Martin Heidegger, el espectador desinteresado de Todtnauberg

Son las 20h30m del 13 de agosto de 2004. Hace unos días que me encuentro aquí en Freiburg im Breisgau y me alojo en el Rappen Hotel, Münsterplatz 13, que linda con la Catedral de la hermosa ciudad que, según algunos especialistas del “arte apolíneo”, como diría Nietzsche, posee la torre más bella de la cristiandad. Aquí se oye tocar las campanas que marcan el ritmo de la sucesión del tiempo en cada quince minutos. Estoy un poco cansado pero satisfecho por haber observado algo nuevo. Al levantarme por la mañana, tenía intención de visitar la “cabaña” (“die Hütte”) de Martín Heidegger, sita en la cima de la pequeña villa de Todtnauberg. Fue su esposa Elfride Heidegger quien, conociendo bien la zona, adquirió un solar y, tras el asesoramiento de Zimmermann y Glöcklehof, encargó al constructor Pius Schweitzer que levantara el habitáculo, porque quiso que su marido estuviera “en un lugar silencioso para trabajar y pensar”, un lugar que se convirtió en residencia habitual del filósofo desde 1922 hasta su muerte. El que tenga la curiosidad de seguir sus pasos, debe coger el tren Freiburg i. B.-Basel Bâle, hacer trasbordo en Kirchzarten, tomar después el autobús número 7215, que recorre un puerto de alta montaña de unos 18 ó 19 kilómetros, para llegar, por fin, a Todtnauberg. Si, en 2004, he podido tardar casi media mañana en dicho trayecto, francamente no sé cuánto tiempo habría necesitado el filósofo para cubrir la misma distancia, entre 1922 y 1976. A pesar de esta dificultad, es indudable que la naturaleza del espacio selecto ofrece paz y tranquilidad a cualquiera que se asome a ella.

Estaremos de acuerdo en que, para pensar, hay que viajar con el entendimiento hacia el infinito, conocer el mundo, los diversos modos en que se nos aparece la realidad. Hay que tener un contacto directo con las cosas, esto es tener o adquirir una experiencia directa de ellas. El filósofo no debe vivir de oídas sino del fruto de su propia elucubración. También podremos estar de acuerdo en que, para pensar, no hace falta aislarse de nadie, ni de nada que forme parte de nuestro universo. Después de haber recorrido los 6,4 kilómetros de “Martin Heideggers Rund Weg” (“camino circular de Marín Heidegger”) y de haber retrocedido otros 4 kilómetros de ida y vuelta, tuve la impresión de que nuestro gran pensador, al diseñar la ruta de sus paseos, de sus meditaciones, en la montaña, no pensó nunca en lo que ocurría abajo, no se acercó a los habitantes del caso urbano de Todtnauberg, ni a los de sus alrededores. Fue un espectador desinteresado de la expectativa social, universal o connatural, que exige a veces a los intelectuales de su nivel el compromiso en la proyección de los demás hacia un mejor destino.

Si el acceso a la “cabaña” es todavía difícil hasta la fecha, es muy probable que, incluso estando el mismo filósofo en vida, para acertar había que ir de su propia mano. Por ella pasaron muchos otros filósofos e intelectuales diversos, entre los cuales figura Jean Beaufret, el que fue, para mí, no sólo uno de sus mejores amigos, sino también su mejor intérprete, el interlocutor por excelencia de su obra, quien, si no me equivoco, se convertirá en su mecenas en Francia y le conducirá a insistir en sus tesis “clásicas”, que no se alejaron en ningún ápice del modelo griego, en Über den Humanismus, Brief an Jean Beaufert, (Sobre el humanismo, carta a Jean Beaufret), oponiéndose a L´existentialisme est un humanisme (El existencialismo es un humanismo) de J.-P. Sartre.  Del mismo modo, Beaufret le abrirá, además, la puerta a la inspiración poética “del misterio verbal” de René Char… Creo, sinceramente, que la estancia en la “cabaña” fue el resumen de una forma de vida, de una forma de pensar, un pensar oscuro, recóndito, y una vida sorprendente, cuya comprensión exige un esfuerzo especial o una lupa a través de la cual es necesario contemplar lo que significa toda la personalidad de dicho pensador. El hecho de la existencia de una señal clara que conduce a cualquier visitante a la ruta filosófica y no a ella se podría interpretar de tres maneras distintas:

1) Que, de hecho, “pertenece al ámbito de la vida privada de sus descendientes. No puede ser visitado. ¡Respeten, por favor, la intimidad de la familia!”, como reza en una de las páginas de la hoja informativa correspondiente.

2) Que los curiosos e investigadores al contemplar su interior,  no emitieran opiniones ni establecieran un paralelismo entre su situación concreta y las de otras construcciones similares efectuadas en las montañas por ciertos personajes religiosos en diversas circunstancias, aunque sus intenciones no coincidiesen con la del personaje en cuestión.

Y 3) Quizás para evitar que los que pudieran obrar con “mala fe” y pudieran cometer cualquier acción ilícita, aunque fuese de mínima importancia, no tuvieran el fácil acceso al lugar. Tratándose de la morada habitual de Heidegger, después de su muerte, todo gira en torno al sello hermético que, a mi modesta opinión, sería una de las consecuencias de su enigmática “forma-de-ser-o-estar-en-el-mundo”.

Es evidente que eso forme ya parte de la vida de sus herederos. Sabemos que debe permanecer inviolable la fase íntima de cada ser humano. Sin embrago, al referirse a una figura de esta índole, es preciso tomar en consideración su puesto en la historia universal y, de manera especial, en la historia del pensamiento.

    Es probable encontrar una cierta analogía entre el ascetismo y cualquier otra manifestación de la vida humana que tenga sentido de “retiro”. De la misma manera que los ermitaños huían del “mundanal ruido” para encontrarse con Dios en la más absoluta soledad, Heidegger quiso alejarse del ruido de las máquinas para buscar la “alétheia” en una de las zonas más altas de la Selva Negra. En ese asilamiento, se le pasaron por desapercibidos muchos de los problemas con los que tenía que enfrentarse la humanidad de su época. Sin obedecer a la necesidad de recurrir a sus escritos políticos, aunque expliciten su compromiso con el nacionalsocialismo, me inclino a pensar que ni él mismo, como persona, ni siquiera su pensamiento estuvo cerca del pueblo alemán que le rodeaba. Estar cerca de él no significaba emprender un análisis “óntico-ontológico” del Dasein, ni limitar su actividad en la universidad, ni mucho menos soñar en la participación del diseño de una sociedad imaginada por Alfred Rosenberg y puesta en marcha por el “Führer”, sino que tenía que ser un juicio crítico sobre las causas motrices que condicionaban la historia del globo terráqueo o del mundo adverso que le tocó vivir, algo totalmente distinto de “la mundanidad del mundo” y del “ser en el mundo”, a los que había dedicado tantas reflexiones.

Habiendo contemplado durante varias horas esos rincones de su “rund Weg” me quedé convencido de que aquella naturaleza viva, donde sólo había que respirar aire puro, le dotó de ataraxia para impulsar con más fuerza sus investigaciones y profundizar en sus reflexiones, como lo reflejaría en Sein und Zeit (El ser y el tiempo), en Holzwege (Los caminos del bosque), etc. Con ello, es un imperativo reconocer que este fue un método fructuoso de pensar, pero que resultó fugaz para una aproximación efectiva al fenómeno estrictamente humano, inmediato o remoto. Así, en 1937, cometió la imprudencia de declarar ante la exigente Sociedad francesa de Filosofía que su mayor preocupación no era “la existencia del hombre, sino la del ser en su conjunto y en cuanto tal.” En definitiva, esta sería, sin lugar a dudas, una posición que, en sí misma, encierra un riesgo, el riesgo de no percibir la otra realidad o las otras realidades: las que caen fuera de la investigación de la verdad establecida y de la consabida ontología. En este caso, veremos que Martín Heidegger puede considerarse como el gran maestro de una visión excesivamente corta del saber filósofo y de su origen. Recordemos que, aunque se propusiera hablar del “Beginn” (comienzo) y del “Anfang” (origen) del pensamiento occidental, en Was heisst Denken? (¿Qué significa pensar?), su propósito acabó en una ilusión porque le resultó imposible alcanzar la verdad ignorando su origen africano, así pretendió encontrar su comienzo en un poema de Parménides, sin hacer ni la mínima alusión a Tales de Mileto, lo que le llevará posteriormente a agotar sus esfuerzos, en Was ist das die Philosophie? ¿Qué es eso de la filosofía), en un elogio redundante de la etimología del vocablo filosofía, sin mencionar a Pitágoras de Samos, el primero que lo utilizó tras haber permanecido durante 22 años en Aithiopía, el País de Negros, que tomó después el nombre de Aiguptos (Egipto) en virtud de una transformación onomatopéyica del término khi-khu-Phtah (el tempo del dios Phtah)… Debo señalar, en fin, que yo mismo he planteado la temática en mi ensayo “Aportaciones de la filosofía africana al saber occidental” y en mis obras: Síntesis sistemática de la filosofía africana y La Pensée radicale. En estos escritos, intento volver a las mismas fuentes del mundo clásico griego, cuyo testimonio certifica que habían aprendido la filosofía y otras disciplinas científicas en el Egipto de la Negritud. Pero que me ha resultado, y todavía me resulta, difícil creer que el célebre filósofo alemán, después de haber consagrado más de sesenta años de su vida hablando de los griegos, no haya tenido en cuenta ese testimonio que ellos mismos nos habían legado…

No obstante, reconozco que Heidegger fue un gran filósofo. El recorrido de su ruta filosófica ha sido, para mí, una especie de película corta de los momentos trascendentales de su vida estrictamente “pensante”. En efecto, al comenzar la escalada de la montaña, desde el centro mismo de Todtnauberg, a un kilómetro y medio llegué a un Albergue Juvenil (“Jugendherberge”) y a unos cien metros, más o menos, me tropecé con el primer signo: un panel, bien plastificado, con la foto del filósofo sentado junto a una ventana; y en una nota biográfica se podía leer: “wer groB denkt, muB groB irren” (el que piensa mucho, debe errar mucho”). Al lado del panel se veía una placa diminuta de madera con esta inscripción que hemos mencionado antes: “Martin Heideggers Rund Weg” “la ruta circular de Martín Heidegger”). Esta es la única señal clara que sirve de guía al que quisiera revivir las andanzas del filósofo a través de aquella montaña. Si se anima, como fue mi caso, podrá recorrer toda aquella ruta, muy entretenida, sin tropezar con el refugio; pero se dará cuenta más tarde que a un kilómetro del primer panel tenía que girar a la derecha en una senda ya muy olvidada, probablemente, desde el año de su fallecimiento. Esto nos sugiere que no sólo su morada tuvo difícil acceso, sino también su pensamiento. Si este nos revela que fue él el típico griego que tuvo la suerte de romper la barrera de la temporalidad para trasladarse al siglo XX, su “ruta circular” nos demuestra que su trayecto fue realmente algo emocionante, para él mismo y para los que le acompañaban… 

Son las 12h33m del día 15.8.2004. Acabo de asistir a una misa solemne en la maravillosa Catedral, una misa celebrada por el Obispo de la diócesis de Freiburg. Ha sido un auténtico cántico divino. Evitando entrar en el tema de la enorme dimensión de la religiosidad tradicional en África, con esta solemnidad, he tenido la viva impresión de escuchar el ritmo de un baile sacro en honor de la suprema divinidad. Me acordé de que uno de mis amigos del Goethe Institut, en Rothenburg ob der Tauber, el profesor Hans Peter Schmidt, me decía que se aprende mejor el alemán cantando. Me acordé de mi experiencia en otras ciudades alemanas en las que he saboreado diversos tipos de música. Creo que el pueblo alemán puede compartir muchos valores con mi raza Fang y con las demás culturas africanas, donde la música, el ritmo, no sólo forma parte de la dimensión esencial de la vida sino también constituye, en sí mismo, una de las más bellas expresiones del ser.

En esta misa solemne, he vivido momentos en que me parecía estar escuchando la misa “Katanga” en la Catedral de Lubumbashi o de Kinshasa. Se podría decir que, tanto en Alemania como en África, una misa solemne o cualquiera que fuera, aunque se realice en zonas muy distantes y en culturas muy diferentes y con matices especiales, es un canto, incluso un baile con todos los instrumentos posibles, ofrecido con singular vivacidad a Dios.

Freiburg im Breisgau, 15 de agosto de 2004. León, 9 de febrero de 2005.

Eugenio Nkogo Ondó – León

Notas:

Fuente: http://www.mabs.com.ar/rfaia/?p=476

Posted by admin on agosto 28th, 2012

ARGENTINA. 30 de agosto de 2012

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