La soledad centrada de una cabaña

¿Qué tienen en común Martin Heidegger y Gustav Mahler, Knut Hamsun y Wittgenstein, Strindberg y Virginia Woolf, Dylan Thomas y Lawrence de Arabia, George Bernard Shaw y Thoreau? Un día todos ellos, hartos del ruido del mundo, se construyeron una cabaña y en ella se retiraron a levantar su obra.


La cabaña de Heidegger en la Selva Negra.

El mismo Wittgenstein que deslumbró a Occidente con el Tractatus se retiró en 1913 a Skjolden, Noruega, y allí se construyó una cabaña, se la construyó él mismo, además, y en el interior, al arrullo de sus pensamientos, se dispuso a profundizar en el campo abierto de la filosofía. A solas con la naturaleza, el pensador se sentía progresar a diario. “¡Mi mente está en llamas!”, le escribió a un amigo algunos meses más tarde. Su trabajo era febril. Su conciencia, dijo, se abría bajo aquel frío criminal. Pronto convirtió la barraca en el único lugar posible de su mundo. No tenía electricidad ni agua. Si querías verlo, tenías que presentarte en aquel inhóspito lugar y, con suerte, el filósofo se daba un paseo contigo, a veces a pie, a veces en barca por las aguas gélidas del fiordo. A Skjolden siguió yendo Wittgenstein durante años, incluso después de la guerra, y de terminar su gran obra, y a veces, casi siempre en verano o primavera, pasaba largas temporadas sin hablar con nadie.

Años después, a unos miles de kilómetros de distancia, Martin Heidegger tomó una decisión parecida: se internó entre dos montañas, en el corazón de la Selva Negra, y allí estableció una guarida. El de Heidegger era un coqueto y práctico refugio de esquiadores que, al decir de Juan José Sebreli (El olvido de la razón), cumplía una doble función: “Cuando el doctor Jekyll se transfiguraba en Mr. Hyde, el refugio de anacoreta devenía una garçonnière pintoresca, con vista panorámica, para citas clandestinas con Hanna Arendt, mientras que el lugar de residencia con su esposa era una confortable casa de clase media con jardín y piscina”. Ocasionalmente, el ínclito filósofo alemán caminaba -la cabeza gacha, el bastón a la espalda- los dieciocho kilómetros que separaban Friburgo de Todtnauberg, en donde tenía su minúscula y nada confortable caseta. Hay un relato de un estudiante que lo visitó. Describe a Heidegger como “un hombre pequeño que parece un campesino”. “Me introdujo casi sin decir una palabra en una habitación que parecía más bien un fortín: dos vasos y una botella sobre una pequeña bandeja; y especialmente, una larga conversación de dos horas que acabó, al menos aparentemente, en completa oscuridad”. Nido de soltero o lugar propicio para la filosofía, el caso es que allí, al calor del fuego, escribió Heidegger algunos de los libros que le darían fama, incluido Ser y Tiempo. Como a Wittgenstein, la naturaleza, el piar de los pájaros, el crujir, quizá, de las hojas y el silencio de la noche le ayudaban a capturar sus reflexiones.

Todos pensamos en Thoreau al hablar de esta raza de filósofos y artistas ermitaños. A los montes de Concord, en Massachussets, se trasladó el autor de La desobediencia civil, decía, a “vivir deliberadamente”. Se fue, dijo, para no descubrir, cuando tuviera que morir, que no había vivido. Como Wittgenstein, se construyó una caseta y la habitó durante dos años. Hoy, la figura de Thoreau, patrón laico de Norteamérica, se yergue como una referencia fundamental entre los que sueñan con la intemperie, y sus libros parecen vivir una segunda vida en este mundo patrocinado por el consumo. Libros como Musketakid, o el clásico Walden, nacido precisamente en su retiro. Vivir intensamente: eso buscaba Thoreau, una vida salvaje que puso por escrito, según él, “para esa mayoría de hombres que está descontenta con su vida y con los tiempos que le ha tocado vivir”.


Virginia Woolf creía en las propiedades terapéuticas de su cabaña.

Gaston Bachelard escribió en su Poética del espacio que “la cabaña aparece como la raíz pivote de la función de habitar”. La más sencilla de las plantas humanas, la “soledad centrada”. “Es tan simple -dijo el filósofo francés- que no pertenece ya a los recuerdos, a veces demasiado llenos de imágenes, sino a las leyendas”. Pero, ¿cuánto hay de leyenda, o mito, en ese intelectual aislado que, en su retiro, saca lo mejor de sí? “Es algo más habitual de lo que pensamos”, dice Alberto Ruiz de Samaniego, profesor de Estética de la Universidad de Vigo y comisario de la exposición itinerante “Cabañas para pensar”, ahora en la Fundación Cerezales, de León. “En nuestra investigación nos sorprendimos de la cantidad de creadores, políticos e intelectuales que en algún momento de su vida tuvieron un refugio para trabajar”. De Roosevelt a Lincoln, o a Le Corbusier, de Mark Twain a Charles Dickens, Jack London, Thomas Mann o Arno Schmidt, muchos siguieron lo que, para Ruiz de Samaniego, es una costumbre anclada lejos, en la tradición epicúrea, al menos, y que “entiende el acto de creación no como un acto abstracto, sino como algo casi físico, corpóreo, una relación completa con el medio”.

Rosseau es el primero de quien tenemos noticias exactas. Él descubre ese retiro arcádico y reivindica sus ventajas. Pero el fenómeno crece durante la primera modernidad, sobre todo en los ámbitos anglosajón y nórdico. “La voluntad de aislamiento es lo que les une a todos”, dice Ruiz de Samaniego acerca de los once seleccionados para su exposición. “Son los primeros modernos, los primeros que asisten a la eclosión del mundo técnico, del teléfono, de los medios de comunicación, todo lo cual hizo que vieran amenazada su intimidad, su necesario aislamiento creativo”. Aunque el retiro, el refugio, en ocasiones extremo, tiene al menos dos objetivos: por un lado, el aislamiento y la paz; y por otro, la posibilidad de reforzar la independencia del creador. “La intención de la mayoría fue también la de intervenir con fuerza desde ese mundo apartado”, dice el profesor Ruiz. Algunos se probaban incluso físicamente. Lawrence de Arabia hacía disparatadas plantaciones y construcciones hidrográficas. Heidegger prestaba sus delicadas manos a los trabajos comunitarios del pueblo vecino. Ni éste último ni Wittgenstein -que dijo que cada texto era hijo del lugar en donde había sido escrito- tenían agua. Así que la cabaña, y la naturaleza, fueron también un lugar en el que probarse, y hacerse daño.

Aunque hubo quienes lo concibieron como una suerte de terapia. Fue el caso de Virginia Woolf, un caso que, para el comisario de la exposición, “no tiene tanto que ver con la idea de aislarse para crear como con su necesidad de buscar una cura a su enfermedad”. O como el de Gustav Mahler, que tenía cabañas en Suiza, Austria y los Dolomitas. El músico se retiraba a ellas en verano, y su estado de salud -padecía achaques físicos, pero también mentales- mejoraba considerablemente. Además, lejos de sus responsabilidades como director de orquesta, tenía tiempo para componer. Arte y curación, en fin, o simplemente silencio. Eso desearon un día estos hombres de ideas. Un justo retiro para ser libres, o la soledad centrada de una cabaña.

Notas:

Fuente:  http://www.elcultural.es/noticias/letras/La-soledad-centrada-de-una-cabana/7221

7 de enero de 2015.  ESPAÑA

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