tradicionales propias de un mundo que se fincaba en la ontoteología y el aristocratismo (cuyo medio para generar “buenas costumbres” eran la religión y el patriotismo), hizo que el hombre ya no se sintiera parte de un todo: cosmos, patria, ciudad, etc., sino que él mismo se sintió el todo. Así que el filósofo dejó el salón y se fue a la buhardilla. ¿Lo dejó o lo expulsaron? Allí pensaba sin socializarse y sin testar con el mundo la validez de sus doctrinas. Y cuando sólo se tiene a sí mismo como interlocutor tiende a proferir verdades desmesuradas, tremebundas, y a crear doctrinas no contrastadas con la realidad, normalmente no realizables y que nunca podrían ser aceptables en el salón, donde se da la colectivo, social, razonable, vivible. Aportan conciencia, eso sí, pero no convivencia. Si un día el mundo se despertara nietzscheano, sería un desastre; si se levantara orteguiano, quizá algo mejor que este (y eso aunque Ortega no estuviera totalmente socializado, porque siendo un filósofo de la finitud y un demócrata, en lo cultural rechazaba la vulgaridad y apostaba por las élites: por el aristocratismo).

-¿Qué requisitos debe cumplir esa “filosofía mundana”?

-La “filosofía mundana” puede defenderse en el café, en una comida entre amigos que no piensan lo mismo, en una reunión familiar o en una entrevista periodística. La “filosofía de la sospecha” ha contribuido a que seamos más lúcidos pero no más sociables y el gran problema moral es, en mi opinión, cómo vivir juntos. La filosofía, con independencia de que sea académica o no, nos tendría que enseñar ideas, formas, emociones para favorecerlo, y para ello, tiene que hacerse más amistosa. En fin, esta idea de cortesía y de concordia ya la sostenía Aristóteles, para quien el hombre virtuoso está de acuerdo consigo mismo y tiende a establecer contacto con otros como él; en el círculo de amigos comunes se crearán costumbres, y si muchos ciudadanos las comparten en el pensar, en el sentir, en el actuar, acabará floreciendo la concordia en toda la extensión de la polis. Por eso, en su sistema filosófico la amistad culmina la Ética y abre paso a la Política.

-En este libro, como en “Ejemplaridad pública”, usted propone una reforma de la vida privada.

-El paradigma de la liberación ha traído consigo un inmenso progreso moral resultado de muchas luchas, mucha sangre y sacrificios. Se ha consolidado un conjunto de derechos frente a los poderes públicos, pues, frente a la potestad de aprobar leyes, ejecutarlas coactivamente por medio de sus funcionarios y establecer procedimientos para la resolución pacífica de los conflictos (los tres poderes del Estado contemporáneo), se ha impuesto un límite que no se puede traspasar: el límite de la vida privada de las personas, garantizada por una pluralidad de derechos humanos y fundamentales. Desde una perspectiva jurídica, nos ha traído el derecho a elegir nuestro estilo de vida sin la injerencia de los poderes públicos. Y yo estoy a favor de ello. Sin embargo, esta escisión entre lo público y lo privado ha acarreado un malentendido: del derecho de cada cual a disfrutar de su vida sin coacciones, se ha inferido que cualquier ejercicio efectivo de ese derecho vale éticamente lo mismo. Se ha construido una gran casa para la vida privada entre cuyos sagrados muros todo está permitido. Sin embargo, la libertad es el presupuesto de la ética pero no la ética misma.

-En su opinión vivimos en un mundo de relaciones en el que lo que uno hace y dice, así sea en la órbita de la intimidad, repercute en los demás. Así que no sólo hay que exigir a los políticos que sean ejemplares, sino que todos debemos dar ejemplo…

-Resulta curioso comprobar cómo durante la segunda mitad del siglo XX se han propuesto numerosas éticas públicas (Rawls, Habermas, etc.) pero ninguna ética prescriptiva privada salvo, quizá, una popularización del viejo ideal romántico de la “autenticidad”: “Sé tú mismo”. Hemos abandonado aquel mundo sostenido en la religión y la aristocracia (de cuna y del espíritu) y hemos entrado en otro donde los pilares son la finitud de nuestra existencia (nacemos, crecemos y nos formamos, trabajamos y fundamos una familia, morimos y se acabó) y en el igualitarismo (todos somos iguales ante la ley y ante los hombres), un mundo donde la gran liberación de la subjetividad ha traído como consecuencia la vulgaridad, que defino como la exteriorización de la espontaneidad de un yo no refinado cuyas expresiones tienen el mismo derecho a manifestarse que los más elevados productos culturales, y que es muy respetable, pero que sólo es un punto de partida. No basta con decir yo hago, digo y pienso lo que quiero. Estamos liberados pero no emancipados. Un ideal civilizatorio no puede confiar su realización sólo a la reforma de las instituciones sino incluye también una reforma de la vida privada de los ciudadanos.

-La escuela parece haber olvidado que su función primordial es la de formar ciudadanos y no sólo transmitir contenidos. Los profesores han perdido la autoridad, entre otras cosas, porque los padres no les apoyan y ante un conflicto, se ponen de parte de sus hijos. Los alumnos campan por sus respetos…

-La libertad era una conquista, hoy es un estado. El niño mama leche liberada por unos padres liberados. Pero esa libertad no ha sido una conquista suya. Todos los ejemplos que reciben pertenecen a la órbita de una conciencia liberada y responden a aquel viejo ideal romántico de la autenticidad del yo, lo que deslegitima todo principio de socialización. Una clase es un conjunto de muchachos liberados y hormonados que viven en permanente estado de sospecha contra la autoridad. Resulta muy difícil civilizar niños cuando se les educa en actitudes antimundanas…

-En ese contexto, no resulta extraño un caso de anomía trágico y terrible como el de los adolescentes que asesinaron a Marta del Castillo y luego se han burlado de la policía, la Justicia y la sociedad…

-Produce horror admitirlo, pero lo que esos chicos han hecho es obedecer lo peor de su subjetividad: “Sé tú mismo, sé auténtico”… sin límites ni piedad.
-¿Cómo ha de procurarse esa emancipación que usted propone?

-No basta con tener libertad, hay que hacer un uso virtuoso y responsable de ella. “Limitarse es extenderse”, como ya afirmaba Aristóteles. Tenemos que construir una nueva “república de mores” (de costumbres). Ese ideal civilizatorio tiene que enunciar una prescripción moral para la vida privada de los ciudadanos, recomendando un uso responsable y de su libertad y cancelando moralmente (no jurídicamente, es claro) el derecho a la anomía. Y ha de ser un ideal transitivo capaz de propagar socialmente esa conducta virtuosa en la vida privada por medio de un cuerpo articulado de costumbres. No es posible un ideal que sólo sirva para una de las partes de la totalidad del hombre (la jurídica, la pública) y se olvide de la otra (la privada). Esa “uniformidad de vida” de la que hablaba Cicerón y que hace que algunas personas sean de fiar: fiables, fide-dignas (dignas de fiar).

-Afortunadamente, en algunos ámbitos sí se han suavizado los límites entre la vida pública y la privada, e incluso aparecen modelos ejemplares que se pueden seguir. No hace mucho que publicó una Tercera de ABC dedicada a Rafa Nadal, en la que lo comparaba con Federer… Al suizo le atribuía la “gracia” de jugar divinamente, casi sin esfuerzo, y al manacorí la “virtud” que emana del sacrificio en lo deportivo y de su gran empatía por lo social.

-La ciencia se aprende a través de fórmulas, la verdad moral a través de los ejemplos: a ser valiente se aprende siendo testigo de actos de gran valentía. La virtud se personifica a través de ejemplos a diferencia de la ciencia. Determinadas personas tienen una gran influencia en la juventud, como los deportistas. A esas personas se les exige no sólo0 que jueguen bien, sino una honestidad de vida y una rectitud que contribuyan a la convivencia, a la amistad cívica y a la mundanidad. El ideal democrático que propone la “filosofía mundana” es, justamente, la ejemplaridad. El ejemplo de una vida que cabe calificar de emancipada, digna de generalización y de imitación colectiva.

La experiencia y la esperanza

Para Javier Gomá, vivimos un periodo de transición, por la sustitución de un orden basado en la trascendencia (esta vida sólo es un tránsito hacia otra eterna, por lo que nos debíamos portar bien para ganarla) y en una cierta aristocracia del conocimiento (las élites fijaban los cánones de excelencia), hacia otro orden asentado en la finitud (nacemos, aprendemos, trabajamos, nos casamos, fundamos una familia, luego morimos y todo se acabó), y en el igualitarismo (la democracia), lo que nos ha sumergido en una gran desorientación. A buscar un modelo que nos permita vivir en este mundo ha dedicado su obra. Se trata de una tetralogía dedicada a «la experiencia y la esperanza». Después de Imitación y experiencia (Pretextos 2003, Crítica 2005, con el que ganó el premio Nacional de Ensayo en 2004), Aquiles en el gineceo (Pretextos 2007, en Hemeroteca de ABC, entrevista el 14 de mayo de 2007, p.75) y Ejemplaridad pública (Taurus 2009), publicará Necesaria pero imposible en 2012, donde hablará de la «posibilidad de una esperanza más allá de la experiencia», es decir, sobre cómo abordar la trascendencia hoy en día.


Sobre Javier Gomá
Javier Gomá Lanzón nació en Bilbao en 1965. Es doctor en Filosofía y licenciado en Filología Clásica y en Derecho. En 1993 fue el número uno de su promoción en las oposiciones de 1993 al Cuerpo de Letrados del Consejo de Estado. En 1996 empezó a trabajar en la Fundación Juan March de la que en 2003 fue nombrado director.

Notas:

Fuente: http://www.abc.es/20110307/cultura-libros/abci-entrevista-goma-201103070346.html

SPAIN.  MADRID 7 de marzo de 2011

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