Paso a paso

La mesa de novedades editoriales se inunda con libros que reivindican el caminar

Rousseau decía que solo podía meditar cuando estaba caminando. Thomas Hobbes se pertrechó de un bastón con tintero para que si la inspiración le sorprendía paseando, pudiera tomar notas. Y Friedrich Nietzsche aseguraba que para distraerse recurría a tres cosas: leer a Schopenhauer escuchar la música de Schumann y dar paseos solitarios. Se puede estudiar la historia de la humanidad a través del acto de caminar. Rebecca Solnit lo ha hecho. En ‘Wanderlust’ (Capitán Swing), la escritora estadounidense argumenta que el desplazamiento a pie -incluido el simple hecho de caminar por placer- ha devenido un acto político y estético, preñado de un gran significado social. Grandes paseantes fueron Rimbaud, Thoreau, Nerval, Kant y Gandhi, de cuyas fatigas se ocupan unos cuantos libros de reciente aparición.

El simio se hizo homínido cuando empezó a caminar erguido. Los científicos creen que el caminar apareció hace cuatro millones de años. El andar sin apoyar las manos en el suelo fue un hecho transcendental, pues al liberar sus manos, los machos pudieron cargar con comida, circunstancia que multiplicó la reproducción de la especie. Cuando se camina en busca de algo intangible surge la peregrinación, un modo de alcanzar el perdón, la salud o la verdad.

Solnit reivindica el arte de deambular y de perderse como aventura personal, pero también como acto de resistencia política. ¿Por qué el mero hecho de andar es una manifestación de rebeldía? Basta citar la fecha del 15 de febrero de 2003 para darse cuenta de su importancia. Unos 30 millones de personas salieron ese día en todo el mundo a la calle protestar por la guerra de Irak.

Inspirada en el ahora redescubierto Henry D. Thoreau, Solnit se suma al alud de autores que apuestan por el caminar como metáfora de una nueva forma de ser y estar en el mundo, lejos de la dictadura de la productividad y de la hipertecnificación. En un mundo que trascurre de manera acelerada, el paseo se convierte en la encarnación de los valores que suponen una vida más armoniosa con la naturaleza y nosotros mismos.

En la estela de los pensadores que aducen que andar no es un deporte, sino una ante todo una invitación a meditar se inscribe el libro de David le Breton ‘Elogio del caminar’, que la editorial Siruela publica dentro de su colección ‘Biblioteca del Ensayo’. Caminar pone en suspenso las tribulaciones cotidianas, devuelve al ser humano la emoción de las cosas y excita la imaginación. “El viajero de a pie va en busca de nombres, ya sea el del pueblo más cercano o el del paraje en que se halla, jalones de sentido que humanizan el recorrido y sacan al mundo del caos en que se encontraba”, escribe Le Breton.

Disfrutar del paisaje es un aliciente del caminante. Henry David Thoreau es autor de ‘Un paseo invernal’, que recupera en una cuidada edición Errata Naturae. Thoreau amaba las incursiones heroicas por parajes boscosos, como queda demostrado en el relato que nos ocupa, un texto en el que el artífice de la desobediencia civil expone una visión casi mística de la naturaleza. Con un tono poético y evocador, el escritor remite a un paisaje que hace que nos reconciliemos con la vida. Porque Thoreau transmite con viveza las cumbres heladas, la nieve tibia sobre los alféizares de las ventanas, el aire afilado de la montaña. El poeta y filósofo se rinde ante la magnificencia de las praderas de la América salvaje con una prosa que rezuma la belleza de esos escritores románticos de la estirpe de Chauteaubriand y Saint-Pierre, quienes tampoco supieron sustraerse a la belleza de las tierras de América y África.

El suizo Robert Walser fue, además de unos de los escritores más brillantes en lengua alemana, un caminante impenitente. Murió un día Navidad de 1956 cerca del manicomio de Herisau, donde había pasado los últimos días de su vida. Walser es autor de ‘El paseo’, una obra delicada en la que con espíritu melancólico e ironía desliza descripciones y opiniones sobre lo que observa y de las personas con las que se topa. “Amo el ahorro y la moderación y soy contrario en el nombre de Dios en lo más hondo de mi ser a toda prisa y atosigamiento”. Con esta declaración de principios se comprende la lucidez con que disecciona Walser las absurdas convenciones sociales. Obsesionado por la insignificancia, su prosa retrata a personajes anónimos. Walser elogia la lentitud, se detiene ante el detalle más nimio y contempla la inocencia de los niños, al tiempo que expresa su pavor hacia los automóviles y la velocidad.

Pasear, conversar y admirar las vistas. Conviene en ocasiones así hacer un alto en el camino y leer a ilustren paseantes.
@paniaguajimenez

Notas:

Fuente:  http://www.elcomercio.es/culturas/libros/201503/21/paso-paso-20150321022540-rc.html

21 de marzo de 2015.  ESPAÑA

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