Los clásicos: Un respiro

En estos tiempos en que se impone penosamente la literatura del combate (acabo de enviar una pieza de esta clase a la revista Libros, que desde hace años tantos pilota con rumbo Álvaro Delgado-Gal, con la colaboración de Luis Gago, y que verá de inmediato la luz en Internet) he pensado si no es conveniente parar y tomarse un respiro. Propongo que echemos un vistazo a un clásico, por ejemplo a Aristóteles, cuyo libro Política he utilizado someramente en mi recuadro anterior dedicado, si el lector lo recuerda, a la igualdad. Me he topado con el viejo texto de su edición debida a Julián Marías del Instituto de Estudios Políticos. Es el ejemplar que encuentro en mi biblioteca: está subrayado y en su interior se contiene una ficha con las páginas de algunos pasajes relevantes cuya consideración proponía, cuando era un joven profesor, a mis estudiantes. En esta columna me serán útiles esas referencias textuales, leídas de acuerdo con la propuesta de entendimiento del filósofo griego que hace Alan Ryan en su On Politics. A History of Political thought from Herodotus to the Present.

Si se trata de un clásico del pensamiento, debemos distinguir entre leer al clásico y comprenderlo. La lectura la hacemos desde el presente y de ella podemos deducir enseñanzas provechosas, pues el clásico dice cosas de alcance intemporal que trascienden a su época. Pero si queremos comprender al clásico hemos de entenderlo en relación con las circunstancias de su tiempo, hablemos de su marco intelectual o político. En el caso de Aristóteles hay que relacionarlo con los planteamientos ideológicos de Platón y con el propio clima político de la ciudad estado a cuyos problemas creía encontrar remedio. Entender a Aristóteles significará asimismo ponerle en contacto con el pensamiento político que le siguió y explicar el atractivo de su estudio en la historia de las ideas, por ejemplo en el Federalista o ya en nuestros días en pensadores como Arendt o académicos como Lipset.

Lo primero que llama la atención de la Política es su estilo, que no es el que correspondería a un tratado, que podría ser envarado u abstruso. Abundan en la Política las referencias a episodios concretos de la vida de Atenas y otras ciudades estados, con ejemplos sobre el funcionamiento de sus instituciones. Sus páginas contienen anotaciones de un observador inteligente, casi con la estructura de un reportaje. La política como la ética, dice Aristóteles frente a Platón, son ciencias prácticas, cuyo fin no es el conocimiento per se o la satisfacción de la curiosidad, hallando los tipos puros del comportamiento individual o de la ordenación ideal de la ciudad como en la geometría. Los modelos de la conducta de las personas y de la vida en común, aunque supongan la indagación sobre su naturaleza, no son solo especulativos, pues descubrir lo que exige la naturaleza implica observar como la naturaleza se comporta en la realidad.

La naturaleza es el verdadero ser de las cosas, aquello que estas pueden llegar a ser en su desarrollo. “Llamamos naturaleza de cada cosa a lo que cada una es, una vez acabada su generación”.La ciudad es la asociación más alta, por la generalidad de su finalidad, por su autosuficiencia, por su poder sobre las demás; también por su modo de gobernarse, diferente de otras agrupaciones anteriores, como la familia o el pueblo. Lo que caracteriza a la ciudad es su condición indeclinable de la vida buena para el hombre, que solo puede ser razonablemente feliz, esto es dichoso de acuerdo con su racionalidad,(y no siguiendo sus instintos o pasiones de voluntad, como pretendían Trasímaco y otros) en la ciudad.

Cuando Aristóteles dice que los hombres son políticos por naturaleza quiere decir que la polis les dota del marco en el que los seres humanos pueden realizar mejor su potencialidades y vivir en plenitud la buena vida. ”El insocial por naturaleza y no por azar o es mal hombre o más que hombre”. Vivir en la ciudad es sobre todo participar, no simplemente estar en ella, como lo hacen las mujeres, los niños, los extranjeros. Ser ciudadano es tener derecho a la protección del Estado e intervenir en la vida política, poder ser gobernante y ser gobernado. ”Llamamos, en efecto, ciudadano al que tiene derecho a participar en la función deliberativa o judicial de la ciudad”.

La dependencia de la participación de las cualidades personales, la voluntad y aptitud para el brillo en la vida política de algunos ciudadanos, dada la importancia del debate en la polis, fascinó a muchos, por ejemplo a Hanna Arendt. En Aristóteles me parece que es más importante la singularización del soporte objetivo o social de la ciudadanía pues la vida política depende de la base económica de la democracia, que no es otra que la existencia de una clase de pequeños propietarios agrícolas o de comerciantes acomodados que puedan disponer de ocio o tiempo libre para la política.

Precisamente esta dependencia económica de la clase política del Estado explica la necesidad de recurrir a las leyes, que se refieren a supuestos ya decididos y que hacen más fácil la tarea del gobierno. Quienes forman el cuerpo político, esto es, la clase hacendada y moderadamente pudiente, sugiere Aristóteles, deberían tener tiempo libre, pero tampoco demasiado, pues si no pueden pasar mucho tiempo politiqueando, deberán apoyarse en normas estables, esto es, el imperio de la ley. “Aristóteles, dice Ryan, es quien aboga primero por el gobierno de las leyes no de los hombres”.

Pero el aristocratismo corregido de Aristóteles, que se plasma en su idea de la politeia como mejor forma de gobierno, hay que relacionarlo asimismo con la resistencia de los pequeños propietarios frente a la corrupción, que no es otra cosa que la utilización de las oportunidades del gobierno para enriquecerse, descuidando el bien general. A lo que serán más proclives la democracia, por la pobreza de los más, y la aristocracia, por la tendencia a abusar de los más fuertes. “Por eso es una gran fortuna que los ciudadanos tengan una hacienda mediana y suficiente, porque donde unos poseen demasiado y otros nada, surge o la democracia extrema o la oligarquía pura o la tiranía, por exceso de una como de otra”. Luchar contra la corrupción supone medidas institucionales, quiere decirse repartir el poder y hacer depender las instituciones entre sí (pesos y contrapesos), y de educación, que debe acomodar las orientaciones de los ciudadanos a las necesidades de la ciudad.

La preocupación de Aristóteles por evitar las revoluciones no era una debilidad de su talento especulativo por el equilibrio de los modelos políticos, sino una reacción a la propia experiencia de las turbulencias políticas de su tiempo. Pero sus aportaciones en tales dominios ( a pesar de sus prejuicios acerca de la esclavitud, las mujeres o los extranjeros), como sus reflexiones sobre la base económica de la democracia o sobre los cambios legales, por no hablar de sus consideraciones sobre el valor del pluralismo o del constitucionalismo, han asegurado a Aristóteles una influencia innegable para siempre en el pensamiento político universal.

Juan José Solozábal


Es catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Autónoma de Madrid.

Notas:

Fuente:  http://www.elimparcial.es/contenido/137230.html

6 de mayo de 2014.  España

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