Que la ley sea justa

Es cierto que la frontera entre civilización y barbarie estará siempre en el respeto de las leyes. Pero, en la vida de los seres humanos, no todo lo que se llama ley coincide absolutamente con lo que debe ser la ley. Mi profesor de Filosofía del Derecho me enseñaba que las leyes son recipientes que deben contener justicia, so pena de desvirtuarse y no servir para nada.

Si una sociedad pierde el sentido de universalidad de la justicia y empieza a legislar con dedicatoria, entonces es muy probable que sus leyes sean injustas y, por consiguiente, detestables. Dice San Isidoro, en sus Etimologías, que “la ley ha de ser honesta, justa, posible según la naturaleza y las costumbre del país, proporcionada a los lugares y a los tiempos, necesaria, útil; clara, para que no haya engaños ocultos en su oscuridad; ha de estar dictada no para provecho privado, sino para la común utilidad de los ciudadanos” (Citado por Santo Tomás, Suma Teológica, cuestión 95, artículo 3).
O sea que las leyes positivas hay que enmarcarlas en el horizonte moral de la ley eterna y de la ley natural. Esta última es la base ontológica del derecho que emana de nuestras instituciones democráticas y que llamamos derecho positivo o de gentes.

Conforme al principio de que “el obrar sigue al ser y el modo de obrar sigue al modo de ser”, conviene observar en el ser humano sus propiedades esenciales (sustancia animal racional) para respetarlas y potenciarlas al máximo de manera que la ley no destruya la libertad ni esta a las leyes. En el fondo, se trata de un proceso por el que vamos deduciendo de principios y de instancias naturales, que son manifiestos en nosotros, conclusiones lógicas que nos permiten resolver necesidades prácticas y concretas. Por eso, cualquier legislador que se respete debe legislar según la recta razón, y no por puro voluntarismo político, tan característico de todos los populismos, que siempre corrompe la proporción de los medios con los fines y pierde el sentido de lo justo por culpa de las pasiones (sensualidad, cólera, venganza), es decir, ese mundo emocional tan subjetivo que evade o altera la objetividad de una mente educada en la racionalidad del que sabe distinguir en la realidad lo que es de cada uno o de los demás.

Santo Tomás definió la ley como “dictamen de la razón en orden al bien común, promulgado por quien tiene el cuidado de la comunidad” (Santo Tomás, Suma Teológica, cuestión 90, artículo 4). Hay que agradecerle la claridad y la concisión de su pensamiento. Aporta términos como razón, bien común y autoridad, que son una buena pauta para la crítica sensata y constructiva y una gran herramienta para una lectura cruzada de todo lo que tratan de articular nuestros legisladores que buscan alcanzar consensos, a mano alzada y muy deprisa, para cumplir con una agenda prefijada, y sin darse bastante tiempo de pensar lo que nos conviene más: una nación tranquila y trabajando en paz, con ilusiones y seguridad jurídica e institucional. Deberían pensar aquel dicho napoleónico “vísteme despacio, que tengo prisa” y además escuchar la voz de un pueblo que empieza a sopesar sus dudas a medida que observa los precios subir más allá de lo que alcanza el salario real. Como en la fábula, deberían “aprender en cabeza ajena”, pues torres más altas se han visto caer.

 

 

Notas:

Fuente: http://www.hoy.com.ec/noticianue.asp?row_id=286121

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