Muertes ejemplares

Sabemos cómo murió Sócrates, ¿pero cuál fue el fin de Demócrito, Epicuro, Platón o Aristóles?

Esquilo, a quien el oráculo vaticinó que moriría al caerle una casa encima, falleció aplastado por una tortuga.

Sergi Grau, con quien coincidí en Barcelona este día, acaba de publicar, en Adesiara, un libro esencial y curioso, nada menos que una ‘Antologia obituària dels filòsofs de la Grècia antiga’, un libro que por su sabiduría y amenidad no ha de faltar en ninguna biblioteca que se precie. Maestros egregios de la tristeza, como se nos dice en la contraportada, los filósofos de la Grecia antigua nos han legado un inmenso catálogo de ideas y conocimientos que han ido componiendo, a lo largo de los siglos, el pensamiento occidental. Sus obras, su vida, las escuelas a las que pertenecían, todo ha sido objeto de incontables estudios. Ahora bien, ¿qué sabemos de la muerte que padecieron? Sabemos cómo murió Sócrates, ¿pero cuál fue el fin de Demócrito, Epicuro, Platón o Aristóles? ¿Tuvieron una buena muerte simbólica, tal y como esperaban? En esta antología de Sergi Grau se recoge las crónicas de la muerte de los cincuenta filósofos griegos más importantes de la antigüedad. La lectura atenta de estas crónicas -muy variadas y frecuentemente estrambóticas- nos permite comprobar que los filósofos griegos, a pesar del aura divina que exhalavan, eran humanos, demasiado humanos.

Hay un poema que a Pablo Antón Marín Estrada y a mí nos gusta mucho, escrito por un poeta rumano de quien no recuerdo ahora el nombre, que habla de la muerte de un vagabundo. Es una muerte ejemplar la que se narra ahí, digna de Ulises, y me he acordado de ella, de su decoro, al leer entre risas este libro magnífico. Los filósofos griegos podían morir de muerte fallida o ridícula, por golpes repetidos, por suicidio, de hambre, de mal de ojo, de enfermedad o devorados por los perros. Hubo filósofos, como Platón de Atenas, que murieron de ftiriasis, es decir, comidos por los piojos y a otros a los que la muerte les llegó, como a Aristóteles de Estagira, como castigo a su impiedad. Otros murieron en el exilio, como Empédocles de Agrigento, y para que falleciesen otros fue necesario que conspirase nada menos que un dios, como en el caso de Protágoras de Abdera.

También hubo quien tuvo una suerte tremenda, como Tales de Mileto, que murió en medio de una inmensa alegría en la extrema vejez, y otros que sufrieron una muerte violenta, como Zenón de Elea.

Este es el catálogo de las muertes de los filósofos que Sergi Grau recoge. La más curiosa, a mi juicio, es la muerte por ftiriasis. Según las crónicas antiguas, Carneadas de Cirene, Espeusipo de Atenas, Ferécides de Siros y Platón de Atenas murieron comidos por los piojos.
Esquilo muere aplastado por una tortuga. El oráculo le vaticinó que moriría al caerle una casa encima. Para evitarlo, se fue a vivir al campo. Un día salió a pasear y un águila que llevaba una tortuga entre las garras confundió su cabeza calva con una roca. La casa le cayó del cielo.

Más muertes ejemplares: Tales de Mileto es castigado por su altivez. Caminaba mirando el cielo y no atiende un hoyo en el que se cae. A mí me da más pena Heráclito el Oscuro, que muere enterrado en estiércol. Sufría hidropesía y consultó a los médicos, pero no le encuentran remedio: Heráclito decide automedicarse y se aplica un remedio casero para absorber la humedad y se entierra en heces de vaca.

Cuanto más grande es un filósofo, más le vapulean. Aristóteles visita la corte macedonia para liarse con un eunuco. Adora la gastronomía local y muere de un dolor de tripa. Zenón de Elea se rompe el dedo índice, el de enseñar. La tradición asegura que, estoico como era, se provocó la muerte aguantando la respiración.
La tradición obituaria griega, inédita hasta donde yo sepa en castellano, describe casi todas las muertes de filósofos o poetas de forma anodina o vergonzante. Es una manera de desacreditar su altivez. A la gente le gustaba escuchar que el creador de la tragedia griega también podía ser alcanzado por el Destino. En la Antigüedad era importante hacer mutis con honor. El latino Tácito hablaba de la ‘mors ambitiosa’: la gente deseaba una bella muerte. Pero los griegos no perdonaban la hybris y la tradición vapulea a los orgullosos. Por eso la mayoría de filósofos tiene ese mal morir.

En fin, que esta ‘Graeciae antiqvae philosophorvm anthologia obitvatria’, en versión bilingüe griego-catalán, es un libro que hay que recomendar. Se ríe uno bastante y de la condición humana queda algo que perdura: la coña beatífica de la que hablaba Víctor Botas, que habría disfrutado horrores de haberlo podido leer, y cierta melancolía por un mundo en el que vivir bien era tan importante como morirse con decoro.

Notas:

Fuente: http://www.elcomerciodigital.com/v/20100418/cultura/muertes-ejemplares-20100418.html

SPAIN.  18 de abril de 2010

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