Nietzsche y Edipo

El vínculo entre poder y saber, poder y verdad, lo estudia Foucault en la segunda conferencia sobre la figura y el símbolo de Edipo que no es lo que para Freud, algo inconsciente e individual, sino “colectivo (…) a propósito del poder y el saber.”

¿Se ha preguntado, amable lector, por qué el estado (me refiero a los poderes públicos, sean federales, o sean estatales o municipales) tiene el monopolio de la fuerza coercitiva, es decir, de la violencia legal? ¿Por qué puede legislar, decidir, ejecutar y, en suma, ejercer la función administrativa, económica o, incluso, establecer la función educativa? En última instancia, ¿por qué puede reprimir y/u obligar?

“No es que el poder sea el mal. Pero el poder es una dimensión del hombre eminentemente sujeta al mal; quizá sea en la historia donde se presenta la mayor ocasión del mal y la mayor demostración del mal.” (1)

El asunto, desde luego, no sólo se puede ver así; también puede decirse que la historia humana ha sido ese largo caminar donde el proceso de racionalización ha logrado el paso de la ley de la selva a la civilización, del estado de naturaleza al de la constitución de la sociedad civil y política.

Así pues, se aprecia bien una paradoja respecto al estado y la constitución de los poderes públicos: por un lado, la violencia, la coerción y, en suma, el mal producido por la lucha por el poder; por otro lado, la racionalidad que muestra el estado de civilización y la lucha por el derecho y la justicia. Ejemplos abundan históricamente, sobre todo de lo que, a nombre del derecho y la ley, se ha cometido en perjuicio de gente probadamente inocente (Sócrates y Jesús son ejemplos de la sentencia última del estado y de la ley).

En esos casos, que la conciencia común identifica como males reales, es donde reluce aquello que se denomina “verdad jurídica” o forma jurídica que se establece en base a la verdad. Aquí es donde querría yo señalar y comentar brevemente la obra de Michel Foucault, La verdad y las formas jurídicas, constituida por cinco conferencias dictadas en los 70’s en la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro (2).

Las dos primeras conferencias son las que aquí me interesan para poner de relieve que, a final de cuentas, la verdad se establece a partir de la lucha por el poder y, en particular, de las prácticas judiciales, o de aquello que se denomina “verdad jurídica” (que es la que condena o absuelve, como el caso de Sócrates o el caso de Galileo).

La tesis de Foucautl es que, en el fondo, “ciertas formas de verdad pueden ser definidas a partir de la práctica penal.” (3) Y en esa primera conferencia muestra cómo Nietzsche se había encargado ya de establecer que lo que se llama conocimiento (y por tanto la base para denotar la verdad) no era sino lucha del poder.

Cuando los hombres inventaron el conocimiento (así como la religión o la poesía), dice Nietzsche (siempre citado por Foucault), ese momento había sido “el instante más mentiroso y arrogante de la historia universal.” (4) El conocimiento, pues, viene a ser el resultado de la lucha de los instintos, “una relación de violencia, dominación, poder y fuerza, una relación de violación.” (5)

Se daba, entonces, entre el sujeto y las cosas una ruptura y no una continuidad (como creían, por ejemplo, Descartes y Spinoza, para quienes entre el sujeto y las cosas, entre el yo y el mundo, siempre estaba Dios como garantía de que el conocimiento era verdadero). Pero también se daba una ruptura en el sujeto mismo, entre sus instintos y su conocimiento, entre su vida y la verdad. De suerte que, incluso, ya no era posible hablar del sujeto sino de los sujetos (en plural) para denotar al yo o lo que se nombraba como tal. Así, el conocimiento, o la comprensión, no era otra cosa que reír, deplorar y detestar u odiar (6). En otras palabras, y yendo más allá de los instintos, el conocimiento se mostraba como una estratégica lucha por el poder. La política, entonces, se volvía una suerte de manejo estratégico de los instintos (o de las pasiones, que es casi lo mismo).

El vínculo entre poder y saber, poder y verdad, lo estudia Foucault en la segunda conferencia sobre la figura y el símbolo de Edipo que no es lo que para Freud, algo inconsciente e individual, sino “colectivo (…) a propósito del poder y el saber.” (7)

Se trata de una suerte de tránsito, durante los siglos VI y V griegos (descritos justamente por Sófocles), entre la prescripción divina (la profecía) y el discurso retrospectivo. Veamos por qué.

En la Ilíada de Homero se narra una disputa entre Antíloco y Menelao; cuando éste se queja de que aquél ha infringido las reglas de la carrera, lo reta a que, de no ser cierto, jure ante los dioses que no ha infringido regla alguna; Antíloco, no jura y, así, reconoce que ha cometido irregularidad en la competencia. Ante los jueces, no vale el testigo que estaba en un punto del itinerario de la carrera (uno se pregunta entonces para qué lo ponían ahí), sino que adquiere todo el valor la fuerza del juramento. Con ello, digámoslo así, la verdad de “lo que pasó” se establece apelando a una instancia divina (el juramento ante los dioses).

Con Sófocles el asunto cambia porque la verdad (lo que ha pasado) se plantea de manera distinta; Edipo, el héroe trágico, recibe un destino: matará a su padre y se casará con su madre. Al principio era una profecía, una prescripción divina; aquí se encuentra el primer eslabón (los dioses); luego, el juego y el rejuego de los reyes y nobles: Yocasta, la madre de Edipo, manifiesta que cuando niño ha entregado a éste a un pastor; y, finalmente, el último eslabón: otro pastor testifica que, recibiendo al niño, lo entregó al palacio de Polibio.

La prueba ya no se da, como en Homero, apelando al juramento ante los dioses, sino ante el testimonio de los pastores (el último eslabón), que cierra el circuito procesal de “lo que ha pasado”. Es decir, se desdiviniza el establecimiento de la verdad a partir de la prescripción y, a partir de ahora, son los pastores (la verdad sin poder) los que cierran el procedimiento que establece la verdad de “lo que ha pasado”, “son algo así como una imagen empírica de la gran profecía de los dioses.” (8) A partir de ahí, las pruebas jurídicas y procesales ya no se establecerá a partir el juramento formal ante la divinidad, sino la del testimonio, incluso de la gente sencilla, que es como decir, ante la verdad del poder (y por tanto de los poderosos), el poder de la verdad (testimonio de la gente sencilla).

¿Qué implica el símbolo de Edipo en todo el desarrollo posterior del derecho clásico griego? Que aunque un vivales invente documentos (para “lavarse las manos” de su función pública), el testimonio de un pastor sencillo puede establecer realmente lo que ha pasado.

Notas:

Ricoeur, Paul: Histoire et Vérité, Editions du Seuil, Paris, 1955 [versión castellana: Historia y verdad, trad. Alfonso Ortiz García,Encuentro, Madrid, 3a. ed. 1990, p. 237]

Foucautl, Michel: A verdade e as formas juridicas, Pontificia Universidade Católica do Rio de Janeiro, 1978 [versión castellana: La verdad y las formas jurídicas, Trad. Enrique Lynch, Gedisa, Barcelona, 2008, 191pp.]

Ib., p. 16.

Ib., p. 18.

Ib., p. 23.

Ib., p. 26.

Ib., p. 39.

Ib., p. 49.

Notas:

Fuente: http://mail.google.com/mail/?shva=1#inbox/11f8816b90087340

Puebla, Mexico. Martes, 17 de febrero de 2009

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