La tentación del silencio

Callar. No escribir. No decir. Esa es la gran tentación, la única forma de rebelión contra esa marea de palabras que no significan nada. Refugiarse en la lectura y la reflexión, huir a una cartuja lejana.

Sostenía Heidegger que pensar era descender al sentido etimológico de las palabras, eliminar el barniz que las oculta y restablecer su antiguo significado. Algo así como excavar en las raíces de un árbol para entender cómo se forman las hojas. El lenguaje es la casa del ser, apuntaba el filósofo alemán, porque no hay ser sin nombre. Decir es desvelar el ser.

Y dando un paso más, Wittgenstein escribe “los límites del lenguaje son los límites de mi mundo”. En cierta forma, el mundo se comprende a sí mismo mediante el lenguaje, que no es otra cosa que parte del mundo. La lógica de la sintaxis gramatical es la misma que la de las leyes de la física.

El pensador vienés, hijo de un magnate del acero, murió solo y en la más absoluta pobreza por voluntad propia. Y en sus últimos días fue más consciente que nunca de que la ciencia nada puede decirnos sobre las cuestiones esenciales, tales como el origen de la materia, la existencia de Dios o el sentido de la vida.

“El mundo es cada vez más complejo y las informaciones más simples. La necesidad de condensar los mensajes es ya una forma de falsificar la realidad”

Ello nos lleva de nuevo al silencio, a la imposibilidad de enunciar, al fracaso del pensamiento. Pero, sobre todo, nos conduce a la imposibilidad de escribir porque las palabras no pueden ni podrán jamás expresar el mundo o nuestros sentimientos.

Escribir, decir, enunciar es siempre un acto fallido. Cada vez que acabo una columna del periódico siento la frustración de que lo que he dicho no era lo que quería decir, en suma, de la imposibilidad de expresarme.

Siguiendo la metáfora de Heidegger, la escritura es como caminar en un bosque a la búsqueda de un accidente topográfico que nos indique dónde estamos. Pero en el bosque perdemos las referencias y jamás podemos percibir la totalidad.

El mundo se ha hecho cada vez más complejo y las informaciones que recibimos, más simples. La necesidad de condensar los mensajes es ya una forma de falsificar la realidad. Pero nadie puede escapar a esta ley de bronce del lenguaje. Estas líneas incurren en la misma contradicción.

Sólo es posible acercarse al misterio de lo real en silencio. Sin palabras, sin gestos, sin imágenes. Recluidos en un oscuro rincón del mundo y en la absoluta soledad, allí estaremos más cerca de la verdad que en los templos de los mercaderes del saber.

Cuando era adolescente, me subía a la tapia de la cartuja de Burgos y veía a los monjes trabajar la tierra. Siempre me ha fascinado aquel recuerdo. Eran hombres toscos, humildes, sin pretensiones intelectuales. Pero ellos no engañaban a nadie. Vivían en silencio, rezaban y meditaban sobre sus pecados.

Ahora vivimos atrapados por la gran farsa de las palabras, por el espectáculo de una comunicación que se ha vuelto pura redundancia. No existe más escapatoria que taparnos los oídos y volver a los clásicos que conservan esa autenticidad que hoy brilla por su ausencia.

Notas:

Fuente: http://www.elmundo.es/opinion/2015/10/05/56116b15e2704eb7458b458b.html

5 de octubre de 2015.  ESPAÑA

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