Sociedad del conocimiento

Lo ideal es que los pueblos puedan disfrutar de las condiciones para generar el conocimiento, y de decidir qué tipo de conocimiento y qué tipo de tecnologías quieren y necesitan.

En este breve artículo quisiéramos desarrollar el vínculo existente entre lo que hoy se le denomina “sociedad del conocimiento” y bioética. A lo largo de la segunda mitad del siglo XX la ciencia, tanto la llamada básica como la aplicada y aún la tecnología tradicional -esa que Martin Heidegger tenía ante sus ojos y tanto criticaba- han sido paulatinamente desplazadas por la así llamada “tecnociencia”.

¿Qué es esta tecnociencia capaz de arrebatar el cetro a su predecesores en el orden social, económico y cultural?

Es un complejo de saberes e instituciones en los que los equipos de científicos, técnicos y gestores compiten por un nuevo logro hasta hoy desconocido. Por lo general, requieren abultados financiamientos y los intereses económicos, militares y políticos juegan cada uno su parte.

Así, hoy el ejemplo de tecnociencia es la investigación nuclear, la farmacológica y, en general, la biotecnología, la mirada espacial, la informática y la misma investigación del Genoma Humano que busca alcanzar su total desciframiento.

La tesis de la neutralidad ética básicamente sostiene que la ciencia y la tecnología poseen, respectivamente, la finalidad de producir conocimientos verdaderos acerca del mundo y el hombre, y construir las herramientas que la sociedad demanda para el logro de sus fines. Se piensa así a la ciencia como independiente de cualquier otro objetivo y también de las posibles aplicaciones de sus resultados. La tecnología tampoco sería responsable de los eventuales usos nocivos y efectos secundarios de los instrumentos creados. Pongamos un ejemplo: uno de los pioneros de la diagnosis prenatal fue Jërome Lejeune, descubridor también del síndrome de Down, quien decía al final de su vida que nunca pensó al principio que las técnicas de diagnosis prenatal pudieran servir ocasionalmente para abortar bebés con taras congénitas. De hecho, en un reciente artículo en la Journal of Medical Ethics nº 32 de 2006 nos dice que nacen en un 43 % menos niños con labio leporino y un 64 % menos de niños con defectos congénitos del pie. Aumenta en los últimos 10 años la diagnosis prenatal y algunos de los padres se sirven de eso -en sí bueno y honesto- para el aborto cuando las cosas se complican. El artículo concluye diciendo que ha empezado a germinar la idea que abortar fetos con discapacidades es una forma de altruismo. Vaya ética. Siempre el aborto es un mal y el débil necesita del apoyo y no de su negación.

Quienes detentan el poder político son los que tienen mayor responsabilidad y no pueden marginar los valores éticos colectivos de un pueblo al que representan y guían. No pueden quedar presos del corsé de la racionalidad técnico-científico, al margen de la beneficencia, del bien común, de responsabilidad por un futuro no hipotecado (Hans Jonas), de la solidaridad generacional y con los mismos pueblos.

La sociedad del conocimiento no puede ser la “sociedad del riesgo”. Cuando se pone en juego, por ejemplo, el valor vida humana, los riesgos han de ser llevados a cero, a fin de tutelar los derechos humanos. Hoy, que aumentó el hambre a más de 1000 millones de seres humanos, el mundo espera de tecnócratas y estadistas, una suerte mejor.

JOSÉ JUAN GARCÍA

Es PBRO. y DR.

Notas:

Fuente: http://www.diariodecuyo.com.ar/home/new_noticia.php?noticia_id=373446

ARGENTINA.  23 de noviembre de 2009

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