Ovación para Malick y su arbol

Los políticos deberían conocer bien la Historia, pero no para repetir sus errores. Hoy, por ejemplo, nuestros líderes deberían conocer El pensamiento europeo en el siglo XVIII, célebre ensayo donde Paul Hazard afirma que los ilustrados fueron críticos hasta la extenuación, y que el centro de su crítica tenía un nombre propio: Jesucristo. Hazard explica a continuación que el siglo XVIII no se contentó con la Reforma de Lutero: “Lo que quiso fue abolir la Cruz, borrar la idea de una comunicación de Dios con el hombre, de una Revelación. Quiso destruir una concepción religiosa de la vida”.

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Sin embargo, al no poder negar la enorme evidencia de la cultura cristiana, la obsesión ilustrada centró su crítica en identificar cristianismo e intolerancia. Así, Voltaire, a pesar de ser un historiador agudo, a la hora de explicar guerras, persecuciones y conflictos sociales tomó el rábano por las hojas y magnificó unos motivos religiosos que, en realidad, encubrían lo de siempre: maniobras del poder político. Dos siglos más tarde, también en París, el periodista André Frossard, hijo del primer secretario del Partido Comunista francés, educado en el más estricto ateísmo, descubrirá que la Iglesia está en las antípodas del cliché volteriano. Le cedo la palabra en este párrafo antológico, tomado de su libro Dios existe, yo me lo encontré: “¿Cómo hubiera podido yo aprender algo útil y verdadero sobre la Iglesia? Voltaire y Rousseau no la habían elogiado, y yo solo leía a Voltaire y a Rousseau desde los doce años. Mis libros solamente me habían hablado de ella en términos difamatorios: mientras se agarraban a sus pequeñeces y acentuaban sus faltas, olvidaban sus buenas obras e ignoraban sus grandezas. Mis libros no me habían dicho que, si la Iglesia no siempre había arrostrado en este mundo el buen combate, por lo menos había guardado la fe, y que únicamente la fe nos había hecho amistosa esta tierra. No me habían dicho que la Iglesia nos había dado un rostro a quienes no sabemos con exactitud si somos dioses o gusanos cenagosos, si somos el adorno supremo del Universo o un débil retorcimiento de moléculas, en una parcela de fango perdida en un océano de silencio. La Iglesia sabía –y constatamos que era la única en saberlo en este siglo de terror– lo que son la deportación y la muerte; sabía que el hombre es un ser que no cuenta finalmente más que para Dios”.


Creo que la recuperación de la verdad histórica también debe mostrar –como lo plantea Chesterton– el desafío de la fe cristiana a las leyes de la supervivencia histórica. Todos los argumentos de Historia comparada, analogía y probabilidad nos dicen que la civilización occidental tendría que haber desaparecido con el hundimiento de Roma. Sin embargo, en el preciso momento en que el Imperio Romano iba a morir –como murieron Egipto y Persia, Asiria y Babilonia–, algo penetró en su cuerpo y transformó el barco hundido en un submarino. Bajo las aguas, el submarino capeó el temporal y volvió a la superficie siglos más tarde, recién pintado y deslumbrante, de nuevo con la cruz en lo alto.


Si la fe cristiana hubiera sido un producto del decadente Imperio, se habría desvanecido con él. Muy al contrario, la Iglesia congregó a los pueblos que ignoraban cómo se levantan los arcos, y les enseñó el románico y el gótico. Por eso, lo más ridículo que puede decirse de una Iglesia que nos libró de tiempos muy negros, es que ella fue oscura y quiere hacernos retroceder al oscurantismo. Sin embargo, a eso se dedican, desde hace décadas, innumerables novelistas, guionistas y directores de cine.


Terrence Malick, por fortuna, juega limpio y se atreve a filmar justamente lo contrario. El árbol de la vida es, de entrada, una extraordinaria reflexión sobre el sufrimiento humano, sobre la tragedia insoportable que te obliga a preguntar “por qué” durante el resto de tus días. Pero es –también y sobre todo– la delicadísima oración de una madre con el corazón en carne viva. Sólo la he visto una vez, y juraría que su asombroso guión está inspirado en Platón, San Agustín, Pascal… El Platón que reduce todo el quehacer filosófico a una meditación sobre la muerte. El Agustín del fecisti nos ad Te, Domine… El Pascal abrumado por la inmensidad del Universo, agazapado en un rincón del Cosmos, que solo reconoce dos tipos de personas razonables: las que aman a Dios de todo corazón porque le conocen, y las que le buscan de todo corazón porque no le conocen.


Lejos de Stephen Hawking y a años luz del radical Richard Dawkins, Malick no presenta a los seres humanos como primates que han evolucionado al azar, en un mundo donde sólo les espera la muerte. Ha logrado, por el contrario, una película de factura perfecta y belleza apabullante, imposible de apreciar en pantalla pequeña. Una sinfonía de imágenes armada sobre el guión de un doctor en Filosofía por Harvard, capaz de enfrentar con solvencia las inmensas y eternas preguntas de todo ser humano.

José Ramón Ayllón

Es filósofo y escritor.

Notas:

Fuente:  http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/opinion/ovacion-para-malick-y-su-arbol-20110929

30 de septiembre de 2011

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