Piratas de Aristóteles

Recientemente encontré la traducción al italiano del curioso libro de Peter Leeson, “El gancho invisible: La economía oculta de los piratas” (Princeton University Press, 2009). Leeson, historiador estadounidense del capitalismo, explica los principios fundamentales de la economía y democracia modernas, tomando como modelo las tripulaciones de los barcos piratas del siglo XVIII. (Sí, los mismos barcos que, en un tiempo, navegaban bajo el mando de gente como Barbanegra y el capitán Kidd y ondeaban estandartes que lucían cráneos y tibias. Esos estandartes eran originalmente rojos, no negros -cuando menos así se dice- y de allí nació el apodo de “Jolie rouge”, que más tarde fue transformado en inglés, por la mala pronunciación, como “Jolly Roger”).

Leeson muestra que, gracias al férreo código de los bucaneros -obedecido por todo pirata digno de ese nombre- era un sistema justo: democrático, igualitario y abierto a la diversidad. Era, en pocas palabras, un modelo perfecto de sociedad capitalista.

Pero estas nociones están bien tratadas en el libro, y yo pretendo hablar más bien acerca de una asociación de ideas que me vino a la mente mientras lo leía.

El primer hombre que trazó un paralelo entre los piratas y los mercaderes (en otras palabras, los empresarios libres, modelos del capitalismo futuro) fue Aristóteles -si bien él no pudo haber sabido nada acerca del capitalismo-.

EL VALOR DE LA METAFORA

Aristóteles fue el primero en definir “metáfora”, tanto en “Poesía” como en “Retórica”, y en esas primeras definiciones aseguraba que la metáfora no es un simple ornamento sino una forma de conocimiento en sí. No obstante, durante muchos siglos después de Aristóteles la metáfora siguió siendo vista sólo como una forma de embellecer un discurso sin cambiar su sustancia. Y hasta la fecha, algunos siguen opinando que ésa es su función.

Pero en “Poética”, Aristóteles escribió que comprender buenas metáforas es ser capaz de identificar conceptos similares o relacionados. El verbo que empleó es “theorein”, que significa discernir, investigar, comparar, juzgar. Con relación a esta función cognoscitiva de la metáfora, Aristóteles entró en más detalles en “Retórica” cuando escribió que cosas que generan admiración son agradables porque nos llevan a descubrir una analogía inesperada. En otras palabras, como él escribió, “colocan ante nuestros ojos algo de lo que nunca nos habíamos dado cuenta, y nos lleva a penar: ‘Mira, eso es realmente como es, y sin embargo yo no sabía’”.

Como podemos ver, en esta forma Aristóteles asignó a las buenas metáforas una función semicientífica. Es un tipo de ciencia que no involucra descubrir algo desconocido, sino que crea una nueva forma de ver las cosas. ¿Y cuál es uno de los ejemplos más convincentes de metáfora que colocó ante nuestros ojos? Una metáfora (y no tengo la menor idea dónde la encontró Aristóteles) en la que los piratas eran descritos como “proveedores” o “abastecedores”. Como con otras metáforas, Aristóteles sugería que, cuando estuviéramos enfrentados con dos cosas aparentemente diferentes o incompatibles, debíamos identificar cuando menos una propiedad común que compartieran, y entonces quizá viéramos las dos cosas diferentes como especies del mismo género.

GENTE BUENA

Generalmente los mercaderes eran vistos como gente buena que navegaba los mares para transportar y vender legalmente sus mercancías, en tanto que los piratas eran los villanos que atacaban y saqueaban esos barcos mercantes. No obstante, la metáfora sugiere que lo que los piratas y mercaderes tenían en común era que transferían bienes de una fuente hasta el consumidor. Sin duda, una vez que los piratas habían saqueado a sus víctimas, se alejaban navegando para vender sus ganancias mal habidas en uno u otro lugar, y en consecuencia, ellos eran también transportadores, proveedores y abastecedores de mercancías -aun cuando sus clientes estuvieran adquiriendo bienes de dudoso origen-. En cualquier caso, esa sorprendente similitud entre mercaderes y sus predadores crea toda una serie de suspicacias, de forma que el lector es llevado a pensar: “Así es como era, y yo estaba equivocado antes”.

Por una parte, esta metáfora hace necesario reconsiderar el papel del pirata en la economía del Mediterráneo. Pero, por la otra, lleva a uno a reflexionar con cierta sospecha sobre el papel de los mercaderes y sus métodos. En pocas palabras, esta metáfora parece anticipar lo que el escritor alemán Bertolt Brecht diría siglos más tarde: que poseer un banco es un crimen peor que robarlo. Aristóteles no pudo haber anticipado lo extrañamente inquietante que sonaría hoy la frase de Brecht, a raíz de la crisis financiera internacional.

No hay necesidad de pretender que Aristóteles hubiera estado de acuerdo con Karl Marx. Pero es muy fácil sentirse divertido por esta historia de piratería. Astuto diablo, ese Aristóteles.

Notas:

Fuente: http://www.eldia.com.ar/edis/20101126/opinion3.htm

ARGENTINA. 26 de noviembre de 2010

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