Por una revolución en los afectos

Como se puede ver en la reseña anexa, quien esto suscribe considera a La herida de Spinoza un libro fundamental. Confiamos en que estas preguntas y las respuestas del filósofo español Vicente Serrano complementen su recomendación.


Vicente Serrano, filósofo.

Cuando habla de la ética incompleta de la modernidad, del hambre de poder, del divorcio con la Naturaleza, me resulta curioso que si bien su origen se puede trazar hasta Descartes, su presencia se puede encontrar en una población que jamás lo ha leído a él o ningún texto de filosofía… ¿Cómo llega a la población en general? ¿O son los filósofos que describen la forma de pensar de la gente? ¿La modernidad surge con Descartes?

En realidad los filósofos van siempre con retraso y no por delante, aunque en ocasiones anticipen porque son capaces de ver señales que los demás no ven.

Pero no inventan ni planifican, no son legisladores. Como decía Hegel: “El búho de Minerva alza siempre el vuelo al anochecer”, es decir, el filósofo elabora sus tesis a partir de la sociedad y las tendencias que vive y una vez que ocurren los acontecimientos. En el caso de Descartes, obviamente tuvo la cualidad de sintetizar corrientes que se vivían en su época.

La nueva ciencia es un trabajo colectivo y de más de una generación, se remonta de hecho a lo que un historiador de la ciencia francés llamaba una ciencia de ingenieros de fines de la Edad Media. Todos y cada uno de los elementos de su obra científica y filosófica se pueden detectar en sus contemporáneos.

Inventó la geometría analítica y fue un hábil propagandista; supo traducir todo eso al lenguaje de la metafísica clásica y dio lugar a una revolución filosófica, pero la modernidad no la inventó él.

Tras leer su libro me declaro spinozista y tengo la sensación de que, con esta moda de la “conciencia global” o ecológica, mucha gente se está acercando también a esta forma de pensar, y una vez más, sin haber leído una palabra de filosofía. ¿Le parece cierto que la gente se está acercando a una cierta forma de spinozismo o es tan solo una ilusión mía?

En parte sí. Hay, por ejemplo, un autor escandinavo, Arnes Naess, defensor de lo que llama la ecología profunda que ha buscado la conexión con Spinoza. Pero no creo que la ecología entendida como un cálculo que preserve la naturaleza sólo desde un punto de visa utilitario, es decir, como una reserva de recursos, sea la posición de Spinoza.

El problema es que nuestra concepción del mundo y de la vida cotidiana, al menos la dominante, está instalada en el exceso, que no sentimos que la naturaleza pueda ni deba limitarnos, sino al contrario, y que a lo sumo debemos economizar.

Lo que sí creo es que la posibilidad de salir de ahí pasa por autores como Spinoza y su comprensión de la naturaleza como una totalidad de la que formamos partes, y no por tanto esa especie de infinito almacén del que extraer recursos ilimitadamente para intentar una tarea imposible, que es la de satisfacer un deseo insaciable.

Y sobre todo creo que una recuperación de la naturaleza pasaría por enfatizar la importancia de nuestra vida afectiva que es nuestra conexión más profunda con la naturaleza y donde podemos encontrar los límites que ella representó durante siglos.

Y ESA FELIZ COMBINACIÓN ES LA QUE OFRECE SPINOZA.

Hace unas semanas, el biólogo Frans de Waal comentó en un foro en Vancouver que comportamientos como la cooperación y la sociabilidad tienen una fuerte base biológica. Sin embargo, para él es impensable que esa empatía biológica pueda permear a capas superiores como el sistema económico o político, donde imperan la competencia y la lucha. ¿Cuál sería la perspectiva del filósofo? ¿Avanzamos hacia una “civilización empática”, como dice Jeremy Rifkin?

La cuestión del altruismo y la tendencia a la colaboración, como una tendencia biológica y necesaria para la especie, se conoce desde hace mucho tiempo. En cambio, es cierto que las premisas metodológicas de la economía y la política siguen asentadas en el individualismo egoísta, en la idea de que el hombre es un lobo para el hombre de Hobbes o en la concepción dialéctica que Hegel expresa en oposición amo-siervo, que curiosamente tienen la misma matriz, como ya trato de explicar en La herida de Spinoza.

No sé si avanzamos ya hacia una civilización empática. Creo que la voluntad de poder como afecto básico sigue dominando nuestras vidas, sigue siendo el afecto fundamental en torno del que gira la mayor parte de las vidas. Descubrir que es así y lo dañino que resulta sería un primer paso importante, casi una “revolución de los afectos”.

Como biólogo que soy siempre creí que la ciencia le había quitado el tema de estudio (la naturaleza) a la filosofía, dejándola, como usted dice, en el papel de estudiar al que estudia a la naturaleza, o de hacer historia de la filosofía. Pero su libro, al unir felicidad, neurobiología y política, me ha abierto una nueva perspectiva: a la ciencia le falta una visión integradora sobre la naturaleza que la filosofía le puede dar. ¿Están trabajando en equipo científicos y filósofos?

La filosofía y la ciencia se empiezan a separar ya en el siglo XVIII y ya definitivamente en el XIX. Sus aproximaciones a la realidad son diferentes. La ciencia es analítica y basada en la experiencia y en los resultados. La filosofía es más bien sintética y crítica, porque su tarea ha sido proporcionar grandes síntesis o hacer la crítica, sobre todo desde la Ilustración; por eso, a pesar de algunos logros, la filosofía analítica anglosajona nunca me ha interesado mucho, porque no permite ni lo uno ni lo otro. La filosofía y la ciencia están condenadas a entenderse, la filosofía no puede desentenderse de la ciencia y la ciencia tampoco de las dimensiones morales y políticas, y para abordar estas últimas la condición sintética y crítica de la filosofía es más útil.

En la práctica no es frecuente que haya equipos en los que colaboren científicos y filósofos y saquen adelante proyectos. La actividad científica y académica es especializada, basada en modelos de mercado, en criterios de rentabilidad y cada cual está muy ocupado en su tarea.

Los científicos suelen mirar con cierto desprecio a los filósofos, pero cuando un científico quiere decir algo interesante acaba haciendo filosofía, sea o no consciente de ello. En cuanto a los filósofos, para aportar algo deben ser prudentes y atender a los resultados de la ciencia. Siempre ha sido así, de modo que al final hay más colaboración de la que parece.

Hace unas líneas me reconocí spinozista, pero me reconozco en la carencia de límites de la era moderna. Tengo la esperanza de que leer su libro me lleve a ponerme límites. ¿Suceden cosas así?

Sin duda. Ciertamente es precisa una disposición o apertura, una actitud previa, pero hay obras que cambian la vida de uno. La Ética de Spinoza es una de ellas. Yo la leí siendo muy joven, y decidí estudiar filosofía y dedicarme a la filosofía. Muchos años más tarde pude dedicarle este libro. Un libro como la Ética de Spinoza nos permite entender la combinatoria básica de nuestras emociones, es decir, de la sustancia de la que está hecha nuestra vida, nuestra alegría y nuestra tristeza, y por tanto no puede dejar a nadie indiferente, porque aquello de lo que habla es en el fondo de lo más íntimo de nuestro ser, de la esperanza, del temor, de nuestras pasiones, y además nos da criterios para orientarnos en su laberinto.

Lo que sí es cierto es que exige un cierto esfuerzo, que no ofrece una fórmula mágica o una pastilla. Como todo lo que vale exige un cierto esfuerzo. De hecho más o menos con esas palabras acaba su Ética, uno de los grandes clásicos del pensamiento.

  Un libro como la Ética de Spinoza nos permite entender la combinatoria básica de nuestras emociones, nuestra alegría y nuestra tristeza, y por tanto no puede dejar a nadie indiferente, porque aquello de lo que habla es en el fondo de lo más íntimo de nuestro ser, de la esperanza, del temor, de nuestras pasiones”.

Notas:

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Fuente: http://eleconomista.com.mx/entretenimiento/2012/04/08/revolucion-afectos

MÉXICO.  9 de abril de 2012

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