Needleman, genio de la metafísica cuántica

Como todos los genios, Needleman halló la iluminación en un libro, concretamente en un pasaje de Kierkegaard.

LA PRIMERA PERSONA QUE ME HABLÓ de Sandor Needleman fue el célebre cuentista Tim Keppel, quien me prestó dos novelas suyas, Grandes expectoraciones y Las encías de una madre, aunque en realidad Needleman no fue novelista (era un escritor serio) sino filósofo, quizá el más agudo pensador de la modernidad.

El hecho de que siga siendo desconocido hoy, en el vigésimo aniversario de su muerte, es uno de los mayores enigmas de la era de la información.

Como todos los genios, Needleman halló la iluminación en un libro, concretamente en este pasaje de Kierkegaard: “Semejante relación, que se relaciona con su propio ser (es decir, un ser), debe haberse constituido a sí misma, o ha sido constituida por otra”. El concepto me arrancó lágrimas de los ojos –confesó–. ¡Dios santo, ser tan inteligente!

Era tan distraído que una vez se asomó al palco de la Ópera de Milán y cayó al foso de la orquesta. Y tan orgulloso que, incapaz de admitir que había sido un accidente, volvió varias noches y repitió la caída.

Su matrimonio fue desdichado. Prefiero que me incineren a que me sepulten –decía– y ambas cosas a pasar un fin de semana con la señora Needleman.

Para zaherir a Chomsky, quien había asegurado que nacemos con un software gramático, escribió un ensayo titulado La estructura de la frase es innata pero el relincho es adquirido.

Profundamente ético, desarrolló una teoría según la cual “el comportamiento bueno y justo no sólo es más moral sino que puede practicarse por teléfono”.

Su fascismo era moderado si lo comparamos con el de Heidegger, Goebbels, Mussolini, José Obdulio y Ratzinger, pero los críticos coincidieron en que fue muy lejos cuando escribió Holocausto, un libro para colorear.

Mucho mejor recibida fue su obra de divulgación titulada Sobre la coseidad de la cosa, la seriedad del “ser” y la felicidad de coser.

Creía en Dios sólo los días pares, pero no lo hacía por agüero ni porque su fe fuera intermitente sino porque “Dios es energía y por tanto su naturaleza tiene que ser cuántica, es decir, discontinua”.

No admitía críticas a su famosa y larga Tabla de diferencias entre “existencia” y “Existencia”, y siempre prefirió la segunda aunque nunca se acordaba por qué.

Al Ser Auténtico sólo se llega los fines de semana, repetía. Así, aislada de su contexto, la proposición puede parecer un chiste, lo acepto, pero inserta en su tratado Reflexiones de una cucaracha zen, resulta irrefutable y diáfana.

En su obra cumbre, Four trees, que algunos traducen como Cuatro árboles, postula que el hombre es una criatura condenada a existir en un intervalo de tiempo en el que no pasa nada. Por eso compra periódicos y películas, ¡que es donde pasa de todo! Después de pensarlo durante largos segundos, concluyó que él no existía, que sus amigos no existían, y que la única cosa “real” era su deuda con el banco (¡seis millones de marcos!), hallazgo que afianzó sus simpatías con el nacionalsocialismo. Nota: la “realidad” de Needleman era la misma de Hobbes, aunque más alargada. 

Contaba orgulloso que Wittgenstein le había dicho un día: “Su obra y la mía son muy similares”, pero agregaba: La mía es mucho más similar. En realidad ambas son similarmente oscuras, como la mecánica cuántica, la teosofía, la cábala, el Ulyses, la economía y las ciencias ocultas en general.

A veces decía cosas claras, claro: “La nada eterna está muy bien si vas vestido para la ocasión”. O se alteraba: “No sólo no hay Dios: ¡Intenta conseguir un electricista un fin de semana!”.

Era aficionado a cierta marca de atún. Compraba latas por docenas, las abría al tiempo y musitaba: Los quiero a todos. También le gustaban las gallinas, pero no todas.

Admiraba la armonía y la igualdad de las hormigas. Las observaba días enteros murmurando: “Son realmente armoniosas. Si las hembras fueran más guapas, lo tendrían todo”.

Notas:

Fuente : http://www.elespectador.com/columna197592-needleman-genio-de-metafisica-cuantica

(Fuente: Woody Allen, Cuentos sin plumas, Tusquets, 2009).

COLOMBIA.  9 de abril de 2010

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