Ortega y la democracia

La conferencia fue en la Fortaleza de San Carlos. Allí La Habana mira a Cuba poéticamente. Comencé hablando de Ortega y sus discípulos, pero me extendí en las relaciones entre Ortega y Zambrano.

Antes de nada dije que Ortega y Zambrano son autores libres, no tienen dueños; son, por decirlo con la metáfora de Zambrano, como la música: “Pues los que van a ella no la poseen nunca. Han sido por ella primero poseídos, después iniciados”. Después me opuse a quienes intentan enfrentar ideológicamente a estas dos figuras y, por eso, me detuve en analizar una conferencia que había dado el actual secretario general del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, en la Fundación María Zambrano de Vélez-Málaga, sobre la cuestión política en la obra de Zambrano.

Una extraña pirueta, una oscura maniobra intelectual, convirtió un interesante discurso sobre la democracia en una inquietante declaración de intenciones para atraer a nuevos votantes y aplacar los bajos instintos de los viejos funcionarios de un partido excesivamente “institucionalizado”. Una defensa brillante, y por momentos exacta, de la democracia, según la entiende María Zambrano, despreciando y olvidando la influencia que sobre ella ejerció su maestro, Ortega, es no sólo una tergiversación del pensamiento de estos dos autores para pensar la democracia, sino que fácilmente puede convertirse en una treta ideológica, en un instrumento totalitario de poder, en manos de burócratas de un partido. El pensamiento político de Zambrano es imposible comprenderlo y desarrollarlo sin la filosofía de la libertad y, sobre todo, sin la concepción del pueblo, de la ciudadanía, que tiene el propio Ortega.

Sin embargo, Rodríguez Zapatero se empeñó en desvincular a Ortega de Zambrano, sin pensar que esa operación podría derivar, por otro lado, en una negación de todas sus buenas intenciones sobre la idea política de Zambrano como factor clave de la existencia humana. Insinuar que Ortega es de los otros y Zambrano de los nuestros podría acabar arruinando el discurso del propio Zapatero sobre la necesaria regeneración política de su partido y, por extensión, del tejido podrido de la sociedad española. Para superar esa perversa dicotomía no estaría mal comenzar reconociendo que también Zapatero es heredero para bien y para mal de Ortega. Lo contrario nos aprisionaría en una política cultural “guerracivilista” que a todos nos equipara en perversidad totalitaria. Ese reconocimiento no sería para Rodríguez Zapatero complicado, pues, a cualquier lector atento de María Zambrano, y sin duda el actual secretario general del PSOE ha demostrado ya varias veces que lo es, no le costaría demasiado reconocer que para ésta son necesarias las minorías selectas, las elites, los intelectuales como factor dinamizador de la democracia. Persona y democracia, la gran obra de Zambrano que Rodríguez Zapatero confesó tener como libro de cabecera, desarrolla, en efecto, la idea de Ortega de que las minorías –aquellas que no se eligen sino que, como ya he señalado otra vez en este ensayo viajero, se seleccionan a sí mismas porque se exigen más que a los demás– tienen la estricta y sagrada función de que el pueblo no se convierta en masa.

Porque me niego a aceptar este tipo de interpretaciones maniqueas de buenos y malos, o sea, Ortega es un “elitista antidemócrata” y Zambrano una “demócrata del pueblo”, el propósito más elevado de toda mi conferencia sobre Ortega fue tomarme en serio una “objeción” repetida a lo largo de décadas contra su filosofía, a saber, ésta es antidemocrática. La “izquierda” dogmática no ha dejado de gritar que el núcleo central del pensamiento de Ortega consiste en un ataque a la democracia y, por extensión, a la política. Convertir esta simpleza en objeción ha sido la obsesión de quienes rechazaban por “principio”, quizá sería mejor decir por autoengaño ideológico, la viabilidad del pensamiento de Ortega, que es una de las alternativas de la filosofía de lengua española del siglo XX a la filosofía idealista europea, por un lado, y al pragmatismo anglosajón, por otro lado.

Ortega no habría plantado cara sensatamente a la razón idealista ni a la revolucionaria, insisten los ideólogos antiorteguianos, ni tampoco habría diseñado un marco apropiado para desarrollar una democracia de calidad. Tomarse en serio esa “objeción” contra Ortega, repetida hasta la saciedad durante la segunda mitad del sigloxx, debería ser el propósito más elevado de quien estudie a Ortega, pues de su resolución dependerá en gran medida la plausibilidad de una filosofía de lengua española a la altura de los tiempos, es decir, de una filosofía genuinamente actual que logre plantear las grandes cuestiones de nuestra época.

Recientemente, a propósito del libro de Henry-Lévy sobre Sartre, he tenido que escuchar varias veces el exabrupto contra Ortega, que generalmente procede de modo especialmente virulento de autores españoles. Y no porque este libro compare a Sartre con Ortega, sino porque los españoles, en vez de estudiar a Ortega con detenimiento y esfuerzo, prefieren seguir los dictados de la moda; y aturdidos por la prosa comercial de Henry-Lévy mantienen retóricamente que está feo comparar, pero que si no hay más remedio, y esa es la carta que siempre ocultan, hay que optar por Sartre y la cultura francesa antes que por Ortega y su “provinciana” circunstancia cultural.

Sin embargo, cuando de Ortega se trata, esta desgraciada comparación deja casi siempre muy mal parados a sus relatores, porque solo consiguen “criticarlo” a través de la descalificación global de su obra, en este caso por ser española, en otros, por haber vuelto a España en pleno franquismo, y a veces porque ni el mismo Ortega aspiraba, como insinúan a veces los más avezados en maledicencias y desahogos antiorteguianos, a ser un gran filósofo.

Poca enjundia, dirán las personas más sensatas, hay en estas descalificaciones de Ortega para iniciar un debate sobre el particular, pues, en estricta lógica, deberían ser los que afirman esas descalificaciones quienes aportasen pruebas y no quienes las negamos. Pero para que los acusadores de Ortega no pierdan sus fuerzas en vanas embestidas culturalistas me atrevería a sugerirles que bajen al albero de las ideas, midan con precisión las distancias, e intenten torear al mejor toro de la ganadería de Ortega, ese que todos intentan asesinar de un bajonazo, porque no se atreven a entrarle por derecho. Y es que hay que tener poca inteligencia para no reconocer que Ortega ha hecho en nuestra época, reitero, en la estela marcada por Nietzsche y Tocqueville en el pasado, la más aguda y severa crítica a la razón revolucionaria en su peor versión, la totalitaria, que cabe esperar de un pensador liberal. La sugerente crítica de Ortega se adelanta a la reciente crítica democrática a los regímenes totalitarios. Su vanguardismo crece, si nos percatamos de que las experiencias totalitarias del nazismo y el estalinismo son posteriores a las grandes obras de Ortega. Pero, sobre todo, el pensamiento de Ortega nos ofrece un instrumental decisivo para analizar las tendencias totalitarias latentes en las democracias occidentales.

La crítica orteguiana lleva incorporada, pues, una propuesta, un método político, que tiene su mejor expresión en una teoría de la excelencia humana, reverso del resentimiento, esa otra cara de la moneda que había estudiado Nietzsche. Por lo tanto, si no es en este terreno, y no en el de la arena política “electorera”, la discusión sobre Ortega y la cultura española y, en cierto sentido, hispanoamericana se disuelve en un lamento jeremiaco de afrancesados de salón, obstaculizando cualquier planteamiento serio sobre los rendimientos que todavía hoy pudiera ofrecer el pensamiento de Ortega para la profundización de la democracia. Que para nosotros, como en su tiempo fue para Ortega, es la cuestión central de la política, y a la que Sartre, dicho sea de paso y para no rehuir la verdad que pudiera encerrar una honrada comparación entre ambos autores, no se atrevió a tocar, porque no pensó jamás con justeza la libertad, y menos aún la democracia. La diferencia es obvia: Ortega era un agnóstico, que defendía la libertad; más aún, pensaba que nuestro destino es libertad, y Sartre creía sólo en la instauración de una instancia superior –lógica de la historia, dialéctica o similar– que convertía al hombre en una pasión inútil.

Aunque estoy lejos de atribuir esa opinión contra Ortega a una deplorable costumbre de repetir opiniones falsas como si fueran verdades demostradas, no resulta sencillo hacerse cargo de estas descalificaciones globales del pensamiento de Ortega. Una primera mirada al exabrupto antiorteguiano corre el riesgo de caer en la hilaridad, estímulo de nuestra risa más plebeya, o soez carcajada del que sólo capta el primer nivel del chiste, que nos impide prestar atención al núcleo totalitario de la difamación lanzada contra un pensamiento profundamente liberal. Más tarde, después de profundizar en el sentido del racio-vitalismo de Ortega, la despectiva jocosidad frente a esa extendida opinión se convierte en sonrisa de desprecio, que corre el riesgo de olvidar la argumentación de Ortega contra la “objeción” totalitaria, o sea, sobre la libertad. Porque hilaridad y desprecio no son buenas consejeras del pensamiento, quiero tomarme en serio, con buen humor, la descalificación del pensamiento y la vida de Ortega y Gasset porque éste hubiera osado despreciar la “democracia”.

En ningún caso estas consideraciones acerca de los estudios “críticos” sobre Ortega deben inducir a creer que es un objetivo intelectual relevante defender a Ortega de quienes le acusan (afirman) de antidemócrata; pues, en estricta lógica, ese seguirá siendo el obtuso empeño, o feroz embestida de almas purulentas, de quienes afirman tal cosa, no de quienes lo niegan. La carga de la prueba corresponde al que afirma no al que niega. No obstante, defender a Ortega en la arena “política”, o electoral, y naturalmente en los grandes medios de comunicación, de la descalificación de “antidemócrata” es, sin duda alguna, uno de los deberes más importantes que debieran imponerse quienes desean construir en Hispano-América un espacio público político y una sociedad civil genuinamente democráticos, enfrentados siempre a quienes ocupan ideológica y materialmente esos ámbitos reales e imaginarios. He ahí los motivos principales para que la segunda parte de mi conferencia estuviera dedicada a pensar la libertad, o sea, la “concepción” orteguiana de la democracia, para aquí y ahora, según paso a contarles a continuación.
 
NOTA: Este texto está tomado del libro de AGAPITO MAESTRE VIAJE A LOS ÍNFEROS AMERICANOS (2003), que acaba de publicar, en una edición ampliada, la editorial Holo.

Notas:

Fuente: http://libros.libertaddigital.com/ortega-y-la-democracia-1276238896.html

15 de abril de 2011

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