Reflexión íntima

Merecer no es ni más ni menos que la forma correcta de justificar nuestro nacimiento

Dios debe de existir de forma necesaria. Es la única manera de poder echarle la culpa de lo que nos ocurre y hacerle responsable de nuestros aciertos o de nuestros fracasos.

Si no existe ¿Cómo poder justificar la tragedia que supone vivir y con qué excusa vivimos?

Dice Unamuno que no suelen ser nuestras ideas las que nos hacen ser optimistas o pesimistas, sino que es nuestro optimismo o nuestro pesimismo el que da origen a nuestras ideas.

Volvemos al sentimiento trágico de la vida, a la indecisión constante, al temor permanente y al absurdo pensar que después de esta aventura que supone vivir tendremos recompensa divina.

Es el duelo a muerte entre dos antagonismos: razón y corazón. Una razón que analiza y sintetiza el fenómeno de vivir. Y un corazón que solo necesita convicciones para ilusionarse.

El corazón se alía con la fantasía para recrearnos un mundo en el que creer y en el que poder equivocarnos para volver a soñar. Para hacernos más llevadera la existencia, en una palabra, para crear la fe que nos impulse hacia una potencia creadora.

Pero es inevitable que surja el conflicto entre la razón y el corazón. Conflicto recogido por Kant y antes que por Kant, por Pascal: “Guerra intestina entre la razón y la pasiones”. Para convertirse más tarde en colisión trágica entre la reflexión y la voluntad de vivir: “la voluntad y la inteligencia buscan cosas opuestas”.

¿Y es posible convivir en medio del conflicto? Posible, ya vemos que lo es, pero difícil de entenderlo.

La congoja que surge cuando sentado observo el caer de la tarde, aunque ciertamente seguro de que mañana va a volver a repetirse, no es más que angustia ante la caducidad. Es como mirar al cielo que nos responde: soy eterno y te sobreviviré por los siglos de los siglos.

Y en ese momento, acude a salvarnos el corazón que nos pinta, nos distribuye las luces y la sombras, para recrearnos un ocaso en que el cielo cambia y es diferente a cada momento. Se eclipsa la razón y nace la fantasía. Soñamos, queremos soñar y necesitamos hacerlo en ese mismo momento.

Pensamos para vivir, dice el filósofo, aunque más acertado tal vez será decir que pensamos porque vivimos y que esto nos mediatiza.

Goethe pone en boca de su Mefistófeles que lo que nace merece hundirse, aniquilarse y llegamos nosotros para afirmar que todo cuanto nace merece elevarse, eternizarse, aunque pocas veces se consiga.

Todos merecemos salvarnos, sin duda, todos aspiramos hacia lo inmortal, sin duda también. Es el apasionamiento íntimo y final que el corazón desea y en ese preciso momento la razón se alía para decir, porque nos lo merecemos. Acudamos a lo eterno/ Que es la fama vividora,/ Donde ni duermen la dichas,/ Ni las grandezas reposan (Calderon de la Barca).

Merecer no es ni más ni menos que la forma correcta de justificar nuestro nacimiento. Es el premio por haber sido puestos en este mundo sin aceptación previa.

Por eso Calderón acude a lo eterno, lo que no sabemos si es o será cierto o si existirá siquiera, pero es el deseo elevado a la utopía.

La vida es un cuchillo que se va hundiendo cada día más y más en nuestras carnes. Nos obsequia con placeres, nos engaña con ilusiones para luego obnubilarnos con lo trágico.

La tragedia griega comienza por un prólogo el cual nos ubica y nos pone al corriente de todo lo que ha de suceder más tarde.

A esta primera parte, le sigue el Párodos, una serie de cantos que preceden a los Episodios tras los cuales, se llega a la parte más dramática, al Estásimo, donde se expresa y desarrolla la trama dejando para la última parte, el Éxodo, la conclusión, si el personaje es merecedor de honores o de castigos y donde este se declara inocente o culpable.

Exactamente así es el desarrollo de nuestra vida.

Caminamos sobre ella sin darnos cuenta de que pasa el tiempo, porque a un día le sigue otro día igual y a un año otro año parecido. Solo, cuando hay acontecimientos que nos sobrecogen, cuando se tambalea nuestro ánimo o nos vemos caminando por el filo de la navaja, nos damos cuenta de la caducidad, de la brevedad del ser. Entonces sí, entonces caemos en la angustia y miramos a nuestras espaldas para satisfacernos con lo que hemos vivido o para darnos de bruces con la inutilidad de lo superfluo donde hemos gastado el tiempo.

¿Qué es lo que nos queda? La aceptación o la locura.

Dice Erasmo que: “En no reflexionar nada, radica la vida más placentera”. Pero, de su “Elogio a la locura”, me quedo con el epílogo: “Detesto al comensal que tiene buena memoria. Así que vosotros pasadlo bien, aplaudid, vivid, bebed ¡oh renombrados adeptos de la estulticia!”.

Felices Pascuas.

Jose Carlos Guerra

Notas:

Fuente:  http://www.laopiniondezamora.es/opinion/2014/12/29/reflexion-intima/812264.html

30 de diciembre de 2014.  ESPAÑA

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