La metáfora del viajero

(A todos los viajeros que he conocido)

Verdaderamente, el mundo parece sufrir de una aceleración
casi histérica estos días, la vida parece ir corriendo.
A veces, tengo la impresión de que no es más que el efecto de
volver a mirar después de un largo viaje.

Un día escuché a la vida decir que el viaje comienza ahí donde nuestras certezas terminan.

Cuando uno comprende que el Dr. Gorostieta no es un cincuentón amargado y gritón, sino que un buen día -bueno a juicio suyo- descubrió que había pasado 20 años de su vida depredando a otros seres humanos; o que cuando Faith dirige, al hablar, esa mirada tensa que lacera, no lo hace por vulnerar a su interlocutor sino porque dentro de unos meses, semanas quizá, el glaucoma terminará por dejarla ciega; y que detrás de la actitud cínica y sin vergüenza de Mingo está la imagen de una triste anciana tejiendo sola sus últimos días en una sillita mecedora. En ese momento se ha viajado.

No hay nada más hipócrita que creer que se conoce al otro, ya lo dijo Saramago. Se observa al otro; se juzga al otro, si acaso; pero en cualquier caso y por mucho empeño que se ponga, en el intento de conocer al otro termina uno apenas conociéndose a sí mismo, en un viaje que no parece terminar, o bien lo hace donde Borges afirma que se concentra la vida. Ergo, se vive viajando.

Es la curiosidad del viajero, y no la distancia recorrida, lo que hace al viaje. Es por eso que no necesariamente quienes, pasaporte en mano, descienden del barco, tren o avión, viajan. Las agencias de transporte, la gran mayoría, tendrían que anunciarse como tales y no como agencias de viajes, pues en realidad, no todo aquel cuyo cuerpo se desplaza viaja. Viaja quien en los aparadores de Champs Elysées, bajo la campana de Westminster, o el filo del Niágara, igual que en la esquina de la calle 13, -entre la doce y la dieciséis- se permite experimentar con otros encuentros memorables.

La memoria es el punto de partida, porque el viaje, salvo el primero al salir del vientre materno – y eso habrá quien lo refute- no se empieza en blanco ni de cero. Somos todos resultados de viajes subsecuentes, susceptibles a ser cuestionados, y a ser otros. Así, cada viaje, propio y compartido, es un pequeño sendero por el que el gran viajeque es la vida se bifurca. Por eso el sabio, aunque viaje todo el día, nunca se aleja de su punto de partida.

Hay que viajar lejos, amando siempre su hogar. Desde Apollinaire, en Les Mamelles de Tirésias, Li Tan en Han Kuan, y el filósofo de Éfeso, lo han dicho ya cada cual a su manera; el mundo se ha hecho de viajes.

Pero hablar del viaje no esnovedad alguna. Cientos de culturas hace ya que viajar es una forma de averiguar y aventurarse por lo desconocido; consisten en descubrir y emprender nuevas vías. La dinámica ha sido repetida y estudiada de manera tal, que cualquier transeúnte a quien se le pregunte sería capaz de enumerar los requisitos básicos del viaje. Rocío dice, por ejemplo, que para viajar se fija un punto de partida y un punto de llegada, se plantea un itinerario –tentativo al menos- y se toma el equipaje, para luego, al andar, hacer camino.

Hay quienes afirman que para viajar hay que tener un destino en mente, y hay quienes opinan que precisamente viajar consiste en no saber a dónde se viaja. De ahí que normalmente se asocie a la destinación del viaje con lo desconocido. En ambos casos, conviene distinguir entre la destinación y las consecuencias del viaje. Sin importar el destino, al viajar siempre se vive distancia y se toca frontera. 

Contrario a lo que creyó Montaigne, si bien la frontera del otro, -que es la diferencia- enriquece; no se conoce uno mejor al contacto con el extranjero, con sus diferentes formas, culturas o tradiciones, sino aprendiendo a ser extranjero incluso en su propia tierra, trascendiendo la frontera de sí mismo.

Se viaja con todo lo que al momento de emprender el viaje se “es”; o se cree “siendo”, si así se prefiere verlo. Se llevan por igual premisasy prejuicios. Se porta por ropa lo que Éxupery atinó a llamar lo invisible. Con lo previo hacia lo posterior.

Borges dijo alguna vez que cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. Viajando, el mismo Borges nos recuerda que ninguna identidad es fija, que pensar, analizar, inventar son la normal respiración de la inteligencia, y que glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar antiguos y ajenos pensamientos es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie, puesto que todo hombre debe ser capaz de todas las ideas.

Viajar hace trabajar la imaginación. “Man’s mind stretched to a new idea never goes back to its original dimensions.” Wendell Holmes atinó a referir que no todos los viajes tienen las mismas consecuencias- hay viajes más largos que otros-. Sin embargo, en cualquier caso, viajar constituirá, para hacer viaje, una confrontación ideológica, cuyas consecuencias refleja en su Panta Rei el “filósofo oscuro”.

Habría que dejar de ver al viaje como un mero paseo, en tanto que viajar atenta directamente contra la estabilidad y el confort de saberse dueño de una identidad propia.  Es renunciar a la perfección misma y trascender la frontera del “otro”, sin imponer ninguna verdad única. En el plano en que se haga, físico, mental o espiritual, viajar supone una serie de cambios e intercambios que permiten al viajero morir y renacer en cada viaje.

Es por eso que viajar permite el encuentro. Quizá el ejemplo más evidente está en el lenguaje. Quienes se aferran a su lengua natal se privan, quizá, de la riqueza de pronunciarse con todos los sonidos posibles, de pensar en fa y despertar del otro lado del mundo…. Y quien sabe si con el sonido “ch”, “ts, “je[g]”, “no”, “ag” estemos diciendo “gracias”, “muy enfermo” o “hasta luego”.

Por supuesto que,  el cambio, el cuestionamiento y el encuentro son en primera instancia con uno mismo;  no hay viaje sin autocrítica. Pero más allá de la metáfora del viaje interior –Il viaggio interiore- hay que saber que para viajar las intenciones no bastan. El viaje no descansa en una intención, requiere movimiento, esfuerzo, interacción, y reciprocidad. La distinción entre emprender el viaje y viajar de veras es la capacidad que tiene quien decide viajar para recorrer la distancia, literal y metafórica, que lo separa de la destinación elegida.

Viajar no es de forma alguna una planeación a futuro, sino más bien un ejercicio de aprendizaje constante, cada vez distinto, en donde las certezas que se van perdiendo son aquellas del equipaje. “Notre vie est un voyage, dans l’hiver et dans la Nuit, nous cherchons notre passage” (Des Gardes Suisses, 179) No es casual que algunos viajes académicos hayan venido tomando el nombre de “intercambios”, ya que desde que el hombre tiene sentido de la nostreidad reconoce en el intercambio una necesidad humana elemental.

Hay quien asume al viaje como una manera de vida, creyendo, al vivir como extranjero, revelarse, diversificarse y recrearse en todo momento. No obstante, por atractiva que resulte la metáfora del viaje como la eterna partida, no siempre es cierto que cuanto más se viaje más es uno capaz de extender sus horizontes.

Para aquellos que buscan desesperadamente escapar del “home maintenance”, el estilo de vida nómada que se asocia muchas veces al viaje resulta por demás conveniente.  Sin embargo, la filosofía del viaje como un total desapego puede ser ilusoria, pues precisamente uno puede terminar cayendo en el apego a viajar, y no dejar nunca de moverse.

Vivir bajo la premisa del viaje tiene sus riesgos. Hay que saber cuándo viajar y hay que saber por qué se viaja; poder ser huésped sin nombre en tierra de nadie, pero sin terminar “like a complete unknown, like a rollingstone”, a la Bob Dylan.

En la cultura moderna “pareciera que quedarse quieto equivale a quedarse fuera de juego, y que no moverse es sinónimo de fracaso. Por tanto, la decisión misma de marcharse se parece ya a llegar a algún sitio”. Para aquél que no hace más que viajar por miedo a ser estable, -que no es lo mismo que estático-, es fácil caer en tal falacia. Olvida que viajar no es una búsqueda insaciable de lo nuevo ni un escape. Es debido a este exceso que algunos han llegado a decir del viajero que éste “flota en un mundo que no es suyo, nunca aprendió a vivir y por eso no viaja, huye.”

Pero el viaje, cuando el actuar corresponde a la palabra, no es para nada una huída, en tanto que para poder viajar se necesita primero ser libre, y estar dispuesto a asumir las consecuencias del viaje. Viajar no es siempre ser indefinido, pues si bien todo riesgo que se asume es un viaje a lo desconocido, también es cierto que “todos los vientos son buenos para el que sabe a dónde va.”

Como toda metáfora, la del viajero tiene sus límites.

Hay que aprender a reconocer el principio y el fin del viaje. Aunque hay viajes más largos que otros, no ha sido acordado aún si es posible viajar permanentemente, en una suerte de viaje sin descanso. Tampoco se ha decidido si es posible, a la manera del turista, hablar de un viaje con retorno. El escritor, al que leo estando de acuerdo únicamente con lo que a continuación transcribo, dice que “no es posible regresar a ninguna parte porque los puntos de partida no se quedan quietos. Para poder volver se necesita, para empezar, un punto de partida eterno e inmutable. Pero todo se mueve, por eso nadie ha efectuado nunca un verdadero regreso.”

Que no se piense de ninguna manera que viajar es tarea fácil. No se viaja hasta aprender a juzgar los actos y no a las personas. Sin embargo, el viaje es asunto sencillo -se puede viajar sentado-, en tanto que lo único necesario para emprenderlo es uno mismo. Cada nuevo viaje es una revolución personal que requiere adaptación, apertura, paciencia, y la habilidad para decir “I believe” o “my view is” rather than “I know”.

La metáfora común es que emprender un viaje es una puerta de entrada hacia el encuentro con lo diferente – aquí yo agrego: y con la diferencia-. Pero, ¿qué ocurre cuando el viajero ha de enfrentarse a aquello que cree semejante? Viajar es fácil cuando somos iguales, pero es entre las cosas más semejantes –decía Nietzsche- donde la ilusión miente del modo más bello, pues el abismo más estrecho es el más difícil de saltar. El turista rutinario busca la identidad en lo similar y rechaza aquello que no tiene acomodo en el esquema de lo ya sabido, por eso es que muchas veces, preso del falso sentimiento de familiaridad, a pesar de haber transitado tanto, no viaja.

Al final, viajar es un verbo que cobra vida por la voluntad del viajero, pues nada es el viaje sin la decisión de éste.

Existen distintas maneras de interpretar al viaje. La palabra viaje puede tener tantos significados como existan personas. El viaje como medio de reconstrucción personal, el viaje como paseo, el viaje como forma de escape. Luego, no hay una única metáfora, pues ésta depende de su viajero. Ningún viaje es perfecto.

Algunos piensan que es el viajero solitario el que llega siempre más lejos, y sin embargo, por más que pretendamos viajar solos, quienes nos aman, inevitablemente nos acompañan. Si bien es cierto que cuando la decisión de viajar se toma, la mujer y el hombre de las 3:15 y aquellos de las 3:20 dejan de ser los mismos; una parte del corazón se queda en cada viaje, y la otra nunca se ha ido. Es así como vamos felizmente des-fragmentándonos.

Para nuestro viajero, el viaje es el acto de encontrarse colectivamente –ergo, individualmente-, a la manera en que Habermas lo explica (Verständigung). Es la búsqueda de un entendimiento compartido en un proceso donde cada uno aprende de los otros. En este sentido, cada palabra aprendida es un nuevo viaje, de la misma manera en que cada persona es un viaje en potencia.

El viaje ha sido, hasta ahora,  la metáfora más grande de mi vida. Aceptando que toda esta manera de ver el viaje, que es la mía, se vuelve nuevamente susceptible a ser cuestionada y a ser otra.

La construcción de este texto es un viaje en sí mismo en el que seguramente ya he cambiado. a) Sara, sentada en un parque, reflexiona sobre el viaje que adelante la espera, b) Yo, narrador, reflexiono sin más sobre el significado del viaje y al hacerlo construyo la metáfora del viajero, c) Contando una historia en tercera persona se construye la metáfora a través de las interacciones entre los personajes, d) Alguien se encuentra tirado en una estación del metro, el manuscrito con la metáfora del viajero, al estilo del Lobo Estepario.

Reconocer los límites del viaje y de la metáfora propia es siempre un aprendizaje responsabilidad del viajero; no repartir culpas ajenas, ayudar a otros a viajar, viajar sin exceso de equipaje, dejando las obras en buenas manos y reconociendo siempre en otros, como en sí mismo, el potencial de cambio.

Nimitsnekiliakuajlixuiya. 
(Deseo que tengas buen viaje)

Notas:

Fuente:  Claudia Elvira Romero Herrera

16 de diciembre de 2013

Hay 1 comentarios

March 25, 2014 - 5:38 PM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

hola, estoy interesado en trabajar la noción de viaje para mi tesis de grado me puedes recomendar autores filosóficos que utilicen este concepto

November 05, 2015 - 6:54 PM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

hola me podrias recomendar algunos autores filosoficos de los que has hablado,gracias!

May 12, 2017 - 6:13 AM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

Hola: Gracias por estas reflexiones Claudía, me ha parecido un trabajo estupendo, lo he disrutado mucho.

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