Tus amigos no te olvidan

El filósofo alemán Heidegger afirmaba que el hombre es un ser abocado a la muerte, acontecimiento que le angustia por el ocaso de su ser y su disolución total en la nada. La solución para Heidegger pasaba por asumir esa realidad, adelantarla en el pensamiento, y de esta manera descubrir la autenticidad de la vida. A la luz del final resulta útil preocuparse por las cosas. Eso podría explicar, en parte, la costumbre arraigada en muchos monjes, escritores, nobles y reyes de siglos anteriores de tenderse a meditar en el futuro ataúd que guardaban en su hogar.


Fosas y lápidas en el cementerio de Nuestra Señora de los Remedios.PABLO SÁNCHEZ / AGM

Las grandes respuestas dadas al fenómeno de la muerte han sido las diversas religiones que en el mundo son. Algunos autores afirman que la inteligencia humana es inquieta e insaciable y esa insatisfacción es la prueba de que estamos hechos para el Infinito. Para el filósofo José Antonio Marina esa inteligencia poética y creadora es la que inventa a los dioses por la necesidad de encontrar explicaciones al principio y al fin del universo y del propio hombre. Pero también el miedo al caos, la búsqueda de la salvación y la organización de la sociedad desde la justificación de la moral, el orden y el poder.

El hombre, capaz de grandes obras, no se conforma con que todo acabe aquí. La ciencia no termina de explicarlo todo, ni la existencia de Dios ni la fe, que para unos es mero fenómeno mental y para otros es una iluminación divina. El caso es que estamos lejos aún de descubrir las propiedades fantásticas de la materia.

La muerte es siempre un tema de palpitante actualidad, escribía Luis Carandell en su emblemático libro ‘Tus amigos no te olvidan’. De hecho, está muy presente en nuestra vida, tal y como reflejó Quevedo: «Y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuera recuerdo de la muerte». «Pasamos unos años encima de la tierra y el resto del tiempo debajo de ella», declaraba hace años, con toda naturalidad, un veterano cantaor. Antes existía mayor familiaridad con la seca de la guadaña. Personas que ahora cuentan unos 75 años de edad me relatan que cuando eran niños sus madres guardaban en el arca una mortaja para cada uno de los miembros de la unidad familiar, incluidos los más pequeños. La mortaja o sudario es una sencilla sábana en la que se envolvía el cadáver, menos la cabeza. El finado quedaba expuesto en la propia casa familiar para proceder al velatorio que garantizase una muerte cierta, ya que el miedo a la catalepsia, que tanto inspiró a Edgar Alan Poe, era un temor fundado. Todos hemos escuchado narraciones al respecto: al pasar los años se abría el ataúd que contenía un cadáver bocabajo y con las uñas clavadas en la madera, escarbando una salida imposible.

Otro aspecto interesante es el cementerio, la ciudad de los muertos, con una rigurosa división de las clases sociales por barrios. Recordemos el cementerio de Nuestra Señora de los Remedios, en Santa Lucía, con bellas muestras de arquitectura y esculturas funerarias. El arquitecto que les construía el palacete modernista, les diseñaba el panteón del mismo estilo.

Los héroes populares tienen un tratamiento especial, aunque fuesen pobres, como era el caso del trovero Marín, enterrado en San Antón con el acompañamiento del arte pictórico de Ramón Alonso Luzzy y Enrique Navarro. También reflejan la masificación urbana como los bloques de nichos que podemos apreciar desde lejos en Montjuic, auténticas colmenas. O el abandono de los pequeños pueblos despoblados del centro peninsular, como comprobé en un minúsculo cementerio, de aspecto descuidado, «donde la hoz no siega», que escribiera Miguel de Unamuno.

En nuestra comarca, durante la posguerra, la zona de los enterramientos de los trabajadores semejaba a un campo de cultivo lleno de caballones, fosas en la tierra, sin lápidas, tan solo unas desnudas cruces de madera. Testimonios dantescos se han recogido del siglo XIX de que los perros desenterraban cadáveres, también aquí, en el Campo de Cartagena.

El valor de las lápidas

Las lápidas nos proporcionan informaciones y anécdotas valiosas como la de un famoso Inquisidor General y Obispo, enterrado en la iglesia castellana de Martín Muñoz de las Posadas. La humildad de este hombre era tal que tuvo que mandar cambiar tres veces la gran lápida de su sepulcro porque los nuevos cargos que iba acumulando no se reflejaban en las sucesivas inscripciones.

Francisco Henares Díaz ha trabajado la poesía en los cementerios del campo, un trabajo llevado a cabo en los camposantos de varias localidades en las que sus lápidas expresan sentimientos y creencias con poemas y trovetes. Lean ‘Un ritual de luto: epitafios, trovos, poemas en las lápidas de los cementerios rurales del Campo de Cartagena’, en internet.

Las esquelas mortuorias de los periódicos hablan a la claras de los vivos y sus vanidades, con la mención exhaustiva, en algunos casos, de los títulos del finado o sus familiares: «Su afligido hijo don Fulano de Tal, abogado del Estado». La cargomanía mortuoria llega a extremos: «Don Zutano, hermano de la cofradía tal, cursillista de Cristiandad, antiguo alumno del colegio cual, donante de flores para el trono…».

En nuestra comarca no se da pero si lo he visto en pueblos de la huerta murciana y en otras comarcas: un automóvil con megafonía anunciado públicamente la muerte de un determinado vecino, nombres del cónyuge e hijos, datos del tanatorio y del sepelio. También en Águilas y en otras poblaciones se anuncia con esquelas tamaño folio en los cristales de comercios o paredes del centro urbano.

Notas:

Fuente: http://www.laverdad.es/murcia/v/20131030/cartagena/amigos-olvidan-20131030.html

31 de octubre de 2013

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