Jose Blanco Regueira: Diferir y comenzar

Diferir y comenzar es el título de un libro de José Blanco Regueira
publicado en España en 1987, por Ediciós do Castro, de La Coruña. Reúne
una investigación iniciada por el autor en 1974, ligada ésta a la tesis
doctoral que presentara en la Universidad de Paris I (Pantheón-Sorbonne) en
1975, y que llevó por título La Versión du Commencement. En dicho texto
se reúnen tres ensayos que buscan, desde la perspectiva del autor, dar
cuenta de una meditación que se hospeda, a un tiempo, y según sus
palabras, “en la raíz de la ontología y en su hojarasca”.

Blanco Regueira advierte ya, en el prefacio, que estos escritos quedan “a
la intemperie de la interpretación”, luego de ser fruto de un proceso de
excavación paciente. Bajo su óptica, los textos refieren el regreso
necesario y continuo al pensar, que se vehicula por el decir, se reanima
por, y pervive gracias a la repetición. La repetición es una petición
nueva, una exigencia de sentido; reclamo imperioso que tiene razón de ser
en virtud de una re-animación, esto es, de una revitalización de los
signos que es preciso efectuar para instaurar el pensamiento. Y es que,
según nuestro autor, el sentido de un texto se liga a la capacidad
inventiva del lector, a aquello que se inventa a la hora de leer un escrito.
En su libro Sobre la teoría kantiana de la imaginación trascendental
apuntó: “la interpretación es la invención de una profundidad que lo ya
expresado, al presentar su sentido, parece negarnos”. Para Blanco, es eso
que se le atribuye al escrito, justamente, o aquello de lo que se le acusa,
lo que hace soportable su lectura. La interpretación es “un estropicio
premeditado”, pensará. Es algo inseparable, además, de una infidelidad
articulada precisamente a la des-articulación de un texto, esto es, a su
des-composición forzada. De esta forma y desde la perspectiva del autor, el
esfuerzo de invención posibilita el entendimiento y ello hace posible la
aparición de la filosofía.

La filosofía, lo sabemos bien, está ligada al pensar, pero éste es para
José Blanco, invención. Inventar es un verbo; esto es, una acción. La
invención, por su parte, es a un tiempo proceso y resultado. La invención
es producto del inventar, como tener pensamientos será resultado del
pensar. Pero nuestro autor dirá que sólo cuando el pensar se vuelve
pensable; esto es, sólo cuando el pensamiento se ocupa de sí, es preciso
hablar de filosofía. Podemos decir entonces, con él, que ésta no
constituye sino “una fabulación insólita del sentido”. Pero Blanco
Regueira, más allá de tachar a la filosofía de ser una tendencia
enfermiza a dar explicaciones, a menudo falsas, de las cosas, subraya la
necesidad de pensar la distinción entre la historia filosófica y el
filosofar. Por eso afirma:

Una distancia muy notable existe entre la historia filosófica y la acción,
siempre inútil e impertinente, de filosofar. La primera nos invita a leer;
la segunda mueve a ver. Por la primera el ojo recoge lo que como huella,
como signo y recuerdo, fue abandonado; por la segunda en cambio se alude a
lo que sólo puede ser visto por el extraño modo de ver que es el pensar.
La historia de la filosofía es una lectura; el filosofar es una visión.

Blanco dirá que “una lectura sólo se hace posible a través de la ruina
del sentido ‘originario’”, con lo que quiso señalar que la historia
filosófica nos exhorta, una y otra vez, a desmontar los escritos que se han
amontonado con el tiempo. La historia filosófica es un repaso por las
lecciones heredadas. Se liga a la memoria; esa facultad que nos permite
volver atrás y nos sitúa en aquello que ya no es. Por ello se vincula,
querámoslo o no, a la repetición. Pero el filosofar, pensará el autor de
La odisea del liberto, es una visión, un particular modo de ver; “pensar
es ante todo ver”.

En este sentido, la historia de la filosofía, al mirar el pasado lo
recupera; mientras que el filosofar, que se instaura en aquello que es,
so-porta el presente y encara lo que todavía no es, es decir, el por-venir.
La historia de la filosofía intenta explicar el Comienzo; la filosofía
vislumbra el Fin.

Para Blanco Regueira la historia filosófica hurga en el tiempo y con-funde
el que es propio de las épocas, los hechos y los hombres con el que es el
propio del pensar. El tiempo del pensar es un tiempo distinto; no es ni
puede ser lineal sino que avanza retrocediendo, volviendo a las preguntas
originarias, repasando las respuestas a dichas interrogantes y pensando de
nuevo; es decir, re-pensando. De esta manera, el pensar tiene su propio
tiempo y la filosofía se las ve con un Protodrama donde, siempre según
Blanco, el Comienzo hace posible toda aparición; donde el Ser aparece
prendido al lenguaje que, por ser tal, es vacuo. En este Protodrama, la
Verdad, inscrita en este mundo de apariencias, sólo puede ser vista,
pensará nuestro autor, como una idea religiosa que, sin embargo, se
sostiene en tanto se piensa, esto es, en tanto se dice. La Verdad es vista
por Blanco Regueira como una instauración, como la violenta imposición que
ha efectuado un Logos Imperial y Plenipotenciario.

Pese a ello, o mejor dicho, por ello mismo, Blanco afirma que, no obstante
ser acusada de improductiva e infecunda, la filosofía debe mantenerse y
renovarse, así sea sólo para mostrar sin reparos su inutilidad. Y es que,
si ha de ser tal, la filosofía sólo puede concebirse como camino, nunca
como meta, jamás como llegada; porque la verdad es “buscada como un fin.
Pero el juego de la búsqueda sólo puede durar mientras se renueve la
ocultación de lo buscado. Por eso la verdad se disfraza y huye como el
espejismo que se aleja según avanza un deseo alucinado”.

Filosofar es, entonces, emprender una marcha; es andar, rastras, atareado en
cuestiones que no sólo son incumplibles sino imposibles. Por ello la
filosofía, dirá el autor de Estulticia y terror, en un tiempo que ostenta
la productividad y el éxito como estandartes, levanta sin reparos la daga
de su infecundidad. Una daga que se obstina, no obstante, en atravesar las
entrañas de la realidad para examinarla y para dar cuenta de su naturaleza
y su sentido. He aquí el carácter no sólo incisivo sino irritante del
filosofar. He aquí la obstinación convertida en esencia.

Notas:

MEXICO.  8 de abril de 2011

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