Necesidad, volición y amor

Conocido por sus importantes aportes al campo de la filosofía de la acción, la psicología moral y el estudio de la filosofía cartesiana, Harry G. Frankfurt regresa con su estilo incisivo y directo.

SINTESIS ARGUMENTAL:

Harry Frankfurt ha declarado que su interés no es la moralidad en el sentido estricto del término, sino más bien las consecuencias éticas del deseo, el amor, el cuidado… En “Necesidad, volición y amor” aborda temas de metafísica fundacional, algunos aspectos epistemológicos sobre la obra de Descartes, planteos de filosofía moral, antropología filosófica, filosofía política y religión.

En los ensayos dedicados a analizar cuestiones vinculadas con la normatividad práctica, se aparta de lo que considera un “enfoque excesivamente panmoralista” -presente en buena parte de la filosofía moral contemporánea- para prestar mayor atención a cuestiones de algún modo afines a ciertos tipos de pensamiento religioso: “problemas que tienen que ver con aquello por lo que la gente debe preocuparse, con su compromiso con los ideales y con el papel proteico de los distintos modos de amor en nuestra vida”.

En varios artículos de este volumen Frankfurt retoma y enriquece temas tratados en su obra anterior, ‘La importancia de lo que nos preocupa’, que incluye la versión original de su famoso ensayo “On bullshit”.

SOBRE EL AUTOR:

Harry G. Frankfurt Pennsylvania, Estados Unidos, 1929. Obtuvo el doctorado en filosofía en la Universidad John Hopkins en 1949. Fue profesor en la Universidad de Ohio, en la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) y en la Universidad Rockefeller. Desde 1976 enseñó en Yale, cuyo Departamento de Filosofía dirigió entre 1978 y 1987. Desde 1990 fue profesor en la Universidad de Princeton, de la que es actualmente profesor emérito. Frankfurt mismo ha declarado que su interés no es la moralidad en el sentido estricto del término, sino más bien las consecuencias éticas del deseo, el amor, el cuidado… Sus análisis abren nuevas maneras de pensar la libertad, la responsabilidad, el altruismo y el amor.

EDITORIAL:
Katz Editores

Capítulo 11

Autonomía, necesidad y amor (fragmento)

1.

Hay varios tipos de acciones que, en un sentido u otro, debemos llevar a cabo. Esas acciones no son forzadas, y tampoco se trata de los movimientos que hacemos cuando las realizamos en forma espasmódica o de cualquier otra manera que esté más allá de nuestro control físico. Lo que hacemos no es compulsivo ni obligado. Las acciones son completamente voluntarias. No obstante, no tenemos en realidad otra alternativa que realizarlas.
Una categoría de dichas acciones está compuesta por las diversas cosas que tenemos que hacer porque son indispensables para el logro de nuestras metas fijadas. Se trata de las necesidades de la ambición y la prudencia. En una segunda categoría se incluyen los imperativos más perentorios de la obligación moral. Son las necesidades del deber. Estas dos categorías no agotan los tipos significativamente distintos de acciones a cuyo respecto reconocemos que no tenemos alternativa. Además de lo que nos resulta incondicionalmente indispensable en razón de nuestros intereses prudenciales y nuestras ambiciones, y de las demandas categóricas que se nos hacen en nombre del deber, están las necesidades del amor. No intentaré hacer un análisis general del concepto de amor.

Tal como lo presentaré, el concepto tiene un alcance muy amplio: el amor es una especie de preocuparse por las cosas, y entre sus posibles objetos se incluye todo lo que nos importa en ciertos aspectos. Así, cuando amamos algo -al menos tal como propongo concebir el asunto-, no significa simplemente que nos gusta mucho o que lo consideramos profundamente satisfactorio, como ocurre cuando “amamos” el helado de chocolate o la música para piano de Chopin.

El amar difiere del hecho de tener cierto tipo de sentimientos, como los de la atracción poderosa, el deseo intenso o el deleite cautivante. Tampoco es equivalente a ningún juicio o apreciación sobre el valor inherente de su objeto, ni se deduce de ellos. Amar algo es muy diferente de considerarlo especialmente atractivo o precioso. El hecho de que una persona reconozca que un objeto es valioso o bueno no implica que le importe y ni siquiera que tenga un interés particular en él.

El amor suele implicar, desde luego, varios sentimientos y creencias fuertes que lo expresan, revelan o respaldan. Sin embargo, el núcleo del amor no es afectivo ni cognitivo. Es volitivo. El hecho de que una persona se preocupe por algo o lo ame no tiene tanto que ver con el sentimiento que las cosas despiertan en ella o con sus opiniones al respecto como con las estructuras motivacionales más o menos estables que modelan sus preferencias y guían y limitan su conducta. Lo que una persona ama contribuye a determinar las decisiones que ella toma y las acciones que está ansiosa por realizar o no está dispuesta a llevar a cabo. Como la gente se equivoca con frecuencia acerca de los motivos de sus decisiones y acciones, también puede equivocarse en cuanto a lo que ama. El objeto de amor es de manera muy habitual un individuo concreto específico: por ejemplo, otra persona, un país o una institución. El amado también puede ser un tipo más abstracto de objeto: por ejemplo, un ideal moral o no moral. A menudo pueden ponerse de manifiesto un matiz y una urgencia emocionales más grandes cuando el objeto de amor es un individuo que cuando es algo como
la justicia social, la verdad científica o una tradición familiar. No siempre sucede así, empero, y en todo caso el hecho de que sea ardiente y no frío no es un rasgo definitorio del amor. Los requisitos de prudencia y ambición no sólo son condicionales. También son contingentes. Las intenciones y necesidades de las cuales derivan no son lógicamente necesarias; por lo tanto, no son apriorísticas ni universales y sólo pueden determinarse en forma empírica sobre la base de consideraciones personales. Las características esenciales de las exigencias del deber son bastante más controvertidas. Supongamos, empero, que Kant y otros aciertan al sostener que esas exigencias son enteramente impersonales y no son contingentes ni condicionales. En cuanto a los requerimientos del amor, es indudable que no son lógicamente necesarios. No obstante, pese a su notoria contingencia, pueden ser muy categóricos. Difieren, por consiguiente, tanto de los requerimientos condicionales de la ambición y la prudencia como de las exigencias impersonalmente apriorísticas del deber.

El amor es, sin remedio, una cuestión de circunstancias personales. No hay verdades necesarias o principios a priori mediante los cuales pueda establecerse qué debemos amar; y las coacciones que atan al amante a su amado no atan de manera imparcial e indiferente a cualquier otro. Por otra parte, el amor devoto y sus mandatos suelen ser estrictamente incondicionales. Como los decretos impersonales del deber, también los imperativos del amor pueden ser de una inflexibilidad rigurosa y no proponer escapatorias ni recursos. Las demandas que nos plantea el amor por nuestros hijos, nuestra patria o nuestros ideales pueden ser tan inequívocamente categóricas como las que nos hace la ley moral. En ninguno de los dos casos hay lugar para la negociación: simplemente no debemos violar nuestras obligaciones morales y no debemos traicionar lo que amamos.
No hace falta decir que las demandas del amor y del deber pueden entrar en conflicto. Mi objetivo en este artículo, sin embargo, no es evaluar el peso relativo de la autoridad que, en propiedad, debe acordarse a unas y otras. Tampoco consideraré la posibilidad de que, aun cuando sean incompatibles, la autoridad de ambas sea absoluta. No me interesan aquí la moral ni la razón, sino la autonomía.

Notas:

Fuente: http://www.elsigloweb.com/portal_ediciones/346/portal_notas/15062-necesidad-volicin-y-amor

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