Pablo Oyarzún: “La filosofía debe ser indisciplinada y pública”

El pensador, ensayista, traductor y profesor de generaciones de filósofos suma un nuevo libro a su extensa lista: La letra volada.

Borges dijo que podríamos considerar la metafísica como una rama de la literatura fantástica; Pablo Oyarzún propone que la literatura completa podría ser una rama del escepticismo. Este filósofo observa la conexión profunda de estos saberes de incertidumbre, y ha pensado desde el arte y la literatura porque le interesa lo singular antes que los sistemas exhaustivos. Es decano de la Facultad de Artes y director del doctorado en Estética de la Universidad de Chile; entre sus más de 350 publicaciones destacan los libros De lenguaje, historia y poder, y Entre Celan y Heidegger. Acaba de publicar la reunión de ensayos La letra volada, la mayoría hechos como ponencias para distintos seminarios.

Por cierto, no es su único tema. Pronto aparecerá una colección de presentaciones y comentarios de libros de filosofía, Rúbricas; se esperan las reediciones de Arte, visualidad e historia y La dialéctica en suspenso. Ha traducido del alemán a Kant, Benjamin y Celan, a Swift del inglés y a Baudelaire del francés: pronto vendrán Para una crítica de la violencia, de Walter Benjamin, y una edición bilingüe de la Carta a Meneceo, de Epicuro. Y quiere terminar otros libros y hacer algo en teatro con la obra El cántaro roto, de Kleist, el romántico alemán que lo tiene fascinado.

Su extenso trabajo tiene relación con su postura como filósofo y académico: “Creo que es indispensable ir un poco a contracorriente de la sobrespecialización y profesionalización de la filosofía, tendencia que estimula la producción de papers acreditables, la participación en congresos, el intercambio puramente técnico entre pares, como si eso fuese su naturaleza. En mi trabajo he resistido siempre a esas tendencias, porque estoy convencido de que ésta es, originariamente, más indisciplinada que disciplinaria, que el pensamiento es esencialmente público, que aun si nadie la escucha es responsable por la lengua que todos hablamos, y que no se acomoda a la limitación de hormas rígidas, cualesquiera que éstas sean, si su vocación primaria es lo real. Por eso no me interesan líneas, escuelas o tradiciones, sino discursos y firmas que buscan permanecer fieles a esta vocación primaria. En Chile, pienso, entre mis profesores, en Patricio Marchant y Humberto Giannini; entre mis pares, en Willy Thayer, y entre mis alumnos, en Sergio Rojas y en el trabajo emergente de Rodrigo Zúñiga”.

El punto de partida de La letra volada es la relación entre literatura y escepticismo, y la crisis de la experiencia. ¿Qué autores son aquí cruciales en la literatura contemporánea?

Con las necesarias precauciones, mi argumento sostiene que la literatura contemporánea está marcada por un saber acerca de su propio fin, acerca de su límite estructural, y que ella se despliega en ese mismo límite, ahondándolo. Es la condición eminentemente reflexiva que la caracteriza en todos los autores que considero cruciales: Kafka, Joyce, Borges, Beckett, Celan y tantos otros. Pero también la encuentro en otras escrituras anteriores, que asoman intermitentemente en la época moderna: Montaigne, Swift, Sterne, Lichtenberg, Baudelaire: ya ves que la mayoría de ellos aparece en el libro.

¿No teme resultar anacrónico?
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Me justifico pensando que una obra no es contemporánea sólo por su fecha de nacimiento, sino también por su capacidad para actualizarse de manera inédita en una lectura de hoy, y provocar con la misma fuerza escrituras nuevas que dialoguen con ella. No entiendo esta incursión filosófica en la literatura como la búsqueda de ilustraciones literarias de tesis filosóficas, ni como la traducción a tesis filosóficas de textos literarios, sino como una relación que conecta literatura y filosofía a partir de la incertidumbre, un cuidado o resguardo de la singularidad de los fenómenos y una necesidad de inscripción de estas condiciones en la lengua.

Respecto a Swift, habla de la estrecha relación entre palabra, poder y violencia, la fuerza de la sátira. ¿Dónde se encuentra hoy esa potencia del lenguaje?

La época de Swift fue excepcional en cuanto a la apertura de un espacio público en que la palabra medía su fuerza en los conflictos de poder. Y Swift canalizó en su palabra todos los humores históricamente acumulados de la sátira para producir una escritura que rompe la posición de servicio respecto de los poderes establecidos y sus formas, y lleva a cabo lo que concibo como una crítica radical del poder mismo, cuya envergadura sólo me parece comparable a la de Kafka. No sé dónde está hoy esa potencia; en la literatura chilena me parece advertir sus trazas en Bolaño. Pero su posibilidad constitutiva, creo, está en la audición de los idiomas de la calle, que cruzan e interrumpen las convenciones de la comunicación cotidiana, en su fermentación en el caldo de aquellas pasiones que están vinculadas a la demanda de justicia y de verdad, y que en su nombre nos mueven.

Notas:

Fuente: http://www.latercera.com/contenido/661_133637_9.shtml

Santiago, Chile.  31 de mayo de 2009

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