La zozobrante insuficiencia /I

Elitismo para todos
Hace ya sesenta y un años que el filósofo mexicano Emilio Uranga publicó un célebre texto substancial para analizar y eventualmente comprender —todo lo que se comprende adquiere sentido, todo lo que adquiere sentido puede transformarse— el carácter nacional contemporáneo: su “Ensayo de una ontología del mexicano”. Con resonancias y ecos que invocan una lamentable actualidad urgente, como si hubiera sido escrito esta misma semana para responder al momento coyuntural, Emilio Uranga finalizó ese texto preguntándose: “¿Qué haremos en la zozobra? ¿Qué levantaremos sobre el accidente? ¿Cómo escapar a la proximidad de muerte y zozobra?”

Más allá de catastrofismos mórbidos o retóricas terminalistas (“¡Despéñate, torrente de la inutilidad!”, decía aquel Maestre de Santiago, un héroe literario que condenaba la conquista española de las “Indias” advirtiendo que las colonias se ganaban para perderse pues nacían con la cruz de la muerte en la frente, y el cual no fue mexicano sólo por una cuestión de oportunidad), es del todo evidente que el país ha llegado a un grado de descomposición cuya perspectiva sólo parece agravarse. El estado de las cosas nacionales es tan esperpéntico que uno ya no puede oscilar espontáneamente entre la tragedia griega y el punto de vista irónico al calibrarlo. Y sin embargo sigue siendo indispensable intentar dicha oscilación, a la manera de “los grandes talentos, constituidos todos con la fuerza suficiente para poder considerarlo todo en su doble forma”, como querría Balzac, un autor bien apreciado por Emilio Uranga, quien hizo de ese péndulo reflexivo el método de su aproximación intelectual.

El filósofo propuso a Samuel Ramos, autor del legendario estudio El perfil del hombre y la cultura en México publicado en 1934, reemplazar la expresión de inferioridad aplicada al mexicano (“Ya otros han hablado del sentido de inferioridad de nuestra raza —escribió Ramos—, pero nadie, que sepamos, se ha valido sistemáticamente de esta idea para explicar nuestro carácter”) por la de insuficiencia. Uranga argumentaba que si bien tal inferioridad podía aceptarse en el caso de la conquista española, en la época de la Independencia no, porque “la relación con el europeo no era ya de padre a hijo sino de maestro a discípulo”, y en ella se enfrentaban dos procesos culturales, dos “Ilustraciones” cuya diferencia radicaba entre la suficiencia y la insuficiencia y no entre la superioridad y la inferioridad, pues esta condición, postulada por Ramos como una psique nacional, sólo representaba una modalidad de la insuficiencia.

El mexicano es caracterológicamente un sentimental, afirma Uranga, un ser que mezcla “una fuerte emotividad, con la inactividad y la disposición a rumiar interiormente todos los acontecimientos de la vida”. La vida mexicana, según el autor, está impregnada por el juego perverso, constante y circular entre las emociones, el desgano y la autoconmiseración. La emotividad representa una fragilidad interior, una vulnerabilidad anímica que lleva al mexicano a desarrollar técnicas y tácticas de preservación y protección que pueden percibirse en modales, comportamientos, costumbres públicas, imperativos familiares y formas estéticas, en disimulos e hipocresías idiosincrásicas. “La fragilidad —escribe— es la cualidad del ser amenazado siempre por la nada, por la caída en el no ser.” De ahí el característico desprecio del mexicano por la vida humana y su proverbial cercanía con la muerte, de ahí su proclama vernácula de que la vida no vale nada, de ahí su explosiva e indiferente crueldad. Diría Hannah Arendt que el sentimentalismo siempre es la superestructura de la brutalidad.

La inactividad mexicana, la desgana caracterológica —esas resistencias que se oponen a la realización, que repliegan al sujeto y lo ensimisman, que lo hacen desconectarse de sus quehaceres y dejarlo todo para mañana, que lo muestran aparentemente aburrido— “es la tara del carácter sentimental”, afirma Uranga, una antípoda de la generosidad, que entiende como “una decidida elección de colaboración, una voluntad de simpatizar, de entrar en contacto auxiliador con las cosas, con la historia, con los movimientos sociales”, en suma, con los otros. Tal voluntad ausente debida a la desgana lleva a distanciarse del sentido de lo existente, de las significaciones que ello contiene, y conduce también —“desgana por no ser otro, por no ser otra la historia, por no ser otras las costumbres”— al desprecio de lo propio y a la exaltación de lo ajeno, de lo extranjero que es admirado como suficiente y superior.

La inactividad o desgana percibe toda acción como un compromiso ilegítimo con aquello que al considerarse extraño o desconocido se ve como abyecto. Por eso, explica Uranga, la inactividad suscita un sentimiento que si bien puede llamarse de dignidad queda determinado por la emoción que constata su inexistencia, su incumplimiento en lo exterior. “El mexicano vive siempre indignado. Ve que las cosas van mal y siempre tiene a la mano el principio de acuerdo con el cual las condena; pero no se exacerba por esa constatación, no se lanza a la acción, lo único que hace es protestar, dejar escapar su indignación”. Como si fuera una dipsomanía de la moral ejercida exclusivamente sobre los demás y nunca sobre sí mismo, el talante caracterológico mexicano ve pajas escandalosas en el ojo ajeno y no repara en las prominentes vigas del propio. Una dignidad paradójica cuya satisfacción consiste en la testificación morbosa de su ausencia, de su inaplicabilidad.

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Notas:

Fuente: http://impreso.milenio.com/node/8807794

MEXICO. 30 de julio de 2010

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