La metrópolis del filósofo

Jean Luc Nancy es un pensador clave del presente que continúa los senderos abiertos por Heidegger, Bataille, Derrida y Blanchot. Ha publicado un libro sobre la ciudad como símbolo de la civilización donde la guerra y La paz aparecen como sus dos rostros tangibles.


Los Angeles, una urbe construida por autopistas y suburbios.

Hay una ciudad de la paz y otra de la guerra? Así las dibuja Hefesto en el escudo de Aquiles. Al menos desde entonces, la representación de la ciudad ha quedado ligada una y otra vez al pensamiento de lo que llamamos, algo audazmente, la cultura de Occidente.

En principio, porque la ciudad griega es para Occidente el signo bajo el que nació la política. Es por eso que un pensador como Jean-Luc Nancy se detiene a meditar sobre la ciudad en más de un punto de su obra. Pero en La ciudad a lo lejos (Manantial) se decide a hacer un auténtico retrato de ese originario símbolo de la civilización. El primer texto se remonta a mediados de los ochenta, cuando Nancy empezaba a consolidar su carrera de filósofo; en 1980 había fundado el importante Centro de investigación sobre lo político, junto con su colega Lacoue-Labarthe. Sin embargo, Nancy parece haber reunido los ensayos de este libro bajo el signo opuesto a la tradición clásica de lectura de la ciudad. Para este filósofo francés, la ciudad no es homogénea a la polis, a la que la política debe su nombre. Y esto supone una nueva concepción de la filosofía política además de un nuevo retrato de nuestras ciudades modernas.

No por nada, el espacio con que se abre este atípico libro de ensayos es una emblemática anticiudad: Los Angeles. Quien la haya caminado alguna vez sabrá que, más allá del downtown, casi no consta más que de recorridos de autopistas y de suburbios. Los Angeles pende entre dos de sus extremos de existencia y, en este sentido, está casi vaciada de una estructura clásica. Es quizá una de esas primeras ciudades de aquella otra cosa que para Nancy aún no tiene nombre, pero que él dibuja como la figura de una lejanía. Los Angeles se mira a lo lejos. No es burguesa, es decir, no viene del viejo burgo, no se acomoda ni a la mirada ni al andar. Es diferente a esas otras ciudades que acogen al personaje del flaneur , el paseante que descubre la ciudad moderna en el París del siglo XIX. ¿Pero cómo describir estas ciudades últimas, que son las nuestras, justo antes del advenimiento de eso nuevo? Uno de los procedimientos es el de la enumeración (hay que comer rápido y en todas partes: hotdogs, dönner, pizza, tallarines, y rollitos de arroz, y platos de lentejas, y pollo al espiedo, y papas fritas). El otro es la descripción de una circulación constante dentro del comercio eterno y la interminable errancia. Porque como está en acumulación, en mezcla y en continua alteración, y es un sistema de remisiones, mostrar la ciudad en el ensayo es intentar andar a su ritmo, que no es del movimiento simple, ni puede ser apresado.

Casi al modo antiguo, se trata de un canto a la ciudad moderna. Pero este libro no puede agotarse en una simple reflexión urbanística; fue escrito por un filósofo para quien lo político es siempre un núcleo de interrogación. Daniel Alvaro lo señala en uno de los textos de la compilación Jean-Luc Nancy: arte, filosofía, política (Prometeo). En ese pensamiento donde lo filosófico y lo político se co-pertenecen, juega un papel determinante la idea de comunidad. “Ser-en-común” es uno de sus nombres, con innegables reminiscencias de Heidegger. A pesar de su rechazo a la tradición más neta del marxismo, Nancy tampoco es un defensor del liberalismo democrático. Su lugar, nos dice el politólogo Oliver Marchart, puede ubicarse dentro del pensamiento político posfundacional, junto con Lefort, Badiou y Laclau. Posfundacional porque ya no habría principio fundamental inamovible donde la sociedad y la política pudieran fundarse, como era lo económico, por ejemplo, en la teoría marxista. El fundamento está ausente, “en retirada”. En esa ontología del “ser-entre” que Nancy ensaya para pensar la comunidad, la ciudad no puede ser una forma de institución política, pero sí es pensable como el “ser-con” como tal. La ciudad es recorrido y es apertura, algo que se expande. Está en devenir en nuestros días. Eso próximo aún no tiene nombre. Y aunque no es estrictamente un lugar, es parte innegable del “ser-con”. Se trata, asegura Marchart en El pensamiento político posfundacional (FCE), de una línea de pensamiento que sigue a la idea asociativa de Hannah Arendt. También en Nancy lo político se define como un espacio de deliberación pública y de comunidad, como por fuera del conflicto. ¿Se parecerá en algo a la comunidad de la polis de la paz pintada sobre el escudo de Aquiles? Pero guerra y paz son dos momentos distintos de una misma ciudad. Sólo por algunos períodos la ciudad se volvía a las tareas de las épocas pacíficas, como el matrimonio o la legislación, en lugar de contra un enemigo en común como ocurría durante la guerra.

Así nos lo recuerda en La ciudad dividida (Katz Editores) la historiadora Nicole Loraux. Pero hay algo más: ni siquiera en la paz es posible arrancar a la ciudad de su eje de conflicto. Constantemente, en la democracia, puede estar dividida en su interior por facciones opuestas. A contrapelo de esta interpretación, Nancy deja de lado esta polis del conflicto y opta por pensar, a pesar de todas sus disrupciones, a la ciudad como entrecruce de líneas de convergencia y divergencia, y de tensión que hacen posible ese “con” tan buscado. El ideal es el de la comunidad.

Este “ser-con” es también, o supone, algo comunicacional, o al menos una circulación de sentido. Ese sentido, que Nancy explora en sus libros, aparece caracterizado una y otra vez en diversas escenas y acercamientos de un texto anterior: El sentido del mundo (La Marca Editora). “Todo espacio de sentido es espacio común”. En ese punto, el sentido se toca con la política, ya que la política es el lugar del en-común en cuanto tal. Eso nuevo que todavía llamamos la ciudad de la circulación y de la disrupción, ya no es ciudad estrictamente sino la apertura a otra cosa, que marcha al ritmo de un errático sentido. Esta ciudad de lo por venir: ¿no nos empuja de vuelta a la institución de una política posible, aunque sea en la constante posibilidad del conflicto?

Hay una segunda ecuación clásica que piensa la ciudad. La primera unía la polis con la política, y la democracia ateniense es su divisa. La segunda une la ciudad con la filosofía y la figura del filósofo. Basta recordar las grandes escuelas: la academia de Platón y el Peripatos de Aristóteles. En La ciudad a lo lejos Nancy se resiste a hacer conjunto de estos dos principios, puesto que en la gravedad del juicio, del estudio y de la reflexión el pensador estaría fuera de la ciudad. Se trata, nos asegura, de otro espacio-tiempo. Y sin embargo, el libro cierra con una escena personal, la única de estos ensayos, donde el filósofo sale a la ciudad a pensar. Busca una frase. Intenta usar sus pasos para encontrar un ritmo, la familiaridad gastada para abstraerse. Pierde el sentido de la frase, se pierde en las miles de cosas que ve, en los gritos, en toda esa rumoración del ruido y de las imágenes. Se pierde, pero es tan parecido a una meditación que debe reconocer que en la ciudad también se piensa, aunque sea al ritmo de la confusión, o del conflicto, en la propia voz y en los propios pies.

Notas:

Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/metropolis-filosofo_0_992900716.html

18 de septiembre de 2013

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