Mucho más que la discípula de Heidegger

El pensamiento de Hannah Arendt (1906-1975) no se constituye como sistema. A una obra no dogmática sólo puede corresponderle una lectura nunca ortodoxa. El lugar donde pretende instalarse la filosofía, se halla siempre aquí traspasado por algún lugar contextual donde el pensar hace un alto en su itinerario (por ejemplo, el juicio a Eichmann que le permitirá abonar el concepto de la banalidad del mal). El pensamiento de Arendt, puesto de manifiesto en algunas de sus obras como Sobre la revolución, Los orígenes del totalitarismo y La condición humana, no siempre se despliega desde los mismos puntos de partida ni con el mismo estilo: a veces lo hace desde los griegos, la Ilustración o la revolución norteamericana, por citar sólo algunos. Unas veces es la intelectual-politóloga enfrentada al acontecimiento la que se expresa en obras elaboradas o en textos de extensión desigual; otras es la filósofa que traza las coordenadas de la vida activa o devela el tejido de la vida del espíritu convocando tramos completos de la historia de la filosofía.


Hannah Arendt. Foto: Archivo El Litoral

Desde el comienzo hasta el final, su pensamiento está atravesado por una unidad que es de otra índole que la sistemática. Se trata de la política, entendida no como estilo de vida, sino como el espacio del aparecer de los hombres desde lo plural de sus procedencias. Dos concepciones de la democracia se superponen y se cruzan en su pensamiento. Una inscribe la pluralidad en la homogeneidad y es reactivada en cierto modo por el pensamiento ilustrado que funda la República francesa, donde la integración del otro sólo puede hacerse por asimilación a la identidad dominante a través del centralismo normalizador de las instituciones. La otra concepción, que prefigura los avatares contemporáneos, distingue ciudadanía e identidad, o igualdad y diferencia, y reivindica la obtención de derechos iguales para los individuos y los grupos.

La primera democracia se orienta a preservar la igualdad ante la ley y el valor de las decisiones de la mayoría frente a las minorías; la segunda se funda en el derecho de cada uno a elegir, priorizando el ejercicio libre y consciente a la hora de las decisiones. En este contexto, el centro del pensamiento político de Arendt hace pie en la idea de que en el mundo de la política no hay ningún agente, ni siquiera el más heroico ni el más carismático, que actúe ni pueda actuar en solitario: la acción siempre se lleva a cabo en relación a los demás. Sin embargo, la pertenencia del ser humano a la sociedad tiene lugar, de entrada, bajo el signo de la excepción, no de la unidad numérica de la especie. Esto último vale especialmente para su relación con Heidegger. El pensamiento del maestro permanece a su modo en el horizonte de todo discípulo. Sin embargo, uno es discípulo hasta que deja de serlo. Y deja de serlo cuando comienza a pensar por cuenta propia.

Con autonomía

Arendt ha trascendido el campo de fuerzas de quien influyera tan profunda y apasionadamente en la formación de sus inicios. A lo largo de su obra va emergiendo una autora contemporánea que no sólo puede intervenir con voz propia en los debates filosóficos y políticos de los tiempos que corren, sino incluso cuestionar los términos en que éstos están planteados. Ciertamente el proceso de exclusión ha determinado no sólo la escasez de obra filosófica femenina, en comparación con la masculina, sino también su falta de transmisión. Este último aspecto resulta especialmente significativo: cualquiera que se dedique con suficiente interés a bucear en el pasado filosófico de Occidente hallará con sorpresa muchos más textos y fragmentos escritos por mujeres de los que hubiera imaginado. Tales fragmentos forman parte de un mosaico que nunca podremos contemplar en su totalidad; sin embargo, y como sugieren las palabras de Arendt, puede que se trate de descubrir “las perlas y el coral”, de dar con aquellos fragmentos del pasado que, arrancados de su contexto y reordenados, tengan fuerza en el presente y no de cualquier manera.

Diana María López

Es profesora de Filosofía de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad Nacional del Litoral, directora del CAI+D: “El lenguaje de la metafísica. Génesis, transformación y crisis de la terminología filosófica” y secretaria de la Asociación de Filosofía de la República Argentina (Afra)

Notas:

Fuente:   http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2013/12/09/opinion/OPIN-02.html

10 de diciembre de 2013

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