Los socialistas españoles padecen un notorio retraso teórico.  [A. Llano]

Vivimos en una ficción. Y esa ficción se está tornando insoportable. Hace falta mucho estómago para digerir la manipulación del Gobierno en torno a la sentencia del TS sobre EpC. Si no fuera patético, resultaría divertido que la ministra de Educación haya grabado su versión dos días antes de que se produjera el anuncio del dictamen. Tan segura estaba del resultado que ya se sentía capacitada para hacer una interpretación que, en cualquier caso, iba a ser igual de sectaria. El castizo diría: “¡No te fastidia la profetisa!”.

Pero lo peor es el fondo del mensaje gubernamental, que viene a rezar así: el Tribunal Supremo ha prohibido la objeción de conciencia respecto a la educación en valores y derechos humanos. Como si la objeción de conciencia se pudiera prohibir desde los poderes públicos, cuando se trata precisamente de una actuación que consiste en negarse a aceptar —por motivos éticos— una determinada resolución del poder establecido. El precedente de la objeción al servicio militar por parte de un número creciente de jóvenes españoles se produjo cuando la mili era obligatoria y su rechazo se castigaba severamente. Sólo más tarde, una vez que la resistencia comenzó a generalizarse, se legalizó e incluso quedó recogida en el texto constitucional. Exigir una autorización legal para que se pueda objetar constituye un contrasentido y, por supuesto, un atropello a los ciudadanos.

El caso de la EpC es especialmente significativo, porque los padres de los alumnos objetan justo a la imposición de una determinada visión ética. Y es la propia Constitución la que prescribe explícitamente que el enfoque de la formación moral y religiosa corresponde a los padres. Según la opinión de la ministra y de los medios de obediencia gubernamental, la problemática asignatura es éticamente neutra; como si no supiéramos —por lo menos desde Nietzsche— que los presuntos valores son susceptibles de manipulación. Y lo mismo sucede con los derechos humanos, cuando se pretende presentarlos en una clave que está  en contra de su espíritu y de su letra.

Nos encontramos ante una ciudadanía ficción cuyos objetivos están al servicio de una transformación de la mentalidad de las chicas y los chicos en línea con la doctrina del socialismo español. Esta ideología residual se encuentra en neta oposición a la ética de inspiración clásica y cristiana, en la que se inspiraban explícitamente los socialistas alemanes en el decisivo programa de Bad Godesberg, hace ya unas cuantas décadas. Los socialistas españoles padecen un notorio retraso teórico que ahora pretenden imponer a los jóvenes españoles con presiones y engaños. Y eso no se puede tolerar. De manera que seguirá sin existir ese “boicoteo” —horrible término— que El País atribuía a la Iglesia Católica y al PP, pero continuará la resistencia activa y la desobediencia civil por parte de multitud de ciudadanos.

Aguardemos a que aparezca el texto de la sentencia. Pero no esperemos en vano. Porque ya Alfonso Guerra proporcionó las dos guías para saber qué nos deparará la gobernación socialista: “Montesquieu ha muerto” y “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”. La convicción más extendida apunta a que los tres poderes públicos forman un bloque con escasas fisuras. Del propio Tribunal Constitucional, desgraciadamente, tampoco podemos esperar siquiera decisiones coherentes con dictámenes anteriores. Ya veremos qué pasa en el caso de ampliación del aborto. Dios no permita que no sólo se atente contra la vida humana, sino también —y es mucho más grave— contra el principio de no contradicción.

Si la judicatura no es independiente, y unas veces mantiene que la vida del no nacido es un bien jurídicamente protegible y después autoriza que se destruya sin limitaciones ese bien intocable, nos hallaremos ante un derecho ficción. Si acontece que esta tendencia, difícil de detener, llega a su colmo, se habrán transgredido los límites de la democracia. Un paso fatal hacia semejante catástrofe política sería, sin duda, una sentencia que diera vía libre a esa ficción insoportable llamada EpC.

Alejandro Llano

Es catedrático de Metafísica.

Notas:

Fuente: http://www.gaceta.es/06-02-2009+ciudadania_ficcion,noticia,3,4,46625

Madrid,  SPAIN.  06 de febrero de 2009

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