Recordando a Borges

1.  ‘‘Se ha dicho que todos los hombres nacen aristótelicos o platónicos, dice Zur Linden, el personaje de Deutsches Réquiem. Ello equivale a declarar que no hay debate de carácter abstracto que no sea un momento de la polémica de Aristóteles y Platón; a través de los siglos y latitudes cambian (...) las caras, pero no los eternos antagonistas. Hitler creyó luchar por un país, pero luchó por todos, aun por aquellos que agredió y detestó, no importa que su yo lo ignorara; lo sabían su sangre, su voluntad.

El mundo se moría de judaísmo y de esa enfermedad de judaísmo, que es la fe de Jesús. Esa espada nos mata y somos comparables al hechicero que teje un laberinto y que se ve forzado a errar en él hasta el final de sus días o a David que juzga a un desconocido y lo condena a muerte y oye después la revelación: Tú eres aquel hombre”.

Borges reduce la anécdota a lo mínimo: si el enemigo es en realidad un yo mismo o un compuesto infinito de varios individuos semejantes entre sí, la realidad es borrosa, insondable: Jerusalem, enemigo de Zur Linde, torturado en un campo de concentración y asesinado un primero de marzo (1939 y 1943) día en que éste también recibe un balazo en una pierna. Jerusalem es destruido no porque sea judío, sino porque es otro yo, infame, del protagonista: ‘‘Ante mis ojos no era un hombre, ni siquiera un judío; se había transformado en el símbolo de una detestada zona de mi alma”.

Sólo se odia con tal fuerza a quien nos refleja. Explicación metafísica, propuesta de nuevo por Borges en Los teólogos:

‘‘El final de la historia sólo es referible en metáforas, ya que pasa en el reino de los cielos donde no hay tiempo. Tal vez cabría decir que Aureliano conversó con Dios y que éste se interesa tan poco en diferencias religiosas que lo tomó por Juan de Panonia. Ello, sin embargo, insinuaría una confusión de la mente divina. Más correcto sería decir que en el paraíso, Aureliano supo que para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona.”

Es obvio que la operación filosófica permite igualar a los contrarios y borrar cualquier diferencia entre los personajes y sus actos, es imposible delinear una conciencia política o fácil evadirla. La historia se desvanece y los hechos son apenas figuras retóricas, diluyen la identidad, el origen de lo novelado es sólo simulación, gigantesca conjura.

2.  En El lenguaje de los argentinos, Borges enuncia otra de las ‘‘preferencias de su aversión’‘: los españoles y su idioma. Le sirve para definir y destacar una ‘‘voz’‘, la de los criollos, ‘‘el idioma de los argentinos’‘, una entonación peculiar, distintiva, que, en gran medida consiguió en su propia escritura, cuando encontró su lengua literaria y consiguió renovar el español desde ese su propio espacio:

‘‘Mejor lo hicieron nuestros mayores. El tono de su escritura fue el de su voz; su boca no fue la contradicción de su mano. Fueron argentinos con dignidad (...) Escribieron el dialecto usual de sus días: ni recaer en españoles ni degenerar en malevos fue su apetencia. Pienso en Echeverría, en Sarmiento, Mancilla (...) Dijeron bien en argentino: cosa en desuso.”

Borges soluciona una polémica suscitada cuando escribió su texto entre el lenguaje ‘‘orillero’’ y el lenguaje castizo. La pelea la ganan sus antepasados, justo cuando su propia voz empieza su trayecto hacia la universalidad: ¿En qué momento se vuelve Borges universal?, ¿cuándo sus palabras fueron utilizadas como epígrafe de un libro de Foucault?, ¿cuando su literatura se convierte en producto de exportación y de mercado?

‘‘Muchos, prosigue, con intención de desconfianza, interrogarán: ¿Qué zanja insuperable hay entre el español de los españoles y el de nuestra conversación argentina? Yo les respondo que ninguna, venturosamente para la entendibilidad general de nuestro decir (...) Pienso en el ambiente distinto de nuestra voz, en la valoración irónica o cariñosa que damos a determinadas palabras, en su temperamento no igual. No hemos variado el sentido intrínseco de las palabras, pero sí su connotación (...) Nuestra discusión será hispana, pero nuestro verso, nuestro humorismo, ya son de aquí...”

Para Borges, la Argentina de 1927 estaba en la hora de ‘‘la gran víspera’‘, quizá pensaba en la Argentina como la tierra de promisión.

Notas:

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2007/05/24/index.php?section=opinion&article=a05a1cul

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