Los filósofos de Tomás Abraham

POCOS HOMBRECITOS grises de la filosofía académica se atreverían a hablar de Sócrates en un libro como lo hace el rumano argentino Tomás Abraham: “Que un hombre petiso, gordo, pobre, feo y viejo sea el supuesto fundador de la filosofía, y el maestro adorado de la juventud griega, no le quita encanto a la leyenda. Por el contrario, que en medio del ideal de belleza de una sociedad que ha inventado la proporción, la justa medida, la armonía, irrumpa este señor de nariz achatada y labios carnosos no es un azar, es la ilustración de la palabra platónica: el cuerpo es la prisión del alma y la belleza no se ve”.

Abraham acaba de publicar una historia de la filosofía, Historia de una biblioteca, “De Platón a Nietzsche”, según reza el subtítulo. Es profesor titular de la UBA y recibió premios como el del Rectorado de la Universidad de Buenos Aires (2009). Además agita desde hace años el grupo tan pacífico como subversivo autodenominado “Seminario de los Jueves”, con varias obras colectivas publicadas, para envidia de catedráticos desprovistos de carisma, aunque no de peñas. Abraham aplica al pasado filosófico sus armas sutiles, afiladas por el roce habitual con grandes nombres del pensamiento del siglo XX, como Michel Foucault o Gilles Deleuze.

JARABE DE PICO. Lo que va a hacer saltar con gratitud a muchos que salvaron filosofía hace muchos años raspando, o copiando, y quieren saldar esa deuda pendiente, es el desparpajo de alguien que enhebra conceptos antiguos con la vida que se agita fuera de la ventana. También resultará una grata novedad para algunos lectores la catarsis del autor de mostrarse en lo íntimo menesteroso para ciertas lides, sin que ello le impida luego explorar otros caminos vitales, con gran entusiasmo.

Porque en este su último libro Abraham confiesa tener dificultades para las matemáticas, alergia a la lógica y reservas con Aristóteles: “Aquello que me distancia hasta hoy de la lectura continua y atenta de Aristóteles se resume en una palabra: la lógica. No me llevo bien con la lógica, de modo análogo al rechazo que manifestaba Gombrowicz por la poesía. El escritor polaco decía que lo dulce es sabroso cuando se mezcla con otros componentes, azúcar solo y puro empalaga y harta. Así le parecía la poesía, al menos la que se pretendía muy poética. La lógica me resulta algo similar, es hueso sin carne, no tiene grasa”.

A la carne con grasa pues, corresponde dirigirse, porque según Abraham lo demás es charlatanería, bullshit, jarabe de pico. Se le nota bastante, por cierto, que estuvo en París en 1968. Se perciben algunas marcas de sus contactos cara a cara, como el haber asistido a las clases de Foucault. Y también el universo contemporáneo de sus lecturas, algo ajeno -debe decirse-, al de los siglos y autores objeto de esta Historia de una biblioteca. Exceptuados los casos de Spinoza y de Nietzsche, que el autor conoce bien, el viaje monumental a través de los siglos que propone al lector, es salpicado de autores que marcaron sus años de formación juvenil, para mirar lejos y a fondo, como Althusser, Vernant, Detienne, Koyré y hasta Francois Jacob.

Pero acá lo que importa es que cuando el autor se desnuda, o revela con parquedad, sin “histeriquear”, sus agudos encuentros con tal o cual filósofo, o sus propias miserias, en el fondo invita al lector a desnudarse también. Es que no hay otra manera de entender en serio a ningún filósofo que no sea esa. Por ejemplo: “Tomás iba a la secundaria. Con mucho sacrificio llegó a ser un buen alumno. Una tartamudez crónica lo hacía fracasar en el oral que debía remontar en los escritos. Un padre sumamente severo y obsesivo controlaba su conducta. La madre estaba dedicada al cuidado del hermano menor y de su propia soledad” .

Sólo quien ha sabido vencerse, podrá vencer sin avasallar. Hay que tener presente eso cuando Abraham denuncia majestuosamente la vacuidad moral del imperativo categórico kantiano, luego del cual “la conducta a seguir sigue siendo un enigma”, o la propensión autoritaria de Hegel, sin que ello le impida reconocer que “con Hegel siguen vigentes los grandes relatos, la posibilidad de totalizar el conocimiento, de mantener en alto el valor del sentido y el de la racionalidad. Hegel se ha convertido en un recurso moral”.

INSECTO DE LUZ. Es una fortuna que Abraham no sea especialista, por ejemplo, en filosofía medieval. Eso le permite ver conexiones que jamás encontraría alguien con lupa, gesto de entomólogo, vientre abultado de puro sedentarismo. Porque hay que tener mucho más ancho de banda para poder relacionar un nombre distante como “Ockham” con “posmodernidad”: “Guillermo de Ockham es el más moderno de los filósofos medievales. Es el que comparte un sabor actual. Pero su modernidad es más que eso, es posmodernidad, palabra maldita para muchos, confusa para casi todos”.

Y he aquí cómo las páginas de Historia de una biblioteca descubren la fibra óptica que comunica aquél autor medieval con la posmodernidad: “Se lo llama giro lingüístico, el inconsciente estructurado como un lenguaje, el fin de los grandes relatos y el inicio de los cortos, la vida como narración… somos todos hijos de Ockham, el inventor del nominalismo”. En particular, Foucault lo es y por algo se llamaba a sí mismo “nominalista histórico”. Porque toda historia oficial es genérica, es síntesis al servicio de alguna hegemonía. Lo que importa es mostrar que cualquier fragmento de historia individual potencialmente refuta cualquier “gran historia” o la desnuda como mito platónico.

Por último, no puede evitarse comentar algo del estilo de Tomás Abraham, contagioso de tanta soltura. Oscuro y profundo a la vez, fluye, parece fácil, explora como un insecto rodeando un jugoso costado no advertido antes de una idea y de repente ilumina. Los escritores principiantes deberían tener cuidado, porque se pega como una melodía. Puede que alguno se sorprenda tamborileando el teclado al mismo ritmo, creyendo poder imitarlo. Pero eso sería copiar la forma y no la sustancia del método aplicable al caso: recorrer el libro igual que Tomás recorrió su biblioteca. Haciéndola suya, es decir, convirtiendo a cada filósofo, más que a cada idea filosófica, en un activo personal.

Surge en la mayoría de las páginas del libro la convicción de que cada uno debería encontrarse a sí mismo en ellos, los filósofos. Tal como ha hecho Abraham, no hay mejor manera de mostrar la fecundidad de las ideas de otros, que hacerlas vivir por lo menos un instante en uno mismo: “La biblioteca no es un mueble. Es el reaseguro de una identidad. Recorrerla es recordar y confirmar una historia y un presente. Nuestros libros son como la antigua caja de ahorro. Está depositado nuestro saber y nuestro tener”.

HISTORIA DE UNA BIBLIOTECA. DE PLATÓN A NIETZSCHE,
de Tomás Abraham.
Sudamericana,
2010.
Buenos Aires,
544 págs.
Distribuye Random House Mondadori.

Notas:

Fuente: http://www.elpais.com.uy/Suple/Cultural/10/11/12/cultural_527392.asp

URUGUAY.  12 de Noviembre de 2010

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