País busca nana…

Aristóteles resalta la eficacia de la educación paterna por encima de la legal, y advierte que en los Estados donde falte la educación “hecha en casa” proliferarán -atraídos por el infantilismo de la población- los Gobiernos paternalistas y despóticos (Política, 1287b)

Llegaron las vacaciones de Semana Santa (que de ídem tienen lo que la institución que nos las patrocina) y uno de los principales problemas que enfrentan los destinos turísticos y sus habitantes (humanos y no humanos) es el altísimo impacto ecológico que los turistas provocamos sobre las playas, campos y bosques que visitamos.

Como las voraces langostas de la octava plaga bíblica los turistas arrasamos con todo y, al partir, dejamos una estela de destrucción y basura fatal para el ecosistema. Cual simples transeúntes que somos, los paseantes gozamos de esa irresponsabilidad derivada de asumir que las playas, bosques y demás parajes turísticos son de todos y de nadie, por lo que podemos hacer en y con ellos lo que nos venga en gana.

El resultado recurrente es que al término las vacaciones, esos excelsos parajes naturales que nos atraen por su diferencia con el gris paisaje urbano, quedan convertidos en un cochinero similar al del que intentamos escapar cuando “salimos” de vacaciones.
Y, como en el resto de los asuntos del País, en esto no hay ley que valga. Pocos destinos turísticos o sus prestadores de servicios se atreven a poner un alto a la depredación de unos vacacionistas cuya derrama económica es su fuente de vida. Y no me refiero a los springbreakers que llevan años bajo la mira de la crítica xenofóbica y moralista. Me refiero a nuestros vacacionistas autóctonos de la clase social y color de piel que sean.

Y es que si los noviecitos quieren dejar sus nombres grabados en la corteza de un árbol milenario, ni quién les diga nada (‘grabé en la penca del maguey tu nombre, juntito al mío, entrelazadoooos…’). Si los hijos del patrón quieren “divertirse” apedreando perros o practicando su puntería sobre palomitas cucú, adelante. Si las familias quieren hacer su picnic en la playa o el bosque y dejarlo pletórico de botellas de licor, pañales sucios, envoltorios de fritangas y latas de refresco, no hay ni habrá autoridad que los multe.

Todo esto es común verlo en estos días, no sólo porque nadie se atreve a “cabrear” turistas sino, sobre todo, porque no hay Policía que alcance para vigilar a todos y cada uno de los vacacionistas irresponsables.

Y como en los demás casos donde el problema se genera por una falta de autocontrol (como el caso de la obesidad no genética, el alcoholismo ídem y la ludopatía), no faltará quien diga que el causante del problema ecológico posvacacional es la autoridad: que no hay botes de basura suficientes o que no hay vigilantes que hagan cumplir la ley; o, mejor aún, que no hay leyes que conviertan en delito tal o cual conducta.

Las excusas sobran, y a los mexicanos nos encanta apuntar flamígeros dedos sobre los gobernantes porque sabemos que así la “solución” será la misma de siempre: la creación de leyes que jamás se hacen cumplir. No sorprende entonces que -trátese de lo que se trate- los resultados sean idénticos: propuestas que se discuten eternamente, proliferación de leyes y problemas que jamás se solucionan.

Somos, diría Einstein, un País de locos. Porque según el genio de Ulm, locura es perseverar en las mismas conductas y esperar resultados distintos. Esperar que con la misma fallida fórmula -creación de leyes y vigilancia de “autoridades” corruptas- se resuelvan problemas que de suyo se deben a una falta de elemental educación.

Y no lo digo yo: Aristóteles resalta la eficacia de la educación paterna por encima de la legal, y advierte que en los Estados donde falte la educación “hecha en casa” proliferarán -atraídos por el infantilismo de la población- los Gobiernos paternalistas y despóticos (Política, 1287b). Dicho de otro modo: cada alto que la ciudadanía es incapaz de ponerse a sí misma clama por la tutela de una nana y, siendo un oficio bastante lucrativo aquí entre nos, no faltan las niñeras dispuestas a supervisarnos.

Pero “el veinte” que no nos ha caído es que por cada responsabilidad educativa que le endosamos al Estado (vigilar tienditas escolares, alcoholímetros, limpieza de las playas, etcétera) invitamos a las autoridades a interferir en nuestras vidas y creamos también una nueva oportunidad de corrupción: una excusa para que el inspector, policía o autoridad nos extorsione, pida “moche” o simple y arbitrariamente nos ponga una de esas multas fantasma que no hay manera de combatir.

Quizá por ello -ahora que las vacaciones han perdido su significado religioso- no esté de más convertirlas al menos en una oportunidad para el desarrollo de una ética para el aire libre como la que propone el Center for Outdoor Ethics del vecino País del Norte y que básicamente conmina a cada vacacionista a “no dejar huella” de su paso por la Naturaleza (lnt.org).

Porque lo cierto es que mientras no seamos capaces de algo tan sencillo como poner la basura en su lugar, respetar la vida silvestre y no destruir lo que no nos pertenece, seguiremos siendo un pueblo infantil y necesitado de nana, cuyo merecido es el Gobierno despótico que tiene.

¡Felices -y ecológicamente responsables- vacaciones!

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Notas:

Fuente: http://www.mural.com/editoriales/nacional/528/1054647/default.shtm

MEXICO. 29 de marzo de 2010

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