La decadencia de Occidente

Comentaré hoy con usted, estimada señora Deándar, El espíritu de la Letra , que es el título de un pequeño volumen. Contiene la recopilación hecha por José Ortega y Gasset, de la serie de ensayos cortos que él mismo había escrito y publicado, para comentar sus propias lecturas de libros ajenos.

El espíritu de esta compilación se instala en la idea de los editores (Espasa Calpe, 1965): “Los temas quedan muertos en los libros, hay que resucitarlos reviviéndolos el propio lector, hay que entresacar lo más esencial de ellos y prolongarlos hasta la lejanía del horizonte que descubren. En el leer hay que poner en obra todos los verbos en que entra la palabra ‘legere’: inteligir (leer por dentro del libro y de nosotros), colegir (deducir de lo leído otra cosa), elegir (escoger y quedarse con lo escogido)… El resultado de esta múltiple actividad depende tanto del libro, como de la mentalidad del que lee”. Veámoslo, señora:

1. Lo que acabo de transcribir nos da una valiosa metodología, nos dice no sólo cómo debemos enfrentarnos en nuestras lecturas, no solamente al texto, sino al autor: estableciendo un diálogo con él: asentir o disentir con sus tesis, tratando de capturar “el espíritu de la letra”. Para nuestra fortuna Ortega publicó en la prensa madrileña sus ensayos en 1927, durante la dictadura de Primo de Rivera en que no podía tratarse con toda libertad otros temas. Podemos así disfrutar aún de su criterio de buen lector.

2. Un breve ensayo incluido en el volumen que le comento: “Ética de los griegos”, me develó una espesa cortina mental: estamos prejuiciados por Grecia y por lo griego, “¡Ah! ¡Oh! ¡Grecia! ¡El clasicismo!”. Esta fina ironía de Ortega se complementa así: “Existe una beatería por lo griego. De todo cabe en una beatería: como la hay religiosa, la hay política. Casi todos los políticos radicales son sincera o fingidamente, beatos de la democracia (…) Existe una beatería de la cultura en general y del helenismo en particular (…) Donde quiera que se presenta, la beatería exhibe idénticos síntomas: tendencia al desmayo y al aspaviento, postura de ojos en blanco, gesto de desolación irremediable ante el escéptico infiel, privado de la gracia suficiente”.

3. Sorprende, señora, que pese a la grandeza que como filósofo todos le reconocían; instalado por los intelectuales y el medio académico de su tiempo en el más alto pedestal de los grandes pensadores, que Ortega admita abiertamente en este ensayo: “Platón es una de las figuras del pasado griego que más ha movido al beatismo (…) Tras largas centurias de culto a Platón, resulta que el más cierto y sutil avance hecho últimamente (1927) en su estudio, consista en haber tenido la sinceridad de retina y de valor intelectual de descubrir que no sabemos quién es Platón, ni qué el platonismo (…) A Platón, como a Grecia toda, no se le ha entendido nunca, y, sin embargo se le ha rendido culto en todo tiempo (…) Delante de Platón, es cierto, tenemos siempre la sospecha de hallarnos ante algo enorme, ante algo que es espiritualmente lo que topográficamente es el Himalaya”.

4. Ortega nos recomienda, señora, que para entender a Grecia, lo más urgente es alejarla de nosotros, subrayar su exotismo y declarar su limitación. Ortega y Gasset nos pone aquí exactamente en el centro: “Entrar con ánimo bravo por las ruinas de Hélade y definir perentoriamente su realidad”. A reserva de volver al tema de Grecia, se me ocurre concluir estas notas, planteándole señora, un problema y un hipotético encuentro. Veamos:

5. Imaginemos que se reúnen Platón y Aristóteles, teniendo como invitados a Confucio y a Lao-Tsé, para celebrar en el Olimpo una cumbre del pensamiento. Que se enfrascan en un animado diálogo sobre Oriente y Occidente y que desde su alta cumbre olímpica se asoman a la tierra, en estos días en que en el lejano Oriente, Occidente está presente en Pekín, sede actual de los Juegos olímpicos, que iniciados en Grecia ocurren después de varios milenios, en la enigmática Ciudad Prohibida… He aquí, señora, el problema: ¿Cómo discutirían estos grandes filósofos de la Antigüedad la decadencia de Occidente, que cada vez va más en picada, comparándola con el apogeo de Oriente en su continuado, ininterrumpido ascenso?

Supongo, señora, que tanto Platón como Aristóteles tendrían que ser congruentes con su pensamiento ético y admitirían la decadencia de la cultura occidental; pero pienso que no congratularían ni a Confucio ni a Lao-Tsé por “la energía de China, que en Occidente aún no terminamos de asimilar”… Tendrían que cavilar los filósofos griegos: “quizás estamos ante la transformación radical de las formas de convivencia humana, la convivencia posturbana”, que se instala en el lejano Oriente en nuestros días con el vigoroso e incontenible capitalismo chino que monta la dictadura del dinero. Cometen el mismo yerro en que Occidente incurrió… No sé como se despiden los orientales, apreciada señora, pero recurriré a Confucio para decirle ¡hasta siempre! Con uno de sus aforismos: Si todavía no conocemos la vida, ¿cómo podemos conocer la muerte?

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Notas:

Fuente: http://www.elmanana.com.mx/notas.asp?id=73808

Miércoles, 20 de Agosto de 2008

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