Tragedia y Modernidad

La tragedia no es solo un género literario: se ha convertido en un campo de batalla ideológico. Si los conservadores no dudaron en diagnosticar su muerte en el contexto de la cultura de masas, pensadores declaradamente de izquierdas como R. Williams o, en los últimos años, T. Eagleton, han reivindicado su potencial político y su capacidad para aleccionar sobre el sufrimiento del prójimo.  Ahora la filosofía posmoderna, de la mano de uno de sus representantes más populares, Simon Critchley, ofrece su peculiar visión del fenómeno.

Critchley, catedrático de filosofía en la New School for Social Research de Nueva York y colaborador habitual del New York Times, explota la contraposición entre tragedia y filosofía que estableció Nietzsche, pero lo hace para mostrar la inconmensurabilidad de nuestros conflictos morales, políticos y culturales. Por eso cree que es necesario sustituir “la tragedia de la filosofía” por una “filosofía de la tragedia”; desterrar, en definitiva, todo concepto enfático de razón, expulsar toda certeza y dar por concluido el tiempo de las “metanarrativas”. Es consciente de que esto puede acarrear la acentuación de la ambigüedad moral y de la complejidad política, así como multiplicar el disenso o acrecentar nuestras incertidumbres. Pero es ahí donde desempeña su función el modelo trágico.

Según el filósofo inglés, lo que caracteriza a los héroes trágicos es su desorientación moral. También la precariedad de su existencia y los desafíos que amenazan su libertad. Pero ese marco literario, semejante a nuestro entorno cultural, revela la dependencia del individuo, la contingencia de las relaciones humanas, las dificultades de los acuerdos y la fragilidad de la razón. La tragedia, así, permite diagnosticar las desavenencias y abre alternativas creativas de acción.

Tragedia y Modernidad no es la última palabra de Critchley sobre la tragedia, sino el núcleo de un ensayo que está preparando, como afirma en una entrevista que se recoge en este volumen. Sus ideas son interesantes y su discurso teórico, brillante. Y es sabido que la tragedia, como en general el arte, nos ofrece lecciones imperecederas sobre la condición humana, sobre el sufrimiento y las pasiones. Lo que es más discutible es que el modelo literario de la tragedia se presente como una alternativa que excluya la filosofía e incluso deba llegar a suplantarla.

Critchley, como otros posmodernos, da por supuestas muchas cosas en su argumentación sobre las que el lector tiene derecho a interrogarse. A su juicio, vivimos en un mundo politeísta, con diversas concepciones de lo bueno, pero no explica las razones por las que piensa que es ilícito recurrir a una verdad sustantiva. Se apropia de la riqueza de la tragedia pero extrema su valor teórico, acercándose más a Nietzsche de lo que está dispuesto a confesar. No es extraño, pues el pensamiento posmoderno es un Nietzsche, por decirlo así, civilizado. En Critchley la voluntad de poder dionisiaca deja espacio para la compasión con los más desfavorecidos, pero lo estético –la tragedia, el arte– crea sentido y asume las funciones de la metafísica y la ética clásicas. Con todo, hay que tener en cuenta a Critchley como interlocutor y portavoz de una nueva generación de filósofos.

Notas:

Aceprensa.- José María Carbante

Fuente:  http://www.aragonliberal.es/noticias/noticia.asp?notid=82475&menu=6

14 de octubre de 2014   ESPAÑA

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