Permanente lección de Tomás de Aquino

HOY día 28, celebramos la comunidad universitaria la festividad de Santo Tomás de Aquino. Quiero, como reconocimiento hacer en esta semblanza sobre su trayectoria intelectual como estudioso y maestro.

Las actitudes extremas, por reactivas, no producen sazonados ni maduros. Responden a posturas preconcebidas y suelen estar faltas de calma sosegada. Cuando esto sucede en el orden intelectual, el problema es aún más grave.

Debido a una ley pendular-explicable, en cierto modo pero no justificable- se pasa a posturas extremas y hasta despreciativas que no responden a un intelectual de fuste y consistencia. No son comportamientos constructivos y suelen ir acompañados incluso de un larvado o explícito fanatismo, y esto es lo más ajeno a una actitud intelectual, razonable y crítica. Esto es más propio de medianías de pensamiento en cualquier rama de los saberes, aunque yo haga en este momento especial referencia a Tomás de Aquino, en el campo de la filosofía y de la teología. Como consecuencia de una falta de pensamiento crítico e incluso de honestidad intelectual se hacen afirmaciones tan gratuitas como precipitadas. Se han dicho de Tomás de Aquino cosas no siempre exactas, incluso desacreditativas al hablar de su obra y de su actitud intelectual.

También ha ocurrido por desgracia, que incluso que algunos pretendidos seguidores y defensores suyos hayan hablado poco de un diálogo profundo y de escucha atenta al mensaje de Tomás en su contexto histórico. Por desgracia nos han ofrecido una figura acompañada de un rigorismo y dogmatismo intelectual. Nos lo han presentado a veces con la frialdad del silogismo y la precisión cuadriculada del concepto. Y, en verdad, si detestamos la dictadura, con menos razón nos sometemos a la de tipo intelectual. Asentimiento y adhesión no es imposición forzosa. Las cuestiones disputadas fueron uno de los métodos más originales y vivos durante su enseñanza.

Hay algunos que siguen mirando al aquinate como la recia figura de alto pedestal, pero tan inerte que para muchos no les dice nada. Algunos preocupados por las glorias del sabio han olvidado al hombre. Es cierto que podamos admirar su altura metafísica, cima y cumbre de la razón humana y desde su dimensión teológica buceando en los misterios de Dios desde la inteligibilidad razonable de la fe. Como hemos dicho el genio de Tomás de Aquino ha podido servir muchas veces para la admiración más que para la invitación atrayente. Le rendimos en el mejor de los casos el tributo de un silencio reverente y externo que otorgamos al genio convertido en busto de tosca madera o mármol blanco. Pero este respeto no se traduce en vitalidad humana, en proximidad y cercanía, en ejemplaridad y imitación. Hemos podido caer en el pecado y en la aberración de la idolatría y por tanto, en el de la deshumanización. G.Marañón nos ha ofrecido un sugerente y maravilloso bosquejo del ídolo: “De ningún ídolo se aprende nada. Y, claro está, que enseñar es, punto por punto lo contrario de abdicar de la razón el ídolo en el que solo se reconocen virtudes asombrosas es incapaz de suscitar el amor de la muchedumbre y, sin éste no hay gloria duradera”. Hemos olvidado en Santo Tomás, su vida de lucha, de inquietante saber, de vibración tensa, de profunda contemplación, de cuestionamiento y entrega ardorosa por la búsqueda de la verdad.

Jacques Maritain después de haber reflexionado en una larga andadura por el campo de la filosofía y su proceso histórico hace un esfuerzo singular ofreciéndonos un breve pero sustancioso ensayo sobre el doctor angélico. Ya han pasado muchos años, pues nos entrega su obra, prologada por él mismo el año 1930. Pero a pesar del tiempo transcurrido, este breve libro tiene la lozanía y el vigor de quien se ha encontrado con un hombre de recia contractura intelectual y búsqueda apasionada de la verdad. El segundo capítulo de este libro habla de Santo Tomás como del “sabio arquitecto” y en el prefacio y presentación de sus reflexiones, Maritain no dice que este ensayo no es una exposición de la doctrina tomista, sino más bien un intento de esclarecer ciertos aspectos esenciales del esfuerzo intelectual de Santo Tomás. El autor puntualiza que no se refiere tanto al legado pasado de Santo Tomás, cuanto a su presencia actual y siempre eficaz, pues no tratamos, dice, de un tomismo medieval, sino de un tomismo perdurable y actual, pues para juzgar la obra de un autor una vez garantizada la especificidad de nuestra vida intelectiva, entonces y solamente entonces, podremos y debemos permitir que opere libremente la tendencia universalista tan admirablemente manifestada en Tomás de Aquino.

El tomista, puntualiza en otro momento Maritain, no está ni a la derecha ni a la izquierda, no se sitúa en el espacio, sino en el espíritu y hace esta audaz afirmación: “Considerar el tomismo como un vestido que se acostumbraba a usar en el siglo XIII, que ya no se viste más, y como si el valor de la metafísica fuese una mera función del tiempo, es un modo de obrar verdaderamente bárbaro”. Y, ahondando más en sus refecciones, define la función de la inteligencia diciendo que ésta nos exige mantener por verdadera -si está en la verdad- una sola doctrina filosófica entre todas las demás, lo que no impide que la investigación filosófica indefinidamente progresiva.

Frente a la supuesta caducidad y muerte del pensamiento de Santo Tomás, Maritain replica con vigor a este fraude. Los detractores están dispuestos incluso a aceptar y reconocer que Tomás de Aquino fue una gran luz, tan grande como se quiera, sublime, inmensa, pero con la condición de que esa luz haya brillado, pero que ya no brilla. El filósofo francés replica que estos censores no entiende que la inmutabilidad de lo adquirido por la sabiduría, no está en el tiempo, sino sobre él, lejos de paralizar la historia, acelera su curso y el progreso del saber. La verdad no se diluye en la historia; el espíritu no fluye, que hay estabilidades no de inercia, sino de espiritualidad y de vida; valores que no son temporales; adquisiciones eternas y que la inteligencia es trascendental con respecto al tiempo.

Tomás es humano, profundamente humano en su modo de ser, humano en su estudio, humano en sus manifestaciones, ¡qué cercano nos parece cuando vemos en sus manuscritos -con estilo vibrante y recio- tachaduras y correcciones, enmiendas, transposición de artículos, incluso de capítulos!. Santo Tomás no fue un sabio por generación espontánea. Dormía muy poco y dedicaba al día, entre el estudio y la oración unas dieciséis horas, estaba al tanto de las últimas novedades bibliográficas y se procuraba las mejores ediciones de las obras de naturalistas, filósofos y teólogos. Tomás aunque murió a la temprana edad de 49 años, estaba agotado por el estudio en una entrega ejemplar al servicio del pensamiento y de la Iglesia. Podemos comprenderlo muy bien, cuando nos habla del sentido ascético y la ardua dedicación al estudio que consume y agota.

Su mente sentía, como toda inteligencia humana la intranquilidad de la duda y de la no inmediata visión de las cosas y esto, da origen a su inquietante búsqueda, a su pasión por la verdad esté donde esté, sin acepción de sistemas o de personas. De él son estas palabras: “La filosofía no estudia lo que han pensado los hombres, sino que investiga la verdad de las cosas”. “Mi entendimiento se perfeccionará, no con lo que piensen los demás, sino con la posesión de la verdad”. Y esta actitud que le agiganta hacia una comprensión de las distintas posturas de los demás, no le impide tener la libertad de espíritu para apartarse incluso de sus maestros cuando cree que se equivocaron”. “A todos somos deudores, dice; tanto a los que se equivocaron como a los que acertaron en el camino de la verdad; a unos porque nos orientaron en su investigación y hallazgo, a otros porque nos enseñaron el camino que bebíamos evitar”.

Toda la vida y obra de Santo Tomás adentrándonos fielmente en ella, nos lleva a ese humanismo que proviene de la búsqueda y encuentro con la verdad. Su mirada penetrante y escrutadora respira acogida, hallazgo gozosamente sentido, visión profunda y amorosa. Esa bondad natural y cultivada, bellamente cantada en “Il buon frate Tomasso -del Dante. Fra Angélico le sorprende en un acto de contemplación que respira gozo sereno, mirada penetrante, honda y densa de misterio. Es su diálogo amigo con la Verdad.

URBANO ALONSO DEL CAMPO

O.P. PROFESOR EMÉRITO DE LA UGR

Notas:

Fuente: http://www.ideal.es/granada/20090128/opinion/permanente-leccion-tomas-aquino-20090128.html


Andalucía, Spain. Mércoles, 28 de enero de 2009

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