Por una nueva aristocracia

En griego, áristoi significa “los mejores” y kratia, “gobierno”. Aristocracia quiere decir, pues, “el gobierno de los mejores”. Era la opción que Platón propugnaba como ideal en politeia. Politeia significa “gobierno de la ciudad” o “política”, término que Cicerón tradujo al latín como Res publica (cosa pública), o sea, La república. Para Platón, la aristocracia era la mejor manera de hacer “política”, es decir, de gobernar.

Platón prefería ver el Gobierno compartido entre los mejores que concentrado en una sola mano o monarquía. Cuando la riqueza pasaba por encima de los valores, los mejores eran desplazados por los más temidos y la aristocracia devenía timocracia, o Gobierno de los poderosos. Platón sostenía que la timocracia degeneraba en oligarquía, o Gobierno interesado de unos pocos. La rebelión popular contra la oligarquía instauraba la democracia, el Gobierno del pueblo, que no estaba preparado para gobernar: entonces la democracia se convertía en demagogia, un desgobierno propiciador de la tiranía.

ESTAS FIGURAS platónicas fueron recuperadas por Aristóteles y otros pensadores, pero sobre todo sirvieron para denominar formas reales de Gobierno más o menos ajustadas al modelo teórico de Platón. La evolución de la sociedad, sin embargo, introdujo sofisticaciones en las formas de gobierno, lo que convirtió en anfibólicos estos términos. Así, tan “monarca” es un democrático rey constitucional moderno como un despótico soberano medieval, y tan “democrática” es la Unión Europea como la Atenas de Pericles, por más que presenten serias diferencias entre sí. Igualmente, el concepto moderno de república no tiene nada que ver con la idea platónica de politeia.
El término aristocracia también ha sufrido cambios importantes. En la Europa renacentista devino sinónimo de nobleza. Los aristócratas eran los nobles, es decir, los poseedores de tierras y títulos, a los que Platón hubiera llamado timócratas. En no pocos casos habrían merecido la denominación de oligarcas, de no ser porque tal término cubrió nuevas necesidades semánticas y pasó a designar, mejor, a los timócratas plebeyos, o sea, burgueses enriquecidos que decidían pro domo en política económica.
El caso es que el pueblo detestaba a los aristócratas, cultos e incluso refinados, pero egoístas, displicentes y reaccionarios. La Revolución Francesa barrió a la aristocracia, instauró la democracia republicana y dio a todos esos términos nuevas connotaciones que han perdurado hasta el presente. En la actualidad, asimilamos aristocracia a algo rancio o a elegancia literaria.

TAMBIÉN HAN surgido otros conceptos. Hablamos de meritocracia, por ejemplo. Estados Unidos es un país meritocrático, porque quienes tienen méritos prosperan. No es un concepto político, pero el triunfo social de los valiosos—por encima de privilegios, prebendas e influencias—instaura una moral socioeconómica que acaba teniendo influencia política. Estados Unidos es una democracia meritocrática, en tanto que la Catalunya burguesa del siglo XIX y del XX fue un país meritocrático que, gracias a ello, sobrevivió bajo una monarquía borbónica o una tiranía franquista de carácter timocrático, si no oligárquico. En todo caso, las democracias liberales subsiguientes al ideario ilustrado de la Revolución Francesa presentan síntomas de agotamiento ideológico.
La famosa refundación del capitalismo propugnada por Nicolas Sarkozy o Tony Blair suena a canto del cisne del modelo. Las tiranías populistas que se adueñaron de la ideología marxista han pasado también a la historia. La emergencia del sostenibilismo, que no es una ideología política, pero que conlleva un marco socioeconómico incompatible con los modelos sociopolíticos imperantes, acaba de acentuar la necesidad de cambios profundos.
En Catalunya, la meritocracia ha entrado en crisis desde que un sensible porcentaje de la población ha pasado a engrosar las filas del funcionariado y desde que se ha debilitado la autoexigencia. Sin la meritocracia que ejerció de aristocracia subsidiaria durante dos siglos y carente de aristocracia nobiliaria efectiva desde el siglo XVII o antes, Catalunya corre el riesgo de quedar decapitada. De hecho, ya lo quedó con el hundimiento de su aristocracia bajo los Austrias y apenas recuperó un liderazgo meritocrático bajo los Borbones, las dos repúblicas o el franquismo. Precisa dotarse, pues, de un estamento con capacidad y voluntad lideradora, en el bien entendido de que los partidos son otra cosa. Algunos pensamos que necesita una neoaristocracia moral, sostenibilista, heredera de los valores griegos, de la ideología ilustrada y de la meritocracia burguesa.

SIN ÉLITES NO hay sociedades organizadas. Hacen falta élites capaces y moralmente íntegras, unos nuevos áristoi sostenibilistas que eviten las oligarquías y tira- nías a que estamos expuestos, sobre todo ahora que el pueblo empieza a acumular animadversión hacia un sistema enloquecidamente desarrollista y unos dirigentes que han llevado al mundo a la delicada situación actual. Salvando las distancias, el momento presente ofrece significativos paralelismos con la segunda mitad del siglo XVIII. Suerte hubo entonces de los ilustrados. Eran los clarividentes aristócratas platónicos enfrentados a la insensatez de los oligárquicos aristócratas nobiliarios. ¿Quién se opondrá a los tiranos, oligarcas y demagogos modernos?

LEONARD BEARD RAMON

Socioecólogo. Director general de ERF

Notas:

Fuente: http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idnoticia_PK=580788&idseccio_PK=1006&idioma=CAS

Cataluña, Spain.  Viernes, 23 de enero de 2009

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