Montaigne: filosofia para tiempos de crisis y de bonanza

Intentar entender el mundo es como intentar atrapar una nube de gas. Todo lo que observamos es inestable, pero Montaigne subraya que no menos fiable puede ser el observador. Observar permanentemente será una de sus reglas


Montaigne: filosofía para tiempos de crisis y de bonanza

Ya en el frontispicio de sus Ensayos, Michel de Montaigne advierte al lector de que él mismo es la materia de su libro y le manifiesta que no hay razón para que ocupe su ocio en «tema tan frívolo y vano», despidiéndolo sin más con un conciso adiós, fechado el 1 de marzo de 1580. Toda una curiosa carta de presentación de las intenciones de un autor que tiene una enorme inquietud hacia todo y se mueve en una permanente duda sobre sus propias convicciones. Aunque la posición del filósofo francés entre la opinión pública ha conocido altibajos a lo largo de la historia, una cosa sí es evidente: esa invitación inicial a la no lectura no ha logrado ser muy persuasiva.



En una época de crisis económica, sistémica, institucional y de valores, propensa a la búsqueda de tablas de salvación, de recetas para tratar de superar la sensación de desconcierto, la imagen de quien fuera alcalde de Burdeos emerge con una luz impactante, sin dejar de captar nuevos adeptos cautivados por su estilo confundible y una capacidad de observación que no para de sorprender. Sus 107 ensayos constituyen una fuente inagotable de sabiduría, de invitación a la reflexión, de inducción a la duda omnipresente, de recetas y fórmulas para encarar la existencia vital.



Cuando uno lee la densa prosa de Montaigne –así lo han expresado reputados intelectuales– se tiene la sensación de que nos enfrentamos a situaciones personales, a episodios ya vividos, a pensamientos que parecen emanar de nuestras propias convicciones íntimas.



Sarah Bakewell, profesora de escritura creativa en la City University de Londres, ha dedicado cinco intensos años al estudio de la obra y de la vida de Montaigne (Michel Eyquem, 1533-1592). Cuando uno comprueba el resultado de ese esfuerzo, plasmado en el libro Cómo vivir. Una vida con Montaigne en una pregunta y veinte intentos de respuesta (Ariel, 2011) no puede sino concluir que ha merecido la pena: se trata de una ilustrativa y sugerente aportación, excelentemente documentada, acerca del filósofo francés y de su época; de una magnífica guía en la que se destila la esencia de las enseñanzas montaignianas y que nos acerca a unos años tumultuosos marcados por los conflictos religiosos y políticos, las hambrunas, la inflación o las enfermedades más devastadoras.



Bakewell sintetiza en veinte sentencias las claves para afrontar la vida, que comprenden desde «no te preocupes por la muerte» hasta «deja que la vida sea su propia respuesta», pasando por otras tales como «cuestiónatelo todo» o «reflexiona sobre todo, no lamentes nada», pero, en realidad, ofrece un ambicioso y amplio elenco de recomendaciones y reflexiones difícilmente resumibles en frases lapidarias.



Montaigne inició la escritura de los Ensayos poco antes de llegar a la cuarentena, tras sufrir una experiencia traumática –como se documenta en el libro citado– que lo colocó al borde la muerte. Saber afrontarla había sido, durante un tiempo, su principal obsesión. A raíz de aquella, nos invita a perderle el temor, dejando que sea la naturaleza la que nos diga qué hacer en cada momento.



Después de todo, intentar entender el mundo es como intentar atrapar una nube de gas. Todo lo que observamos es inestable, pero él subraya que no menos fiable puede ser el observador. Observar permanentemente, será una de sus reglas, complementada por una recomendación a escribir sobre cualquier cosa, técnica concebida ante la constatación senequista de que la vida no se detiene para recordarnos que se está escapando.



Montaigne es también hoy una referencia de los modernos paradigmas pedagógicos. Para él, el aprendizaje debe ser un placer, no necesariamente basado en libros, aprovechando cada oportunidad que brinda la experiencia. Aprender a cuestionarlo todo debe ser la obligación del niño. «No hay deseo más natural que el conocimiento», señala al inicio del último de los ensayos.



Alertaba, por otro lado, de los peligros de aprender los discursos de memoria y, en particular, de los riesgos de anunciar una secuencia de puntos (advertencia esta que seguramente lamentará no haber tenido presente Rick Perry, gobernador de Texas, en su malograda intervención televisiva, al no ser capaz de recordar el contenido del tercer punto enumerado). Eyquem nos sorprende luego al prescribir olvidar gran parte de lo aprendido y a ser lento de entendederas.



Montaigne bebió con abundancia en las corrientes del estoicismo, epicureísmo y escepticismo, mezclándolas según su albedrío. Las tres escuelas de pensamiento compartían el mismo objetivo, conseguir la eudaimonia, la felicidad o el florecimiento humano. Como nos recuerda Bakewell, la ataraxia (imperturbabilidad) es el mejor camino hacia esa meta: «no estés exultante cuando las cosas te van bien ni te hundas en la desesperación cuando se tuercen».



El filósofo galo era un apasionado del debate abierto, siempre ávido de encontrar propuestas y creencias contrarias a las suyas propias. Concebía la contradicción de estas como una vía de enriquecimiento intelectual. Pero por encima de todo situaba su absoluta inclinación por la libertad: «Estoy tan loco por la libertad que si me prohibieran el acceso a algún rincón de las Indias, viviría en cierto modo más incómodo».



En otro pasaje manifiesta sus preferencias por las lecturas fácilmente entendibles, reconociendo el abandono de las mismas en caso de dificultades. Esta es quizás una de las recomendaciones que, aunque apreciables, no debemos seguir a rajatabla, ya que impediría tal vez completar el recorrido de los Ensayos, plenos de contenidos, ideas, detalles y citas. Hay barreras que hemos de estar dispuestos a vencer, cuando el objetivo, como la obra de Montaigne, merece la pena.



Como de forma tan solvente nos ilustra el libro de Sarah Bakewell, la figura de Montaigne cobra una vigencia renovada en la época convulsa que nos ha tocado vivir. Sus innumerables enseñanzas se cierran, abriendo al mismo tiempo perspectivas inestimables, con una apelación a la toma de conciencia de nuestras limitaciones: «Buscamos otra condición por no saber usar de la nuestra, y nos salimos fuera de nosotros por no saber estar dentro. En vano nos encaramamos sobre unos zancos, pues aun con zancos hemos de andar con nuestras propias piernas… A mi parecer, son las vidas más hermosas aquellas que siguen el modelo común y humano, con orden, más sin prodigio ni extravagancia».

Notas:

Fuente:  http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2011/12/28/montaigne-filosofia-tiempos-crisis-bonanza/473173.html

28 de diciembre de 2011

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