Madre filosofía

He venido reuniendo diversas informaciones de fuentes más o menos directas pero siempre comprometidas, y por supuesto entusiastas, respecto al grave problema que corre la ense­ñanza universitaria de filosofía.

El nuevo plan de estudios pretende, ni más ni menos, erradicar una asignatura fundacional y fundamen­tal en todo el ámbito del saber y la cultura, en su más amplia dimensión. Una institución como la universitaria, como su propio nom­bre indica, debería velar por mantener en su seno todas las disciplinas posibles, en vías a difundir toda clase de conocimientos. Sin duda, hace falta recordar en estos momentos que el amor al saber y a otras ciencias, incluidas las artes, comenzó hace miles de años con el venerable impulso de la filosofía. La sola etimología de su nombre y la importancia de su origen e historia debieran bastar para la reivindicación de la sensatez.

Es incuestionable el dominio de la lógica en el desarrollo de to­do avance de la humanidad, descubriendo al mismo tiempo un orden moral, laico, sin necesidad de recurrir a mitos que, por otro lado, entorpecen siempre la capacidad humana para la creación y el pensa­miento. La filosofía, el amor a to­da sabiduría, constituye un método y una disciplina que, allá en sus orígenes, nació como una necesidad para abrirse camino, con el fi­lo de la inteligencia, en un mundo regido hasta entonces sólo por lo fantástico y lo descabellado, enfren­tándose de cara con el fanatismo y la exaltada credulidad de mitos y creencias. Nadie debería poner en duda ni por un segundo que esta primera ciencia, impulsora de las otras, ha llegado a ser imprescindible para mejorar la vi­da de los hombres, haciéndonos menos irracionales, temerosos e ignorantes, abriendo inagotables horizontes a descubrimientos de toda índole: desvelando errores, explicando a un tiempo el orden de cosas en el que éstos se produ­cen. Gracias a ella, el pensamiento humano ha podido desarrollarse, alcanzar una independencia de criterio sin la cual hubiera quedado relegada a sus primitivos miedos y nunca hubiera conocido el camino de la ciencia, nacida de su aliento.

Si los hombres no han sabido alcanzar todavía un estado en el que vivir más equilibrados, ricos en justicia y paz, no será por toda la claridad de ideas que la filosofía ofrece. Bien al contrario, son las religiones, intransigentes con to­do lo que se oponga a su mandato, las que han contribuido a hacer de este mundo un lugar apestado por las guerras y la intolerancia. No nos dejemos engañar, estamos una vez más en medio de la lucha entre el poder del pensamiento y la explicación arbitraria de la realidad. Esta vez, la batalla la presentan ni más ni menos quienes defienden la banalidad de un argumento puramente crematístico. No están los tiempos como pa­ra olvidar una verdad tan imprescindible como ésa y relegarla al cuarto trastero, en un momento en que deberíamos andar rebuscando entre sus incalculables tesoros. Lo que está sucediendo, y bien lo saben los alumnos y profesores encerrados en la facultad, no es más que otro lamentable ejemplo de la barbarie y la insensibilidad a que hemos llegado en esta pretenciosa sociedad de consumo. Estamos a punto de perder aquello que nos ha protegido y traído hasta aquí. La película bien se podría llamar El hombre que vendió a su madre.

Notas:

Fuente: http://www.levante-emv.com/secciones/noticia.jsp?pRef=2008111500_5_519559__Opinion-Madre-filosofia

VALENCIA, ESPAÑA.  Sábado, 15 de noviembre de 2008

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