Sí a Darwin, no al darwinismo social

Autores como Adam Smith la pusieron en circulación; las concepciones positivistas de Comte, con pretensiones explícitas de superar no sólo la teología, sino también el espiritualismo de la metafísica; y las teorías de Herbert Spencer, a quien corresponde en verdad la paternidad de las expresiones “lucha por la vida” y “supervivencia del más apto”, retomadas por Darwin para su elaboración teórica de la selección natural.

Doscientos años ha hecho que nació Charles Darwin. En las últimas semanas, y tanto más cuanto se acercaba la fecha del 12 de febrero, día en que vino al mundo este gran científico que marcó los inicios de nuestra contemporaneidad, se han prodigado los escritos y conferencias en torno a su figura y a su legado, su teoría evolucionista o, mejor, su teoría del “transformismo” de las especies. Si este doble centenario acapara tanta atención mediática es porque la incidencia del darwinismo trascendió el ámbito científico, por más que su impacto en éste ya dejó motivos más que suficientes para inmortalizar su nombre.

Darwin aportó no sólo un nuevo paradigma para la ciencia biológica, sino que además incidió de manera decisiva en la configuración de un nuevo enfoque antropológico, es decir, en una nueva manera de ver al hombre. La historia de la ciencia muestra que hacia mediados del siglo XIX los tiempos iban estando maduros para que apareciera quien impulsara la “revolución científica”, dicho con la expresión consagrada por Thomas Kuhn, de la que Darwin acabó siendo protagonista. Los mismos planteamientos evolucionistas tenían sus antecedentes. No hace falta remontarnos a las tentativas del jesuita español José Acosta, pero sí cabe mencionar los esbozos de Buffon y, desde luego, la importante obra de Lamarck, su Filosofía zoológica (1809), que con su idea de la adaptación de los organismos al entorno trató de explicar teleológicamente, con fuerza de necesidad, el cambio de las especies.

Otros factores de la época también preparaban el “contexto de descubrimiento”: los desarrollos de la geología, que inducían a ver los fenómenos de la naturaleza en la escala de grandes ciclos; las previsiones demográficas de Malthus, que ponían el acento en una pronosticada dura competencia intraespecífica que, ante la escasez de recursos, afectaría al futuro de los humanos; la máxima liberal del laissez faire, con una gran potencia heurística desde que autores como Adam Smith la pusieron en circulación; las concepciones positivistas de Comte, con pretensiones explícitas de superar no sólo la teología, sino también el espiritualismo de la metafísica; y las teorías de Herbert Spencer, a quien corresponde en verdad la paternidad de las expresiones “lucha por la vida” y “supervivencia del más apto”, retomadas por Darwin para su elaboración teórica de la selección natural. No hay que olvidar la figura de Alfred R. Wallace, con quien Darwin mantuvo contactos y que llegó casi simultáneamente a conclusiones parecidas.

Si los tiempos estaban preparados, la eclosión del fruto maduro tuvo lugar en 1859, como bien se ha recordado al hacer 150 años de ello, al publicarse El origen de las especies. Esta obra tuvo su réplica de especial importancia en 1871, cuando Darwin lleva sin ambages sus teorías a la especie humana en ‘El origen del hombre’, cuya salida a la luz acrecentó las convulsiones que el darwinismo provocaba en la cosmovisión de la época. En el primer libro se presenta la teoría de la selección natural como la ley general que da cuenta de la adaptación a la que se ven sujetos los organismos, entendida como resultante de la reproducción diferencial de alternativas hereditarias para originar un cambio gradual de los organismos a lo largo del tiempo, por acumulación progresiva de las variantes positivas que van modificando el perfil de la especie a través de los cambios que tienen lugar en sus individuos.

Una teoría, pues, que combinaba el azar y la necesidad, como bien lo formuló al cabo del tiempo Jacques Monod: la necesidad con que opera ese mecanismo llamado metafóricamente selección natural a partir de la aparición por azar de los factores hereditarios –luego llamados genes– de los que son portadores los individuos, dando lugar a un proceso que se puede explicar causalmente, pero que no implica determinismo alguno, tampoco en la clave providencialista de la teología. Pero todo ello cobra acentos más incisivos cuando se aplica al hombre en la segunda obra. Darwin es pionero, junto a grandes autores como Freud y Marx –recordemos cómo Engels recordó la influencia de Darwin en el autor de El Capital en su discurso ante la tumba de éste–, en las tareas “antiantropocéntricas” que acometieron al bajar la conciencia del pedestal espiritualista al que la había subido el idealismo filosófico-teológico.

Darwin apuntaba certeramente, con su teoría evolucionista, también a una nueva autocomprensión humana, que se puede cifrar, por ejemplo, en el dictum de que no hay conciencia sin cerebro, el cual, por otra parte, no obliga al enfoque reduccionista de explicar lo psíquico sólo por lo biológico. Lo cierto es que, tras Darwin, nadie puede saltar por encima de los condicionantes biológicos de la realidad humana. No obstante, la tentación reduccionista siempre es fuerte y a veces interesada. Un ejemplo destacado de esto último es el que encontramos en el llamado darwinismo social, consistente en la pretensión de explicar y trazar normas para la dinámica humana en sociedad haciendo una ilegítima traslación a ese ámbito de la selección natural teorizada por Darwin. El ya citado Spencer inició tan desatinado camino, pretendiendo regular la vida humana a tenor de las pautas biológicas de la especie en tanto especie animal.

Así la “lucha por la vida” y la “supervivencia del más apto” son concepciones que vuelven biologizadas al campo antropológico, queriendo justificar desde lo que es aquello que debe ser –caso claro de falacia naturalista–, con inaceptables consecuencias a la hora de justificar la desigualdad entre los hombres, la exclusión social y la competitividad más desaforada en todos los terrenos, especialmente el de la economía capitalista. Como es fácil apreciar, tan ultraliberales propuestas se han seguido reciclando desde mediados del siglo XIX hasta hoy, presentándose bajo diversos ropajes.

El neoliberalismo de las pasadas décadas ha sido uno de los últimos envoltorios de un darwinismo social ciego para las injusticias y bloqueado para la solidaridad. Por ello es el momento en que, a la vez que decimos sí al imborrable legado de Darwin, hay que reforzar el no a esa injustificable deriva del darwinismo que es el darwinismo social.

Notas:

Fuente: http://www.laopiniondegranada.es/secciones/noticia.jsp?pRef=2009021600_9_106207__Opinion-Darwin-darwinismo-social

Granada, Spain.  16 de febrero de 2009.

Hay 2 comentarios

February 21, 2009 - 6:12 AM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

Desde Darwin hasta el movimiento animalista


Fernando Pascual L.C.
20-02-2009


CAMINEO.INFO / GAMA.- La cultura de Occidente y de otros muchos pueblos ha creído siempre que el hombre era superior a los animales, que ocupaba un lugar central en el Universo.

Esta convicción, sin embargo, ha sido contestada en el pasado y es discutida en el presente por autores que forman parte del “movimiento animalista”, algunos de los cuales se apoyan explícitamente en ideas de Darwin, aunque también de otros autores.

Si recordamos un poco de la historia más reciente, encontramos pensadores para quienes el hombre sería un ser vivo un poco especial, pero sin derecho a privilegios respecto a otros animales superiores. Podríamos recordar a David Hume (pensador del siglo XVIII) para quien tiene poco valor el alma espiritual y mucho las emociones y los sentimientos. A ese nivel, entre hombres y animales existirían solamente diferencias cuantitativas, no de grado.

Algo parecido encontramos en Jeremy Bentham (a caballo entre los siglos XVIII y XIX), gran defensor del utilitarismo, para quien el criterio fundamental de la acción es promover el placer (para el mayor número posible de hombres) y disminuir el dolor. Está claro que, si el criterio fundamental es éste, y si no se admite una radical diferencia entre los hombres y los animales, la promoción del placer debería incluir, de algún modo, a seres vivientes que tengan una sensibilidad similar a la humana.

Con su teoría evolucionista, Charles Darwin (1809-1882) propuso que nuestro origen y el de los animales eran idénticos, y que teníamos que renunciar a nuestra pretensión de ser “superiores”. La invitación a la “humildad” sería una consecuencia lógica del darwinismo. Esta doctrina, además, implica reconocer que la única manera para poder sobrevivir como especie consiste en imitar la naturaleza, que elimina a los débiles y promueve sobre todo a los fuertes.

La conexión de ideas como estas y el nazismo es fácilmente intuible, y fue posible a través de lo que se denominó “darwinismo social”, un modo de analizar la vida humana como una lucha que beneficia a los más fuertes y que deja de lado a los débiles. En cierto sentido, el “darwinismo social” ya estaba presente en el mismo Darwin, que se dio cuenta de la “necesidad” que tenía la especie humana, para garantizar su supervivencia, en promover el nacimiento de los mejores y no el de los más débiles (se trate de individuos o de razas), como se hace en las granjas con los animales.

Las ideas del darwinismo y del utilitarismo han vivido de distintas formas en el siglo XX, pero encuentran una síntesis muy particular en Peter Singer, un decidido defensor de la “liberación animal” desde hace más de 30 años.

Para Singer y para quienes defienden ideas semejantes a las suyas, se hace imprescindible dejar de lado la idea de una superioridad del hombre sobre los animales. Si hemos tenido el valor de superar el racismo y el sexismo, hemos de dar un paso adelante y convencernos de que hay que dejar de lado el “especismo”, es decir, esa postura ideológica que establece discriminaciones entre los seres vivos por ser de especies diferentes.

Singer elabora sus propuestas desde un modo particular de interpretar la noción de “persona”. El criterio para ver quién es persona y quién no, consiste en analizar si este animal (humano o no humano) posee o no una cierta autoconciencia, si tiene un proyecto o deseo de vivir, y un nivel de sensibilidad suficientemente desarrollado. Según estos criterios, nos encontraremos con que algunos seres humanos no son personas (los embriones, los fetos, algunos niños con grandes deficiencias mentales, enfermos en estado de coma o adultos con formas graves de enfermedades mentales), y que algunos animales son personas.

Esto significaría toda una revolución para el derecho, lo cual, según Singer, sería la consecuencia lógica del darwinismo. Si aceptamos que el hombre viene por casualidad de los animales, no tenemos más remedio que reconocer que no existe ninguna creación directa del alma humana por parte de Dios (la evolución no nos permite admitir esto). Por lo tanto, continúa Singer, el límite que nos separa de los animales no es “decisivo”: el proceso de desarrollo evolutivo nos habría hermanado con aquellos animales que tuviesen características “personales” semejantes a las nuestras.

Peter Singer nos pone un gran problema: ¿de verdad la teoría de la evolución implica negar la supremacía del hombre respecto de los demás animales? En un contexto evolucionista, ¿tiene algún sentido hablar de espiritualidad? Para Singer no, pues el darwinismo lleva a dejar de lado a Dios y a considerar al ser humano como un producto casual del proceso evolutivo.

El movimiento animalista nos pone, por lo tanto, ante problemas centrales del pensamiento reflexivo: ¿qué es el hombre? ¿Qué significa ser persona? ¿Todos los seres humanos son personas? No profundizar en estos puntos puede llevarnos a ceder ante quienes prefieren salvar la vida de un visón y permitir la muerte de miles de hijos en el aborto.

Si los no nacidos, los que sufren graves deficiencias físicas o mentales, los que entran en la etapa final de su existencia terrena, no son personas y no recibirán la protección del derecho, quizá nos encontraremos un día con que se repiten páginas tan tristes como las de los campos de concentración de masas, la eliminación de enfermos mentales, la destrucción de niños nacidos con deficiencias físicas o (un delito al que ya muchos se han acostumbrado) la del recurso al aborto como práctica rutinaria.

Hay muchos datos, sin embargo, que nos llevan a pensar que el hombre no es sólo un simple animal, sino que goza de una capacidad de entender y de amar que puede explicarse sólo a partir de algo que supera los límites de la sensibilidad y de la misma evolución. La materia no es suficiente para que un individuo pueda tomar opciones libres y responsables, pueda pensar de modo racional. En otras palabras, no somos simplemente el resultado de mutaciones genéticas casuales, sino que nuestra existencia se caracteriza por algo propio, un alma espiritual, que sólo puede proceder de un ser superior, de Dios, como ya intuyeron Platón y Aristóteles, y como han defendido tradiciones religiosas que tienen una amplia difusión en todo el mundo: el judaísmo, el cristianismo y el islam.

Un Estado, un pueblo, sólo será justo si opta por defender a todo ser humano, el apenas concebido y el que vive en medio de una enfermedad degenerativa, el nacido aquí o el que llama a nuestras puertas pidiendo un poco de solidaridad y de ayuda. Esa justicia no podrá alcanzarse si no reconocemos claramente que existe una diferencia radical entre los hombres y los animales. ¿No estaremos, entonces, en el momento de iniciar una reflexión metafísica más profunda sobre lo que significa ser hombres, incluso con la ayuda del patrimonio filosófico y religioso que ha construido lo mejor de nuestra civilización europea? ¿No es el momento de pensar “más allá de Darwin” para dar un juicio ponderado y verdadero sobre la condición humana?

Fuente: http://www.camineo.info/news/238/ARTICLE/7348/2009-02-20.html

February 21, 2009 - 6:17 AM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

Darwin, el sabio-objeto

JOSÉ RAMÓN BLÁZQUEZ

La experiencia histórica del conocimiento nos ha proporcionado esta preventiva certeza: no hay que temer a los científicos, pero sí a sus intérpretes y devotos. En general, los grandes sabios de la Humanidad, precisamente por esta categoría superior, nunca fueron personas radicales y mantuvieron en general una actitud intelectual humilde y nada impositiva, dejando la intolerancia para el juego académico, muy infantil e inútil, de sus discípulos y detractores. Cada vez que alguien expone un avance se produce una reacción, un impulso natural de sorpresa y negación. Es lo previsible. El momento de ponerse a cubierto es cuando los supuestos renovadores -los neo- añaden motu propio a la teoría original un sinfín de rebuscadas interpretaciones y significados que nunca elaboró su autor y que lo sobrepasan o lo desfiguran bajo la furia de la pedantería. Temo a los neoliberales, los neodemócratas, los neovanguardistas, los neocristianos, los neomodernos… Y a los neodarwinistas.

Ahora que el pobre Darwin (pobre por lo que ha tenido que soportar por igual de sus partidarios y antagonistas) cumple 200 años y se celebra también el 150 aniversario de la publicación de El origen de las especies, su obra maestra, es pertinente observar los deslizamientos interpretativos que se han hecho de su teoría, hasta el punto de convertirla en una ideología, más que en una proposición científica constatada. Es un hecho que Charles Darwin demostró que la evolución es un proceso que tuvo lugar por selección natural, lo que atañe a los seres vivos y también al ser humano.

De la teoría de la evolución algunos de sus exégetas extrajeron el fundamento del ateísmo naturalista, del que se deduce la fantasía de la creación y, en consecuencia, la inexistencia de Dios. Ahí está el gran embuste: a partir de un descubrimiento científico -por esencia, neutral- los prosélitos de Darwin, y no el sabio inglés, elaboraron una ideología que invadía la metafísica, las creencias naturales y la historia. En un artículo publicado hace unos años en el National Post, Michael Ruse, profesor de la Universidad de Guelph (Canadá), sostenía que “la evolución se promulga como una ideología, una religión secular, una rica alternativa al cristianismo con su significado y moralidad propia”. El nivel de dogmatismo que manifiestan en sus publicaciones los neodarwinistas como Richard Dawkins, llamado el rottwailer de Darwin, es la evidencia de sus intolerancias ideológicas. A su lado el inquisidor Torquemada era un piadoso liberal.

De la teoría de Darwin se deduce que la evolución del ser humano partió de formas de vida más primarias, pero no resuelve el origen de la vida. Más allá de las polémicas entre el darwinismo y las diferentes religiones, que hoy harían fortuna en el espectáculo de la televisión de masas, se puede reconocer que los perfiles de la ciencia y de la fe se mantienen cada uno en su espacio y que la incompatibilidad entre ambos proviene de la mala fe o la ignorancia. El mismo Charles Darwin, agnóstico convencido pese a haberse graduado en teología en Cambridge, reconoció explícitamente al final de la sexta edición de El origen de las especies que no veía incompatible la teoría de la evolución con la existencia de un Dios creador. Aún así los neodarwinistas insisten en utilizar el fémur de Darwin para golpear en la cabeza a todo aquel que sostenga una visión creacionista del mundo.

¿Que las viejas posiciones religiosas fueron hostiles con el evolucionismo y otras certezas científicas? Sin duda. ¿Que la Iglesia católica no ha sabido precisar con suficiente firmeza en su discurso teológico los límites entre razón y fe? Es un hecho, como tampoco lo hicieron en lo suyo las jerarquías de la política, la economía, el arte, el saber y otros poderes. La historia es un relato de invasiones recíprocas, no sólo del espacio físico ajeno, sino también del territorio intelectual y del espíritu. Han tenido que transcurrir muchos siglos para que cada uno acepte ocupar su espacio a duras penas y se reconozca su compatibilidad y la necesidad de cooperar entre sí por el bien del ser humano, su felicidad plena y su progreso. Naturalmente, la colaboración entre poderes y creencias no excluye una convivencia crítica y eventualmente hostil en algún momento, lo que significa que algunos -los neodarwinistas, como digo- no desistan de imponer sus dogmas al amparo de su sobrevalorado “prestigio intelectual” y el último viento a favor de un devenir del mundo en trance de cambio.

No sé qué pensaría el sosegado Darwin del espectáculo en el que sus seguidores han situado su nombre y su obra y verse convertido en sabio-objeto dentro de la mema disputa contra las religiones. Tal vez pensaría que la evolución se ha detenido o acaso reculado a la era de los primates. Pero si es penosa la depreciación de la ciencia a una ideología excluyente, no menos dolorosa es la amenaza que no pocos creyentes en Dios perciben en los avances del conocimiento sobre su fe. ¿Qué tendrá que ver la mucha sabiduría de los sabios y la mucha ciencia de los científicos con la absoluta certeza del proyecto divino? ¿Es que la subida de lo uno es simultánea a la bajada de lo otro, como en un balancín? ¿O acaso Dios es una hipótesis pendiente de demostración empírica?

Nadie que crea en Dios, cualquiera que sea su concepto de Él, tiene que acreditar su fe en términos distintos a los de su convicción espiritual, incontestable. Los que afirman que la fe es la medida de la ignorancia, expresan, como los neodarwinistas, una arrogancia que la ciencia no posee y que, singularmente, Darwin repudiaba. Que alguien nos libere de sus devotos, tan pelmazos, tan fanáticos, tan ridículos… como los monos del zoo, nuestros viejos parientes. 

Fuente: http://www.deia.com/es/impresa/2009/02/20/bizkaia/iritzia/538165.php

Bilbao, Vizcaya, Spain. 20 de febrero de 2009

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