Racionalidad situada

GASPAR MEANAA comienzos de verano se celebró en Roma el VI Simposio de Docentes Universitarios de 26 países, sobre el tema

‘Ampliar los horizontes de la racionalidad: perspectivas para la filosofía’.

POR LO TANTO HISTÓRICA Dice el Papa: «El nuevo diálogo entre fe y razón, si no quiere reducirse a estériles ejercicios intelectuales, debe partir de la concreta situación del hombre y, sobre ella, desarrollar una reflexión que tenga en cuenta la verdad ontológico-metafísica».

Un congreso que trata de comprender la desazón que experimenta la filosofía contemporánea ante el hombre. «Una de las grietas por las que hace agua el pensamiento postmoderno es la cuestión antropológica». La inspiración es cristiana; el Papa ha contribuido con un discurso. El fenómeno de partida es, pues, el de desazón. Entiendo que el congreso quiera disminuirla, no eliminarla, porque privaría al hombre de un componente de su esencia: la que lo define como «animal desazonante».

En el zoo de Cabárceno (Cantabria) disponen los animales de espacio para vagar a su rudimentario albedrío. Las lluvias norteñas lo conservan verde como un prado de inhollada esmeralda si no es por un sistema de senderos blanquecinos y angostos en los que no crece la hierba. Las bestias los han trazado al andar. Van y vienen de un lado a otro sin salir nunca de ellas. Son absolutamente previsibles; no desazonan. Conocí a un loco que caminaba igual; tenía marcadas las huellas de su andadura en las tablas del pavimento. A los locos se les reconoce el derecho a la irracionalidad, o a tal predominio de ella que no les quede espacio para el sentido común.

Lo llamativo del congreso es que trata de una racionalidad encajada en sus circunstancias concretas, actuales, situacionales, no pura. Entre tanto que pensamos en esta racionalidad no etérea sino situada y en el hecho de que sea ésta precisamente la que, según el congreso, deba ampliarse para abrirle a la filosofía perspectivas nuevas para dialogar con la fe, citemos al Papa, que, de paso, pero muy significativamente, desautoriza los modos antiguos de diálogo entre una razón, tenida (equivocadamente, añado) por pura y una fe (que entiendo previa y solapadamente, ya racionalizada, por el lenguaje, no según aquella razón, sino por una razón situada para posibilitar el diálogo). Dice Su Santidad: «El nuevo diálogo entre fe y razón, hoy requerido, no puede darse en los términos y modos en los que se ha desarrollado en el pasado. Si no quiere reducirse a estériles ejercicios intelectuales, debe partir de la concreta situación actual del hombre y, sobre ella, desarrollar una reflexión que tenga en cuenta la verdad ontológico-metafísica».

Esta verdad ontológico-metafísica parece que no es otra que la de la presencia, por una parte, de la realidad o mundo como hábitat, no genérico, sino situacionador concreto, y, a fuer de nuevo, desazonante del hombre y, por otra, la experiencia desazonada que tiene el hombre de su propia realidad como instalada en dicha situación. La observación papal es plausible, y el lector avisado habrá percibido su hermosa carga ecuménica.
La teología, que es la racionalización de la fe, se presenta aquí como la formulación del mensaje en términos de una razón cuyo objeto radical es lo real y, por ello, los modos según los cuales entendemos que tiene que darse algo para ser acogido como real, modos que lo concretan y lo sitúan. La definición clásica (anselmiana) de la teología como «fe que busca intelección», significa, según la voz pontificia, una fe que busca ser integrada en lo que para el creyente (o increyente) es real o mundo; pero una realidad o mundo que sitúan aquí y ahora al hombre, el cual percibe lo real en una experiencia de ello igualmente situada. Resulta una teología situada, no dicha de una vez por todas.
Una teología situada entrega el mensaje cristiano a un destinatario, a cuya realidad situada pertenece saberse necesitado de salvación: una necesidad que, siendo la de hoy y no de ayer ni de mañana, está tan enraizada en la realidad actual o situada del hombre que debe ser pensada como componente del modo humano de ser real, esto es, componente de aquello por lo que el hombre es algo y no nada. No sé si decir que hemos hundido las manos en la tierra y hemos tocado la raíz de la desazón, la que subyace a todas las desazones y se expresa en ellas.

El hombre es pensable siendo opuesto a la nada, según el modo de ligado al mundo (como mundano), y el mundo es pensable siendo opuesto a la nada según el modo de ligado al hombre como su lugar (como mundo humano). ¿Hay otro modo de pensar la racionalidad, distinto de esta ligazón recíproca? Se trata de una ligazón o racionalidad situada, uno de cuyos factores ‘situadores’ es la necesidad de salvación. ¿Es ésta la racionalidad que se quiere ampliar en el congreso?

S igue el Papa: «La modernidad, cuando es bien comprendida, revela una cuestión antropológica que se presenta de forma mucho más compleja y articulada que en las reflexiones filosóficas de los últimos siglos». ‘Articulada’, es decir, entrelazada con cuestiones que antes le eran ajenas. ‘Compleja’, esto es, lastrada por sustratos ocultos, que entorpecen su «puesta en claro». El motivo de la complejidad y entreveramiento de la cuestión es, por una parte, que el hombre se ve a sí mismo como el que mira al mundo y, por otra, ve al mundo como lo mirado, pero previamente constituido en visible por la capacidad humana de mirar. Pero el mirar y el ser mirado no se ven. La buscada «ampliación de los horizontes de la racionalidad para ofrecer nuevas perspectivas a la filosofía», no puede omitir su lado invisible; quedaría, paradójicamente, ciega.

«La ampliación» es posible por el lado de los la riqueza del contenido de la racionalidad: lo real. Lo real ocurre de muchas maneras y, por lo tanto, la racionalidad también. Una de ellas es el hombre, y en tanto que la racionalidad lo implica como habitante-vidente del mundo, que se ve a sí mismo, puede ampliar los horizontes de sí mismo en el mundo, y viceversa, en sus situaciones sucesivas y ofrecer a la filosofía la perspectiva de una racionalidad siempre cambiante, situada, histórica, ajustada progresivamente a la naturaleza progresiva de lo que hay.

 

ANTONIO PÉREZ DE OVIEDO

DOCTOR EN TEOLOGÍA Y LICENCIADO EN FILOSOFÍA

Notas:

Fuente: http://www.elcomerciodigital.com/gijon/prensa/20080910/opinionarticulos/racionalidad-situada-20080910.html

ESPAÑA. 10.09.2008

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