Richard Rorty

El pasado 8 de junio falleció Richard Rorty (Nueva York, 1931), uno de los filósofos más controvertidos y fecundos de nuestro tiempo. Describió su carrera como “una búsqueda de la utilidad de la filosofía, si es que tiene alguna”, postura que lo convirtió en presencia incómoda para la filosofía académica, pero que influyó en muchas otras áreas del conocimiento. Sostuvo que los departamentos de filosofía deberían ser cerrados y que los filósofos, en vez de buscar verdades definitivas, se dedicaran a indagar cómo se las arregla la gente para enfrentar los problemas de la vida diaria

Desde su primer libro, La filosofía y el espejo de la naturaleza (1979), se propuso minar la idea de la mente como algo acerca de lo cual deberíamos tener una visión filosófica, y de la filosofía misma como algo que debería tener fundamentos más allá de nuestra piel. Redefinió el conocimiento como un asunto de conversación y práctica social, en vez de un intento de reflejar la naturaleza o una actividad gobernada y validada por el concepto de verdad objetiva extramental.


La idea de que podemos colocarnos fuera de nosotros mismos para vigilar la correspondencia entre nuestros pensamientos con la realidad le pareció un espejismo. Todo se resuelve en el lenguaje. El lenguaje es una adaptación, y las palabras son herramientas. Hay muchos léxicos para referirnos al mundo, algunos más útiles que otros, según las necesidades e intereses humanos en juego. Pero ninguno de ellos se corresponde con la forma en que “las cosas son en realidad”, pues tal pretensión no viene al caso.


Rorty fue duramente criticado por sus colegas por ignorar los métodos probados de investigación y validación científica, pero no los ignoró ni los descalificó; lo que sostuvo fue que ninguno de tales métodos podía reclamar la posesión de verdades últimas, pues sólo son andamios en la búsqueda por satisfacer necesidades, disminuir el sufrimiento y aumentar el placer humano, es decir, son instrumentos o extensiones de nuestra propia piel, no manifestaciones de verdades extrahumanas.


Rorty se inscribe en la tradición pragmática estadounidense como continuador de la empresa de John Dewey para reconstruir la filosofía, sacándola de la torre de marfil e involucrándola en la vida diaria. En esta tradición, la filosofía se sacude la obsesión canónica de definir la naturaleza humana, postula que no hay fundamentos permanentes de nada y que todo puede ser cambiado según las exigencias de la vida. Esto modifica el estatus de la filosofía, al punto que se torna difícil hablar de filosofía como tal.


La postulación de que no hay fundamentos permanentes de nada puede resultar decepcionante para muchos, pues parece validar el relativismo y el “todo se vale”. De hecho, estos son los cargos más severos contra Rorty, pero éste, lejos de incurrir en tales veleidades, dedicó su vida a despejar confusiones y buscar el acuerdo y el consenso para una vida mejor. La filosofía es una empresa abierta al futuro que empieza en el aquí y ahora. La historia no es peso muerto, pero tampoco “maestra de la vida”, sino una caja de herramientas que nos ayuda a imaginar horizontes para una vida mejor.


Rorty es un filósofo de la democracia liberal por excelencia (no un teórico de la democracia). La democracia para él no es un sistema acabado ni reflejo político de la naturaleza humana, sino el arreglo más funcional hasta ahora para la convivencia de léxicos distintos y la creación y renovación de comunidades públicas. El cometido de la filosofía no es superior al de la buena literatura, el buen periodismo, el buen cine y la buena jurisprudencia. En esto hay un eco del Nietzsche de La ciencia jovial.


Lo importante para Rorty es la formación de consensos razonables sobre asuntos de interés general, para lo cual son indispensables los métodos de investigación científica, no porque diriman la realidad de las cosas últimas, sino porque ayudan a crear instrumentos útiles y a delimitar el alcance de nuestras posibilidades presentes. Su postura filosófica es, pues, esperanzadora; su compromiso político es con la nivelación de la desigualdad económica y contra los excesos de las oligarquías y los jefes; su estilo es riguroso, no obstante fluido y jovial.

 

Ramón Cota Meza

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Analista político

Notas:

Fuente: http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/37990.html

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