Libros de crisis

Casi nadie habla ya, incluso en círculos especializados, del pequeño libro del filósofo peruano Augusto Salazar Bondy,

¿Existe una filosofía de nuestra América?

que Siglo XXI Editores -un nombre cargado de tantas provocaciones en el mejor sentido de la palabra- publicó en su colección Mínima hace 40 años y que fue un verdadero llamado de atención para el quehacer filosófico de la época.

Fue un libro que interpretaba una década de cuestionamientos y de búsquedas. Y parecía plantear en su brevedad los temas centrales que preocupaban a los intelectuales y a los políticos de los conflictivos años sesenta: la necesidad de un pensamiento propio y la vinculación del pensamiento con la transformación social de la realidad latinoamericana.

El diagnóstico de Salazar era extremo:

América Latina no había tenido hasta el momento un pensamiento propio porque era una región dependiente económica y culturalmente de los países desarrollados que le habían impedido, entre otras cosas, carecer de identidad. En consecuencia, el compromiso con el cambio ofrecía una salida filosófica y política simultáneamente. Una nueva sociedad tendría que tener una filosofía auténtica es decir una formulación de lo que posteriormente se llamaría “lo nuestro”.

¿Existe una filosofía de nuestra América?

se volvió referencia obligada de coloquios, seminarios y encuentros como el de El Escorial de 1972 y un punto de partida para las filosofías de la liberación que trataban de formular “nuestra realidad” sin mixtificaciones ni concesiones ideológicas.

Ahora en cambio, en este año que se cumplen tantos aniversarios todos ellos relacionados con la década de los sesenta del siglo pasado, importa, más que celebrar el libro de Salazar, preguntarse por las razones de su olvido. Porque el libro no sobreviviría la década. Existen muchas explicaciones para ello: el carácter mismo de la obra que exigía ulteriores desarrollos y discusiones, la muerte en poco tiempo más del filósofo que igualmente cortaría toda posibilidad de trabajos futuros y el vértigo de los acontecimientos que estaban por venir en toda la región, y que destruirían en poco tiempo los sueños y los delirios revolucionarios de quienes en ese momento se declaraban protagonistas de los cambios sociales.

Hay, sin embargo, otras cuestiones que no se toman en cuenta porque vuelven a la filosofía menos consoladora. Una de ellas es la transposición mecánica de la teoría de la dependencia a la filosofía; otra, la visión totalitaria proveniente del marxismo que trataba de imponer un modelo de filosofía con exclusión de todos los demás y que en su ingenuidad combativa declaraba a todos los otros pensadores, notarios del fracaso del pensamiento burgués.

También la convicción más voluntarista que otra cosa, de que la filosofía es ante todo un instrumento de la revolución y no un ejercicio de perplejidades.

Una ideología de masas y no el pensar de un solitario. Una filosofía triunfante de la historia, y no un caminar que avanza en círculos y que asume la noche del mundo.

Joaquín Hernández Alvarado

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Notas:

Fuente: http://www.hoy.com.ec/NoticiaNue.asp?row_id=298564

Quito, Martes 24 de Junio de 2008

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