Sobre la ética y la política

La crisis que soportamos en estos momentos tiene varias caras. A la económica, derivada de los desmanes de los mercados, se suman la medioambiental, la alimentaria, la energética, la armamentística y la que me parece la más peligrosa porque nace de la conjunción de todas ellas: una profunda crisis democrática, que ante el mayor embate para el desprestigio y debilitamiento de lo público que se ha dado desde la Segunda Guerra Mundial, sustenta también una enorme crisis de ética, valores y principios universales.

Es realmente preocupante la desafección ciudadana que existe hacia la política y los políticos en estos momentos, hasta el punto de que para los ciudadanos españoles se ha convertido en su tercera preocupación fundamental. Y si bien es verdad que desde la política misma se han cometido enormes barbaridades y el alejamiento de la población, no cabe la menor duda de que es el poder económico el que en estos momentos busca que lo público quede reducido a lo mínimo y que la clase política, a la que venden como generalizadamente corrupta, sea rechazada por los ciudadanos y así ocupar su lugar.

Me preocupa enormemente, nos debería preocupar a todos, la peligrosa deriva antidemocrática en la que estamos inmersos y es notorio el “colaboracionismo” de una parte importante de la clase política que obvia las más elementales pautas de comportamiento ético, imprescindible para el ejercicio del servicio público.

Para muchos teóricos, la política sólo se puede ejercer desde la moral. La política es ética ella misma. Ya Aristóteles decía: “porque superior al hombre que es capaz de hacer el bien a sí mismo y a sus allegados, es el que es capaz de hacerlo a los otros y a la ciudad, y al Estado”.

Para Roberto Bobbio “no se puede prescindir de la ética ni de la política en la organización de los asuntos humanos”. Y según Ignacio Ramonet “ningún dirigente debe olvidar que la democracia es esencialmente un proyecto ético basado en la virtud y en un sistema de valores sociales y morales que dan sentido al ejercicio del poder”. Tony Judt afirma que “si nos limitamos a los aspectos de la eficiencia y la productividad económica, ignorando las consideraciones éticas y toda referencia a unos objetivos sociales más amplios, la política dejaría de ser útil…si queremos transformar la sociedad desde la política”.

Desde el origen mismo de la política, la ética ha sido una parte consustancial a ella. Las antiguas civilizaciones ya planteaban la formación en valores para las personas que iban a asumir tareas de gobierno. Cicerón decía que “aquellos hombres que saben de las constituciones políticas y sus cambios no son hombres sino dioses porque esta materia es divina, es lo máximo a lo que puede aspirar el ser humano”.

Los romanos establecían que para ser cargo público se debía ser el más puro, el más cándido (de ahí el candidato), y para defender lo público con ética se precisa decorum, honestidad y decencia a la hora de ejercer las acciones públicas con autoridad, honor, justicia, libertad y prudencia.

Weber, Marina, Victoria Camps…coinciden en afirmar que la ética debe ser práctica, acción, convertir la irrealidad en realidad y eso sólo se alcanza desde el servicio público y la renuncia a servirse de lo público. Un mundo sin valores, individualista, dominado por los mercados, se olvida de la formación de sus gobernantes , se olvida de profundizar en su propia ética y por tanto exigirla a los demás: de ahí la corrupción, el desprecio a la opinión pública y a la democracia de manera generalizada.

Cuando los valores desaparecen del sentir colectivo se truecan en antivalores que se adueñan de la vida pública: de la sociedad, de la economía, de la familia, la religión o la cultura. Adela Cortina dice que la regla de oro del individualismo, del neoliberalismo es la de: “no inviertas en los demás más esfuerzo del que pueda proporcionarte un beneficio”.

El informe Nolan, que coincide con el de la O.C.D.E y otros, establece unas normas de conducta para la vida pública que se basan en siete principios: desinterés, integridad, responsabilidad, objetividad, transparencia, honestidad y liderazgo.

Para George Weigel, la política sin ética no es política y debe ser además una deliberación mutua sobre cómo tenemos que vivir juntos, como comunidad civil y que “para que haya una democracia que funcione bien se requiere que exista una masa crítica de ciudadanos que hayan aprendido los hábitos intelectuales y afectivos que hacen posible el autogobierno. Esos hábitos de la mente y del corazón son, en pocas palabras, las virtudes”.

La política y la ética no pueden renunciar a ir de la mano. Sus objetivos deben ser la búsqueda de lo que interesa a una sociedad e inclinar a los servidores públicos hacia el interés general. Por eso nos chirría tanto conocer que Felipe González ha sido contratado por Gas Natural con un sueldito de 126.000 euros mensuales; que Aznar pase, con 200.000, a formar parte de la nómina de Endesa, a la que privatizó de manera irregular propiciando pelotazos en cadena, y que, además, los dos sigan percibiendo una pensión suculenta del estado como ex presidentes; que Miguel Roca (CiU), o el ex Secretario de Estado del PP Luis de Guindos trabajen para Endesa; que Manuel Marín sea el presidente de la Fundación Iberdrola; que Rato, lo mismo que Isabel Tocino, dejaran su ministerio y pasaran a ser ejecutivos del Santander en su momento; que Zaplana hiciera lo mismo con la Telefónica que privatizó el PP; que Bernat Soria nada más cesar como ministro pasase a trabajar para el laboratorio farmacéutico Abbott; que la ministra Garmendia defienda públicamente una y otra vez los transgénicos, cuando antes era la presidenta de la Asociación Española de Bioempresas, el mayor lobby español de defensa de los transgénicos; que miembros de la familia real como Urdangarín o la princesa Cristina trabajen para Telefónica Internacional o La Caixa… Y podría seguir y seguiir.

Resulta paradójico que, según el último barómetro del CIS, sean las Fuerzas Armadas y la Monarquía las que lideran la confianza de los españoles, que sitúan a los políticos a la cola. Y a esto quería llegar: no podemos recuperar la POLÍTICA con mayúsculas si no es desde la participación en la tarea pública de la ciudadanía, en la demanda de un cambio del modelo al que nos han abocado y en la exigencia colectiva rigurosa del respeto a los valores y a las virtudes cívicas a la hora de ejercer la política. Para Adela Cortina el estado social debe ser una exigencia, y los valores (lealtad, honradez, compromiso, verdad, solidaridad, justicia…) nos permiten acondicionar el mundo para que podamos vivir en él plenamente como personas. No hay otra manera, aunque nos intenten vender lo contrario.

Notas:

Fuente: http://www.canariasahora.com/opinion/6563/

SPAIN.  24 de enero de 2011

Hay 1 comentarios

February 06, 2011 - 10:33 AM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

Sugerente el artículo de Antonio. Estimulante que exista quien se interesa en la Democracia. Desde el exterior la confianza en la milicia y en la monarquía de los españoles suena rancio y atrasado por más que el entorno europeo sea de regimenes empoderados por la mano de Dios.

March 29, 2014 - 5:29 AM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

Tony Judt afirma que “si nos limitamos a los aspectos de la eficiencia y la productividad económica, ignorando las consideraciones éticas y toda referencia a unos objetivos sociales más amplios, la política dejaría de ser útil… si queremos transformar la sociedad desde la política”.


Retomo el postulado del autor Toni Judt, donde se está analizando respecto a “que algo anda mal y hay cosas que no nos gustan”, en su libro “Algo anda mal”.


Debemos preguntarnos, primeramente:


-El individuo como una parte de la sociedad ¿tendrá conocimiento del imperativo absoluto de la conciencia de responsabilidad?


-El Estado, como instrumento de la sociedad ¿estará cumpliendo con su finalidad de buscar el bien común de la mayor cantidad de los individuos de la sociedad?


-El sector productivo, como parte de la sociedad, ya sea colectiva o individual ¿tendrá la obligación de participar con conciencia de responsabilidad?


Para responder a estas interrogantes, es necesario describir los siguientes fenómenos que reflejan la realidad de la sociedad.


Acepto de que “algo anda mal y hay cosas que no nos gustan”
De manera individual, la persona en la sociedad de alguna manera y forma, se siente limitada para alcanzar aquellos satisfactores necesarios para alcanzar un bienestar individual y por ende un bienestar colectivo. De tal manera, que la persona no se siente como parte de la sociedad y se le dificulta participar con una conciencia de responsabilidad.


En cuanto al Estado, considero que se ha olvidado de buscar los medios para alcanzar el bien común, y se refleja que quiere resolver los problemas sociales por decreto o por la implementación de leyes, dando la impresión que con estos decretos o leyes se resuelvan los problemas que padecemos como sociedad, olvidando su finalidad que es de buscar el beneficio de la colectividad. Pero demuestra lo contrario, aun con esos decretos o leyes, los beneficiados son la minoría.


Respecto al sector productivo privado, también considero que ha abusado de su carácter de ofrecer bienes y servicios, pero de una manera especulativa aprovechando las condiciones del mercado con la anuencias del Estado, que aunque su naturaleza es lucrativa, exagera en la busca de su finalidad de obtener ganancias o beneficios, esto propicia una ceguera que no le permite ver o aplicar esa conciencia de responsabilidad.


Concluyo que cada uno de los sujetos qué formamos o constituimos la sociedad, ya sea como individuó, sector privado y el Estado, tenemos una conciencia de responsabilidad, y más este último,  de alcanzar el bien personal de muchos individuos. En cuanto se puede aspirar a él con medios utilizados en común.

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